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Crónicas de una mujer afortunada (o: la mermelada de papaya)
Parece lógico y obvio, y sin embargo. Aceptar que las cosas pueden ser distintas a como uno creía requiere no solo de epifanías, sino de coraje. A veces, de humildad. A veces, de todo lo contrario. A veces resulta imposible, como le sucedió al investigador que quería demostrar que una dieta baja en grasas conduciría a menos problemas cardíacos. Cuando un estudio de cinco años en miles de personas de distintas instituciones de Minesotta demostró lo contrario, él, en lugar de enarbolar con orgullo este descubrimiento, asumió que había llevado el experimento de forma errónea. Guardó los resultados en el ático de un amigo, donde fueron encontrados años después. Era demasiado modesto, explica su hijo, un cardiólogo, como para entender que podría estar descubriendo algo que iba en contra de la premisa. En consecuencia, hasta hoy la mayoría cree que la mantequilla y demás grasas de origen animal son terribles. Y empezó la debacle del fat-free, de los productos industriales que para compensar añadían azúcar invertida a pastos y emulsionantes artificiales. Así de difícil puede ser aceptar lo que uno ve con sus propios ojos. Y lo que uno ve puede a veces ser algo tan crudo como las estadísticas o las fotos de gente durmiendo en la calle al lado de preciados balones de oxígeno, como dormía mi bisabuelo de niño sobre los rollos de telas en el puerto del Callao.
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Acaba de pasar un pregonero debajo del balcón. "¡Humitaaaas! ¡Humitaaaaas!" Es domingo, el primer día de la segunda cuarentena, y Lima hoy se siente distinta. Busco monedas para comprarle, no encuentro. Recuerdo que, además, ya son más de las seis y nadie debería a esta hora estar fuera de casa. Ruego que pase cantando debajo del balcón otro día, un día que tenga efectivo, porque su voz es hermosa. Espero que la voz le alcance, que llegue a casa con la garganta sana, con los bolsillos llenos, con la alforja vacía.
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Ayer celebramos el octavo cumpleaños de mi hijo, el último día antes de la cuarentena. Tres niños más, una manta por familia, mascarillas y distancia, la comida empacadita de cada uno en cajitas que mi primogénito disfrazó de maletitas. Previa desinfección de los snacks con alcohol y con protocolos de higiene nivel restaurante.
Una amiga llevó juegos coloridos y distanciados, y los niños jugaron a lanzar aviones. Fue una fiesta de cumpleaños deliciosa, relajada, feliz. Al terminar, mientras doblábamos las mantas y recogíamos papeles de regalo, pasó un chico y cantó "Flaca" para nosotros. Todos bailamos y cantamos con él, como si no hubiera mañana. Le dimos la moneda más grande que teníamos.
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Aceptar la realidad es difícil, tan difícil que durante mucho tiempo hubo decenas de dinosaurios inventados y que la gente sigue privándose de comer rico y sano. Tan difícil que muchos prefieren negar que a cada tanto pedazos de proteína que ni siquiera tienen -técnicamente- vida saltan de animales a humanos y ponen a nuestra especie de rodillas. Que, además de los virus, están las bacterias, organismos tan pequeños que no los pueden ver nuestros ojos, y que algunas de ellas aniquilaron a millones de personas, antes de que humanos atentos tuvieron la entereza de comprender lo que estaba pasando. Por eso a algunas personas les cuesta creer que no ha sido un plan malévolo de personas malignas lo que ha puesto de cabeza nuestra vida cotidiana y provoca tragedias en cada hogar donde esta enfermedad acaba mal. La vida ocurre, con sus mecanismos implacables. No es nada personal.
En tiempos como estos, por lo tanto, es importante poner la energía en lo que está en nuestras manos. En mantener nuestros aerosoles lejos del prójimo y en mantener alta la moral. En tenernos paciencia. Cuidarnos unos a otros. Valorar lo que tenemos, apoyar con lo que podemos. Agradecer el precioso don de la vida.
