Mostrando entradas con la etiqueta pan. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pan. Mostrar todas las entradas

Cómo hacer pan




Abres ese libro que ha estado cerrado desde hace cuatro casas y dos ciudades. Relees las instrucciones para hacer levain, el impulsor de pan que es tradicional en Francia. Se hace solamente con harina y agua, temperatura y tiempo. Decides empezar de nuevo. Reconoces que no importa haberlo echado a perder hace tres casas. Coges un frasco y viertes 100 gramos de harina de trigo, de su color natural. Solo así resultará. Le añades 100 gramos de agua filtrada; te aseguras de que esté tibia, que tenga la temperatura aproximada de un pájaro con la pata rota que te has encontrado en el pasto. Mezclas con una cuchara que tiene que ser de madera, aunque no sabes si es una superstición. Cubres el frasco con una tela limpia. Te preguntas si funcionará esta vez.

A la mañana siguiente, desperdicias la mitad de la mezcla por el lavadero, añades 100 gramos de harina, suficiente agua tibia para poder remover con una cuchara de madera, cubres el frasco con una tela limpia. De noche mirarás el frasco y verás que todavía eso que está adentro no está vivo.

Te vas a la cama. Hoy serás buena y dejarás el celular en la mesa de noche, acercarás la luz y releerás ese libro que periódicamente te hace sentir tan bien. Empieza así: dos hermanos comparten un cuarto con una bebé porque el resto de la familia está en cuarentena, en otra parte de la casa. La bebé llora. El hermano mayor rebusca en su librero con una mano, con la otra carga a la bebé. El hermano menor le dice, qué haces, el biberón está en el escritorio, mamá nos dejó todo listo. Ya le di su leche, dice el hermano mayor. No tiene hambre. El hermano mayor abre un libro. ¿Vas a leerle? Pero si es solo una bebé, le dice el hermano menor. Tiene once meses, dice el mayor: "Tiene orejas. Puede escuchar." Le lee una antigua historia sobre un experto en reconocer caballos superlativos. Te quedas dormida con la luz encendida, el libro abierto a tu lado, boca abajo, exhausto.

Te despiertas con la luz que entra casi por las persianas y el canto de las cuculíes. Subes a la cocina a prepararte un café. Vuelves a desperdiciar la mitad de la masa y a alimentarla con harina y agua tibia. A remover, a tapar, a dejarla descansar. Te entregas a tu día como cada día, respirando hondo, zambulléndote.

Por la tarde -o tal vez algunos días después, mientras cada día sigues repitiendo el sortilegio: desperdiciar, alimentar, hidratar, remover- la mezcla estará burbujeante y reconocerás que te has vuelto sabia. Es decir, que has empezado a llevar en el cuerpo los errores que has observado y comprendido. Levantarás la telita y confirmarás que huele bien. A espuma de cerveza de trigo, al cuello de tu primer bebé cuando se quedaba dormido después de un día de verano. 



Y ahora no desperdiciarás la mitad; vertirás 200 gramos de la mezcla en un tazón, porque has aprendido que una vez que el impulsor está listo, puedes hacer galletas saladas para las noches con eso que antes desperdiciabas, o que regalabas a alguien que nunca lo usaría, a pesar de las instrucciones detalladas que escribías en un cartelito que atabas alrededor del cuello del frasco. Alimentas el impulsor y haces alguna otra cosa durante unas cuatro horas, hasta que esté burbujeante, vigoroso. Es julio en la capital. Afuera hace frío y adentro también. Por eso, pesas 450 gramos de harina sobre una ollita y la calientas algunos segundos, mientras la remueves, hasta que tenga la temperatura de la arena a las seis de la tarde en febrero. Viertes la harina en un tazón. En la ollita vacía echas 1 1/3 taza de agua filtrada, para que se entibie con el calor residual. La echas sobre la harina con 1 cdta de sal marina o de Maras, y lo coronas todo con 200 gramos de eso que está vivo en tu frasco y huele a todas las cosas buenas del mundo. Sabes que puedes amasar con las manos, primero en el tazón y luego sobre tu mesa, pero también sabes que no deja de ser virtuoso aceptar la ayuda de un robot, así que colocas el gancho de amasar en la batidora y bates a buena velocidad, para que el gluten se desarrolle. Cuatro minutos, un descanso de dos, cuatro minutos más. Despegas con extrema facilidad la masa del gancho de amasar (o de tu mano, en los días en que te provoca hacerlo tú misma, aunque estos días estás demasiado ansiosa y cansada como para eso) y piensas en lo lejos que has andado. Tus panes antes eran compactos, y les añadías harina hasta que fueran un balón de memory foam. Ahora le das más espacio al gluten para que se expanda; tus masas están más hidratadas y se vuelven fuertes mediante el movimiento, sin dejar de ser ligeras. Buscas el confort, en todo, por más esfuerzo que demande. Sacas la masa del tazón, la dejas caer sobre tu mesa enharinada, la recoges sobre sí misma, enharinas el tazón, la regresas hecha una especie de monstruito remotamente redondo, rebelde. La cubres con film. Te vas a hacer otra cosa un rato. Siempre hay algo que hacer y siempre hay alguien que te reclama. Así es cuando uno tiene suerte.

Cuando vuelves la masa está gigante y el film está inflado, y te sientes orgullosa como si fuera uno más de tus tres bebés que han crecido porque les has impreso eso que llevas en el pecho. Enciendes el parlante que te regaló tu hijo mayor, que ahora es más alto que tú y tiene pelo de arcoiris. Pones una lista en la plataforma digital y resulta ser, casi canción a canción, el cassette de Chopin que ponías cuando trabajabas en el diario y tu vida era tan hermosa que dolía, y tú te sacudías como un pez en cubierta cada vez que un muchacho rompía una de tus ilusiones. Te encantaba el tabaco, y a cada tanto dejabas la oficina, te acercabas a la ventanita bajo el vitral imperioso, armabas un cigarro, fumabas tranquila, sonreías cuando alguien veía en tu mano el papel delgado, el humo natural, el filtro que habías puesto con tus propias manos, y pensaba lo peor. Tenías una cigarrera de lata y a veces venía una reportera o un fotógrafo para conversar y fumar a tu lado, mientras se resquebrajaba la dictadura sin nombre, bajo periódicos rumores de despidos masivos ("reducción de personal", era el término que nadie podía nombrar sin un temblor. Veían entrar a sus colegas a la oficina de un extraño mandamás, salir con los ojos rojos, la espina dorsal quebrada. Respiraban con alivio si se habían salvado esta vez). Regresabas a la oficina a seguir cuidando con fervor las palabras ajenas, a escuchar Chopin y Billy Bragg con la tribu de excéntricos tímidos pero orgullosos que amaban eso que hacían, con los que sostenías discusiones acaloradas sobre gerundios y subordinadas y Eguren y Durrell y Varela y Melville y González Prada y Lee Masters. Si tu turno terminaba temprano, tal vez ibas a la Filmoteca de Lima, a ver lo que sea. Siempre había con quién ir, y si no, no importaba para nada.

Mueles café. Hace tiempo no hay Filmoteca, tampoco hay nada más, hace un año y medio que la pandemia desintegró el espacio común. Te preguntas por qué últimamente te sientes como cuando tu día a día estaba bajo la sombra de la tiranía y sentías que lo hacías todo mal siempre, si no, por qué el muchacho, o el otro muchacho, rompía una y otra vez alguna de tus ilusiones. Si no, por qué ese accidente una mañana al lado del mar, camino a dictar prácticas de Literatura en la universidad. Si no, por qué nunca encontrabas tus documentos antes de salir al aeropuerto. Si no, por qué no pasaba la comida por tu garganta y estabas delgada como una rama de eucalipto joven, con un mechón de pelo de plata, tan delgada que temblabas cada vez que tomabas un espresso después de almuerzo en el Adriático. Calientas una taza de leche, precalientas una taza grande. Mientras se hace el café en la moka, echas la leche en la taza y te pones un pequeño batidor entre las dos manos. Llevas una palma atrás y otra adelante, rápido, rápido, como los maya cuando preparaban chocolate, hasta que la leche es una nube, la espuma de una ola en marea alta. Apagas la moka, viertes el café por toda la circunferencia, un eclipse. Lo bebes, bien caliente, para que llegue hasta tu corazón. Estos días te sientes igual que en ese tiempo extraño, pero no eres la misma. No solo ya no tiemblas cuando tomas café; además puedes prepararte un café au lait en tu cocina mientras te alistas para darle forma a tu pan, ese que ha crecido como tus bebés. 



Aplastas la masa, despacio, un puñetazo en cámara lenta, con amor. La masa tiene burbujas enormes, es elástica y suave, no como los panes que hacías hace cuatro casas: robustos, elásticos, ricos, por cierto, pero parapetados en sí mismos, en su propia forma; este se amolda a la superficie, y sabes que no debes manipularlo mucho en este momento del proceso, solo darle forma delicadamente, guiarlo hacia su plenitud. Partes la masa en dos, pliegas cada parte sobre sí misma, la coges entre las manos y la giras, pellizcando la base con el canto de las palmas de la mano, formando así una esfera blanda como un globo de agua, que colocas boca abajo sobre una tela cubierta en harina, dentro de uno de los pequeños tazones de cerámica engobada, crema y verde, que compraste en Cusco, cuando ya eras reportera y te fuiste de vacaciones en tu último año en el diario y decidiste que sería tu último año en el diario. Tu esposo se está duchando después de un largo día, para recibirte oliendo a prado. Lavas el tazón, la ollita, el batidor de mano, la taza vacía. Te permites usar agua tibia para lavar, porque el futuro se abre como las fauces de un ogro, o tal vez sea solo nuestra imaginación colectiva. 


La espuma del lavavajillas lo limpia todo y tú piensas en toda la gente que has perdido, y que aunque puedan tal vez compartir otra vez una mesa hay cosas que sabes de ellos y que habrías preferido nunca saber. Por ejemplo, hasta qué punto podrían llegar con tal de tener siempre alguien que lave sus platos.* En ese tiempo enrollabas un tabaco con filtro, uno para ti, otro para algún colega, y hablaban de lo que estaba pasando a pocas cuadras del diario, y unos distritos más allá también, y la democracia era la antorcha que protegíamos todos cada día, una luz que nunca se debe apagar. No era necesario ponernos la palabra en la boca, todos sabíamos lo que estaba pasando. Hoy tú -y, estás segura, tus antiguos colegas también- ves con espanto cómo hay un grupo que ha retorcido el significado de esta palabra, la ha hecho hacer contorsiones hasta que ha terminado envolviendo a su significado opuesto. Una vieja táctica, lo sabes, pero no dejas de sentir un nudo en la garganta cuando la mal usan frente a ti, en vivo y en directo, personas con las que has crecido.
 



Por eso no sientes mucho hambre, pero igual haces pan todos los días, casi todos los días. Afuera el mundo parece desbarrancarse en cámara lenta. Se salva del abismo una y otra vez, solo para que aparezca otro abismo un poquito más allá. Haces pan, cocinas frutas en azúcar para que duren para siempre, o más que una ilusión tuya en manos de un muchacho a finales de los años '90. Prendes el horno, tienes ropa que doblar pero sientes una urgencia y en tiempos como estos les haces caso a estas urgencias. Por eso, mientras se calienta el horno -al máximo, porque eso es otra cosa que has aprendido- coges tu guitarra, buscas la letra de esa canción que hoy te da vueltas en la cabeza, y mientras la cantas por primera vez tu voz se parte en dos porque nunca habías escuchado la letra con atención y resulta que esa canción antigua es tu vida entera.



Sacas la lata caliente del horno. Volteas con cuidado y determinación los panes sobre la lata. Dibujas volutas sobre la superficie con una navaja de afeitar que tu esposo ha montado sobre un mango que ha hecho para ti. Los llevas al horno y esperas 35 minutos, mientras ven algo y comen las galletas que hiciste con el impulsor que en otro tiempo habrías botado o regalado a alguien que no habría sabido qué hacer con él. Sacas el pan del horno. Está listo (tocas la base y suena como cuando tocas la puerta de tu mejor amigo) pero sabes que todavía no es momento. Está caliente, está inmaduro, hay que darle tiempo. Cuando la superficie esté fría habrá terminado de cocinarse por dentro, habrá tomado cuerpo. Estará bien.
 


Epílogo

Tu frasco de levain es infinito. Cuando saques la cantidad de impulsor que necesitarás para hacer pan, aliméntalo con 100 g de harina y el agua necesaria. Si no lo vas a usar en algunos días, tápalo y guárdalo en la refri. Puede durar ahí montones de montones de tiempo. Cuando quieras hacer pan otra vez, sácalo de la refri para que llegue a temperatura ambiente, antes de dividirlo y alimentarlo nuevamente. Si vas a hacer pan todos los días, no es necesario que lo guardes en la refri. Es un buen hábito, hacer pan todos los días. 

* Esto fue escrito antes de los sucesos del 29 de julio. Sé que ahora muchos quieren distorsionar la historia, y así justificar sus acciones, pero los horrores de un lado no anulan los del otro. La democracia solo se puede defender con medidas democráticas. Qui potest capere capiat. 


Bibliografía


Linda Collister y Anthony Blake. Elaboración artesanal del pan. Barcelona: Blume, 2001. P. 49 ("Impulsor de masa ácida de fermentación natural) y pp. 104 y 105 ("Pan completo de Patrick LePort").
{gracias a Micaela Velaochaga y Fernando Urquiaga por regalarme este libro por mi cumpleaños, hace cuatro casas}

"Sourdough or Levain? Debunking the Myths and Mysteries of Harnessing Wild Yeast". En: Ethan Becker, Irma S. Rombauer, Marion Rombauer Becker y John Becker. Joy of Cooking. Recuperado el 25 de julio de 2021 en https://www.simonandschuster.com/p/joy-of-cooking-sourdough-or-levain

"Sourdough crackers". En el sitio web de King Arthur. Recuperado el 25 de julio de 2021 de https://www.kingarthurbaking.com/recipes/sourdough-crackers-recipe  

Salinger, J.D. Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour, an Introduction. Boston: Little, Brown and Company, 1991 (1963).

Wawita mía




Cada vez que le digo a mi hija que me la quiero comer me mira con desconfianza. Creo que se da cuenta de que lo digo en serio. Ya que estoy de acuerdo con ella en que no sería una buena idea, había que buscar alternativas. Tal vez por eso este noviembre hemos hecho wawas de pan en casa por primera vez, y no una, sino tres veces.

La primera vez que las vi -en el mercado de San Pedro, hace 12 años- no lo pude creer. Cómo era posible tanta belleza? Mi hermana del alma Tania Castro, mi embajadora del Cusco, no solo me explicó que se preparan tradicionalmente para regalar el 1 de noviembre, día de Todos los Santos (originalmente como una muestra de amor a los niños que habían partido; muñecas de pan para las niñas, caballos de pan para los niños), y que se sigue haciendo 'bautizos' de pan de wawa. Además, me ofreció hacerlos conmigo, bajo la dirección de su mami, Rosina González de Castro, guardiana de la historia viva de esta ciudad en la que ahora tengo la suerte de vivir. 

El año pasado hicimos en El Hada un homenaje al pan de wawa, con un helado anisado y tachonado de grageas, marshmallows y cupcakes. Este año, además del helado y los marshmallows, hicimos una primera tanda de wawas y caballitos de pan para vender en la tienda, con el ponche de almendras de rigor. La segunda tanda la hicimos por encargo, y la tercera ya por vicio para mandar a algunas personitas muy queridas en Lima. Y con el permiso de mi Taniacha, que lo dio encantada, comparto esta receta con ustedes, porque esta es una tradición que se conoce inmerecidamente poco fuera de los Andes y que merece vivir para siempre.

La receta ordenada la pongo abajo; aquí explico los pasos de mi versión de la receta de Rosina (que dice que se basó en parte en el pan de yema del programa de televisión que tenían hace mil años Teresa Izquierdo y Gastón Dupostre, se acuerdan de él? pero Tania dice que es pura modestia de su madre; que es una antigua receta de familia con el talento de su mami añadido). Le he hecho un par de cambios; uso levadura fresca en lugar de seca, y añado un paso para asegurarme de que la levadura esté power: hago lo que se llama una esponja, una mezcla de levadura, agua tibia, azúcar y harina. Y para engalanar la masa, en lugar de fruta confitada de colores le pongo damascos y pasas rubias remojadas en pisco a la vainilla hasta que se pongan rechonchitas. 

*

El primer paso, entonces, es activar la levadura fresca. Primero hay que amasarla entre las manos, hasta que esté tibia; luego se disuelve en un cuarto de taza de agua tibia y una cucharada de azúcar rubia, que sacas del azúcar que usarás para la masa (medidas abajo). Lo disuelves todo con las manos y lo pones en un lugar calentito, sin corrientes de aire. En casa hacía un sol intenso; la pusimos al sol y al poco rato le salieron burbujitas, señal de que la levadura ha despertado. Si no hay sol ese día -o en esa ciudad- un excelente lugar es el horno apagado, con la luz piloto encendida.

Cuando la levadura despierte le das de comer un poco de la harina que has medido para el pan, como media taza. Vuelves a integrar todo con las manos, la tapas y la regresas a un lugar calentito hasta que doble su volumen. 

En un tazón grande integras con las manos el harina y la mantequilla. Luego pones al centro las yemas, los huevos, el azúcar y la esponja. Empieza a integrarlos con las manos y añade un poquito de leche tibia; en esto no hay medida fija porque depende de la harina, de la sequedad del día -o la ciudad. Échale lo necesario para que una vez integrado todo esté húmedo, pero calculando que mientras amases todo se humedecerá más. Ya sé, ya sé. Este es una de los rubros en que la práctica hace al maestro. Mientras más trabajes con masa de pan, más capacidad desarrollarán tus manos para sentir cuándo la textura es la perfecta. Añádele anís e intégralo todo.

Pasa la masa a una mesa de trabajo ligeramente enharinada , y empieza a trabajar la masa. Estará lista cuando la sientas elástica y compacta, cuando hundas un dedo y la masa regrese a su lugar. 

Frota un poco de aceite en el tazón donde preparaste la masa. Pon la masa en el tazón y voltéala para que la parte de abajo también quede aceitada. Cúbrela con un secador limpio y déjala levar en un lugar tibio, hasta que doble su volumen.

Ahora empieza la parte divertida! De la cual sí tengo fotos porque llegó mi marido para documentar un cerebro electrónico que está programando para el horno, y lo convencimos de que nos documente a nosotras mejor.



Entonces: desinfla la masa, chancándola con el puño en toda la superficie. Pásala a tu mesa de trabajo, ligerísimamente enharinada. Amásala un poquito y separa una parte para hacer las decoraciones. Estira el resto con las manos. Rocíale azúcar rubia y canela, y pon en el centro las frutas secas. Enróllala y amásala hasta que todo se integre. 


Sepárala en tantas partes como wawas (o caballos) quieras hacer. Dales forma con las manos,  aplastando y estirando. 


Me gusta agarrar la masa en el aire de un extremo, para que se estire bien el gluten. Toma en cuenta que doblarán su volumen, así que hazlas delgadas. ponlas en una lata enmantequillada (yo me olvidé de ese pequeño detalle, pero ustedes no se olviden, sí?).


Pincélalas con una mezcla de huevo y leche.


Haz gusanitos con la masa que reservaste y pégalos en la wawa haciendo figuras. Deja un espacio libre arriba para poner la cabeza después de hornear.


Vuelve a pincelar con la mezcla de leche, y decora con grageas. Mientras más coloridas tus wawas, mejor!







Déjalas levar unos treinta minutos o una hora, mientras precalientas tu horno a 180º C. Hornéalas unos 30 o 40 minutos, hasta que estén doradas arriba y abajo.


Apenas las saques del horno, clávales las cabecitas. 


Y ahora sí, tienen todo el permiso de comerse a su wawa. 

*

Pan de Wawa

Para 5 wawas grandes, o 3 grandes y 5 chicas, o.... 
Se puede hacer media receta.

1/2 tz. de frutas secas (yo uso pasas rubias y damascos) cortadas y reposadas en pisco o algún otro licor

 32 gramos de levadura fresca, entibiada con las manos
1/4 taza de agua tibia filtrada
1 cda. de azúcar rubia (del azúcar que usarás en la masa)

910 gramos (6 tazas) de harina sin preparar
120 gramos de mantequilla con sal, en cubos
350 gramos de azúcar rubia
2 huevos
4 yemas
leche tibia, según pida la masa
2 cdas. de anís

Brillo:
1 huevo batido con 1 chorrito de leche

Disuelve la levadura en el agua con la cucharada de azúcar rubia. Ponla en un lugar tibio. cuando le salgan burbujas, aliméntala con media taza del harina que mediste para la masa. Integra todo con las manos y ponla en un lugar tibio hasta que doble su volumen. Esta es la esponja.

En un tazón grande pon el harina y la mantequilla. Frótalas con las manos hasta integrarlas completamente. Haz un cráter en el harina con mantequilla y pon el azúcar, los huevos, las yemas y la esponja, y un chorrito deleche tibia. Integra todo con las manos y añádele un poco más de leche tibia si es necesario. Añade el anís e intégralo. 

Pasa la masa a una mesa de trabajo ligeramente enharinada. Trabájala hasta tener una masa compacta, lustrosa y elástica. Con las manos, aceita el tazón que usaste para hacer la masa. Pon la masa en el tazón y voltéala. Tápala con un secador limpio y ponla a levar en un lugar tibio.

Cuando doble su volumen, aplástala en toda la superficie con el puño y pásala a la mesa de trabajo ligeramente enharinada. Separa una parte para decorar. Amasa el resto un poquito y estíralo. Rocía la masa con azúcar rubia y canela, y pon las frutas secas, escurridas, en el centro. Enrolla la masa y amásala hasta integrar todo. Sepárala en tantas partes como wawas quieras hacer. Antes de formar cada wawa, dale cuerda a la masa, doblándola, presionando con el talón de la mano y dándole un cuarto de vuelta, unas cuatro veces. Pincela las wawas con el huevo batido con leche y decóralas con gusanitos de la masa que reservaste. Vuelve a pincelar. Rocíales grageas.

Déjalas reposar media hora o una hora, mientras precalientas el horno a 180º C. Hornéalas entre 30 y 40 minutos, hasta que estén doradas. Apenas las saques del horno, hunde las cabecitas en su lugar.

Si no las vas a comer el mismo día, envuélvelas en film. Tradicionalmente se toman con ponche de almendras, escríbanme si les interesa la receta. Es exquisitísimo.

NOTA: Las cabecitas de yeso o de miga las venden en el Mercado de San Pedro, en Cusco, los últimos días de octubre y los primeros de noviembre.



GRACIAS

Por las fotos a Frank Cebreros
Por confiarme la tradición a Tania Castro
Por sus recetas y secretos a Rosina González de Castro
Por aumentarme el apetito a mis wawas Micael, Celeste y el príncipe que está en el horno



Pan egipcio y dukkah para un día delicioso



'Original' viene de 'origen', nos reveló una tarde un profesor en la facultad de Literatura, y de golpe me despertó de mi hibernación postprandial. Levanté la cabeza de la carpeta, m mente dio un vuelco y desde entonces rebusco en la tradición cada vez que quiero encontrar un empujoncito para entusiasmarme por la vida. Tal vez por eso me pareció tan apropiado que este tentempié egipcio antiguo que preparamos ayer haya sido tan sorprendente: un pan plano y una mezcla de especias y nueces tan exóticos como reconfortantes.
La receta la adapté de uno de mis libros favoritos, Delicious Days, de la bloguera muniquense Nicole Stich; su dukkah lleva piñones y avellanas, que remplacé por almendras. Como en el curry, esta mezcla de especias tostadas y molidas (la palabra 'dukkah' indica moler en mortero) varía de casa en casa; puede ser tan simple como menta, sal y pimienta, pero lo que suele llevar es semillas de culantro, pimienta, sésamo, nueces y comino.
El pan y la mezcla de especias es tan fácil que se puede hacer con niños o con invitados mientras se conversa; genial para ir picando, o para acompañar una cremita de zapallo y gengibre, o algo así... El método es parecido al de la piadina: es un pan cocido en sartén que se parte con los dedos, se hunde primero en aceite de oliva y después en el dukkah. La piadina es como entrar en una casa con chimenea después de una tarde cruzando la nieve. El pan egipcio con dukkah es como entrar en la trastienda de un kiosko de un bazar oriental. Y que me disculpe mi profe de Literatura por las metáforas, que no le llegan ni al tobillo a la temperatura, los colores, las texturas y los sabores de esta delicia antigua.

Pan egipcio
20 gramos de levadura fresca o 1 cdta. de levadura seca
1/4 cdta. de comino entero (lo vas a moler, pero recién molido es mucho más fragante)
300 gr. de harina sin preparar
1/2 cdta. (colmada) de sal marina fina
1 cda. de aceite de oliva
Harina adicional para amasar

Disuelve la levadura en 200 ml. (casi una taza) de agua tibia (es importante que no esté demasiado caliente; un poquito más que la temperatura corporal es suficiente para no matar a los bichitos de la levadura).
Vierte el harina en un tazón. Añádele la sal. Muele el comino en un mortero y añádelo a la harina. Mezcla todo bien. En una hendidura en la harina echa la levadura disuelta y el aceite de oliva. Mezcla todo con las manos y vuélcalo en tu mesa enharinada. Amasa hasta que tu masa esté lisa. Rocíala con harina, tápala con un secador limpio y déjala reposar, entre 15 minutos y media hora.
Mientras tanto...

Dukkah
5 cdas. de almendras (puedes usar la mezcla de nueces que te parezca)
2 cdas. de ajonjolí (usé ajonjolí negro, porque era el que tenía a la mano)
2 cdas. de semillas de culantro
2 cdas. de comino entero
1 cda. de pimienta (usé mi mezcla de pimienta negra, blanca, molle y pimienta de chapa, pero puedes usar solo pimienta negra)
1 cdta. de sal marina

Pica las almendras (o las nueces que esté usando) y tuéstalas con el ajonjolí hasta que esté todo dorado y fragante. Échalas en un cuenco. Pon en la sartén las especias (no la sal) y tuéstalas por un par de minutos. Muélelas en el mortero (si tienes procesador, dale). Mezcla todo: las almendras tostadas, las especias tostadas y la sal.

A comer!
Precalienta el horno a 80°C. Calienta la sartén en la que tostaste las almendras y las especias.
Amasa un ratito la masa y divídela en ocho partes más o menos iguales.
Enharina tu mesa. Forma una bolita con una de las partes y estírala con el rodillo lo más que puedas.



Echa un poquito de aceite de oliva en la sartén. Pon el disco de masa en la sartén y rocía unas gotitas de aceite de oliva en la cara de arriba. Cuando el pancito tenga marcas oscuras en la parte de abajo, gíralo. Lo verás inflarse hermosamente. Retíralo de la sartén cuando tenga también sus marcas oscuras abajo. Ponlo en el horno para que siga calentito. Repite con las otras partes de la masa, o resérvalas para estirar y comer después.
Sirve los pancitos con aceite de oliva en un platito y dukkah en el otro. Parte un pedacito con las manos, mójalo en el aceite de oliva y sumérgelo en el dukkah. Repite ad lib. Entra en el bazar oriental de tu mente. Nos vemos ahí.




Cultiva tu mascota (y cómetela después)


Hasta ahora hemos hablado solo de lo hecho-en-casa comestible; ya conversaremos de otras cosas que es divertido hacer en lugar de comprar. Hablaremos de ropa única, de artilugios electrónicos para el ser humano autosuficiente, de educación casera, de medicina sensata, de momentos de lucidez, del placer de hacer música, de lugares únicos, de gente que opta. De todo lo que implique tener una posición más activa en la vida, que no parta del modelo extraño que nos parece dictar la vida en la ciudad sino de esas certezas que están escondidas en el centro del corazón. De una vida no prefabricada, sino hecha en casa.

Pero por ahora, seguiré hablando de comida. Y si hablamos de comida, la más casera de todas, la comida primordial, es el pan. Nada más hecho-en-casa que el pan hecho en casa. La campesina que hay en mí ya desde hace tiempo había descubierto el placer de llenar la casa de ese olor antiguo como la niñez. Me encanta preparar focaccia (más bien, un “pan focaccioso”, como le dice mi cuñado Christian) al romero, ajo y aceite de oliva, que fortalezco con harina integral y que huele a tarde en el jardín soleado bajo una higuera; piadinas, de masa ligeramente verde gracias a las toneladas de aceite de oliva que lleva, y que descubrí gracias a una zambullida en uno de los libros de cocina de mi Nonno, y que a mi chiquitín le encanta formar en bolitas y luego extender con el rodillo; el panetón que intenté hace dos Navidades, que llevaba como dos paquetes de mantequilla y que quedó deli pero enano, macizo, medieval (cada vez que Frank intentaba presentarlo como panetón, le metía un codazo. “ee..el pan navideño que ha hecho Ale”, corregía). Y por supuesto, los scones y los baking powder biscuits, panecillos suaves de polvo de hornear, que se pueden preparar en minutos para un desayuno dominical.

Pero cuando mis amigos Micaela y Fernando me regalaron el año pasado el libro “Elaboración artesanal del pan” (sin duda pensando en su propio beneficio), descubrí que el pan es toda una cosa. Que hay personas en Europa y Estados Unidos que han resucitado viejos molinos de viento o agua para obtener harina con carácter, y que solo usan trigo orgánico porque es el que mejor se adapta al proceso biológico que es el pan. Que hay panaderos en otros países que solo compran la harina de esos molinos. Que hay restaurantes que solo compran los panes que hacen esos panaderos.

Pero lo que realmente hizo que mi corazón latiera más rápido fue el capítulo sobre las levaduras hechas en casa. Claro. Más casero que eso, imposible. Y bueno, no es que me gusten las cosas complicadas, pero no me gustan las cosas fáciles. O tal vez sean esas ganas infantiles de querer comprenderlo todo, de descubrir cómo funcionan las cosas (tal vez por eso me enamoré de un sabelotodo). Así que puse manos a la obra.

Después de mucho ensayo y error, de tirar por el caño varias tandas, logré hacer un impulsor de masa ácida. O mejor dicho, logré cultivarlo: la levadura es una colonia de pequeños seres vivos, así como el yogurt. Más que un ingrediente, es una mascota; uno la alimenta, la mira crecer y reproducirse, le facilita una nueva casa, la vuelve a alimentar, la come. Para los espíritus valientes que estén leyendo esto y estén con ganas de sentirse hobbits por un rato, aquí va lo que ha funcionado para mí, al menos en estas latitudes, en base a las indicaciones del francés Patrick LePort, cuyo pain complet es requerido en restaurantes michelineados en Londres, Ginebra y demás:

- Mezcla en un frasco (grande) de vidrio 100 gramos de harina (debe ser orgánica; la blanca de supermercado se pudre. Llega a tus propias conclusiones. La que mejor resultados me ha dado es la harina integral) con 115 ml. de agua a temperatura ambiente (no puede ser de caño, porque el cloro no sé qué le hace a la harina, pero no funciona. Yo uso agua filtrada, pero puedes usar agua mineral sin gas). Tápala con una telita. En el libro dice que debe estar húmeda, pero en Lima no hace falta. Alguna ventaja había de vivir en una pecera.

- Tu mascota está naciendo y necesita paz. Déjala en un rincón tranquilo y calentito de tu cocina, sin vientos huracanados. A los míos les gustaba el horno, con la luz prendida. Cuando forme burbujas (pueden pasar algunos días), huélela. Tiene que oler fermentoso, pero rico. Si tiene moho o huele a basurero de mercado de frutas en el décimo día de la huelga de barrenderos, lamento decirlo: debes matarla. Tírala por el lavatorio. Límpiate las lágrimas y a empezar de nuevo.

- Si huele levaduroso, como a cerveza, adelante. Vierte la mitad del impulsor en otro frasco, y dale a cada uno de comer: 100 gramos de harina y suficiente agua para que lo puedas mezclar con una cuchara de madera (sí, tiene que ser de madera. El metal no sé qué le hace a la levadura). Después de 24 horas (pueden ser 25, 23, no es tan grave) repite la operación. Para entonces, si como yo lloras si tienes que matar una araña, te habrá dado pena tirar la mitad del impulsor por el lavatorio y tendrás cuatro frascos de impulsor.

- Después de 12 horas, si tu impulsor está rozagante, fragante y lleno de burbujas, ya lo puedes usar. Si necesita un empujoncito, repite la operación y estará listo en 6 horas. Si no lo vas a usar inmediatamente, tu impulsor puede vivir feliz en la refri, de la cual lo puedes sacar una vez por semana para que disfrute de una vista distinta, dividirlo y darle de comer.

- Para ahora lo más probable es que te hayas quedado sin frascos y te hayas visto obligado a vaciar varias mitades de impulsor por el caño. A veces uno tiene que hacer lo que uno tiene que hacer. A respirar y seguir adelante. Como de todas maneras ahora tienes mucho más impulsor que el que vas a necesitar, a menos que hagas pan tres veces al día, tendrás que quedarte solo con un par de frascos y llegar a una decisión: botar el resto o regalarlo. En ese caso, como hice con mi pobre Mamama, estarás sometiendo a alguien querido a dividir y darle de comer todas las semanas a su mascota, hasta que finalmente se decida a usarla. Es como una cadena de mails comestible. Por eso en Estados Unidos lo llaman “friendship bread” (el pan de la amistad), y en Alemania hasta tiene nombre propio: Hermann.

Si has llegado hasta aquí, resiste a la tentación de botar todos los impulsores a la basura y decidir que, en realidad, el pan de Wong es bien rico. Lo es, pero nada se compara a la satisfacción de comerte a tus mascotas. Digo, de comer un pan que has hecho en casa, de la a la z. Así que a respirar hondo. Cuando estés listo para hacer el pan, esto es lo que tienes que hacer:

1. Tomarlo con calma.

2. Planear un poco. Hacer pan es súper fácil, en serio, pero se necesita un poco de planificación para la panificación; si no, te vas a encontrar horneando a las 2 de la mañana.


Lo ideal es sacar tu impulsor de la refri por la noche, y cuando esté a temperatura ambiente, darle de comer. Déjalo toda la noche creciendo. Por la mañana, vierte en un tazón 200 gramos de impulsor sobre 450 gramos de harina, integral o blanca (en invierno, caliento primero la harina hasta que esté ligeramente tibia), ¼ de cucharadita de sal marina y suficiente agua tibia (filtrada o mineral) para que puedas amasar. Enharina la mesa y amasa durante 4 minutos. Luego descansa (digo, deja que repose la masa) durante 2 minutos y amasa 4 minutos más. Regresa la masa al tazón y cúbrelo con papel film. Ahora puedes hacer lo que quieras. Pero solo por un par de horas, o hasta que la masa se haya doblado en tamaño.


- ¿Seguimos? Dale forma y ponla a levar en una canasta redondeada. No tengo, así que uso un colador cubierto con una telita enharinada. Otra vez eres libre por un par de horas, hasta que la masa haya doblado en tamaño otra vez.

- Precalienta el horno. El libro no me dio una temperatura correcta, así que lo pongo un poco más fuerte que para hacer tortas. [Nota: retiro lo dicho. La temperatura que da el libro es precisa. Lo que no era preciso era mi horno. Un termómetro para hornear te puede dar una idea más exacta de la temperatura que estás alcanzando que la perilla.] La lata para hornear debe estar dentro del horno también. Luego, voltea la masa sobre la lata caliente, hazle unos lindos cortes y métela al horno. Si la temperatura del horno es la correcta, en una media hora debe estar listo. Esta indicación sí me conquistó: el pan está listo cuando está dorado y suena a hueco cuando tocas la base con los nudillos. Como si estuvieras tocando la puerta.

Y eso es todo. Pones el pan a entibiarse sobre una rejilla, y de pronto tu puerta es redonda y verde, y todo el mundo sonríe. Si esto no es magia, no sé lo que es.

*Gracias por todos los lindísimos mails que me enviaron sobre el post de Henry y Mariella y los anteriores. Me encanta que me escriban, pero más me encantará que dejen comentarios en el blog. Así todos podemos compartir, que de eso se trata. Que la pasen bien, y buen provecho!