Sé lo difícil que es cambiar de opinión, aceptar que puede ser el momento de dejar de lado la historia que nos contamos frente a nuevas evidencias. Lo sé porque a mí me costó mucho tiempo y esfuerzo. Yo, amigos, he sido una radical. Estaba convencida de que el único parto válido es el natural, que la fecha de nacimiento determinaba el futuro y la forma de ser, que la lactancia es la única vía de la madre verdadera, que el azúcar era tan peligrosa como la heroína, que los antibióticos eran prácticamente veneno, que las vacunas eran un concepto absurdo. Cómo ha cambiado esta pelona.
Cuando una vez y otra me encontraba con información que contradecía estas historias, intentaba ignorarlas. Buscaba adrede argumentos que validaran mi narrativa. Escribía sobre estas teorías, proselitizaba sobre ellas, hasta me entrevistaron en la tele y repetí los argumentos como borrego. Me asombra y me apena, pero por otro lado, ver mi propio camino me ayuda a tener paciencia con los caminos de los demás. "Todos caminamos en la misma dirección", dijo una vez mi maestra, señalando a quienes, como parte de la meditación, caminábamos, muy lentamente y en silencio, alrededor de un cuadrado imaginario, algunos hacia la derecha, otros hacia la izquierda, todos siguiendo la misma fila que giraba 90 grados en cada esquina. "Es solo que cada persona está en su propio punto del camino."
Si comprendí más temprano que tarde algunas cosas se debe tal vez a que mi mente siempre ha sido inquisitiva, y la verdad horadó, poco a poco, las paredes que me mantenían alejada de las hermosas leyes de la física, de la naturaleza indiferente e implacable de la vida. Da pánico dejar de lado las paredes. Se siente como un salto al vacío, se siente el aire helado del mundo exterior. Se siente, inmediatamente después, el aire fresco del mundo exterior. Dulce como la sombra de un árbol.
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Llegarán las vacunas a nuestros brazos y venceremos a este pedazo de proteína. Han muerto cien mil personas en nuestro país, y hasta entonces morirán más; cada noche rezaremos, algunos a divinidades, otros al universo, que la muerte no toque hoy a nuestras puertas. El ahondamiento del sufrimiento económico y emocional de tantas familias continuará por un tiempo. Sin embargo, las fibras de nuestra sociedad están brillando de una manera insospechada. Hay los retrógradas de siempre, pero por primera vez veo que ha surgido una sólida consciencia de que apoyarnos unos a otros es la única manera de estar bien.
Mientras tanto, la vida sigue, en esto que no llamaría un simulacro, sino una extraña versión de nuestra existencia prepandémica. El otro día tuve mi primer fotoshoot por Zoom. Me llamaron de Vogue Latinoamérica y México, donde tengo el honor de escribir desde hace más de 15 años (y digo honor porque el equipo que la integra tiene bien claro que nuestra tierra y nuestra gente tiene la dignidad de su propia belleza). Quisieron tomarme unas fotos para un artículo sobre latinoamericanos creativos, y después de mi consabida sorpresa de que me vieran así, les dije que por supuesto, y pusimos manos a la obra. Con KD Castaneda, la talentosa fotógrafa mexicana, coordinamos locaciones y atuendos por chat: los rincones de mi casa, mis piezas de otros tiempos. Limpiamos la casa a fondo y finalmente tuve la motivación que necesitaba para deshacerme de las montañas de papeles sobre mi escritorio, del bric-a-brac que se había acumulado durante meses de pandemia en la mesita verde.
Llegó el día de la sesión de fotos y no fue fácil: ella desde Colombia, yo desde Perú, intentamos hacer fotos memorables a pesar de la mala señal y de que mi esposo tuviera que ser sus manos. Era como estar debajo de la superficie de una laguna turbia, intentando comunicarte por señas, mientras la corriente te empuja a un lado y otro. Y sin embargo, KD obtuvo imágenes hermosas. Terminó la sesión y me quedé todo el día como un poco triste. Entendí finalmente lo que nos ha hecho este virus. Mi hija se encuentra con sus amigas en mundos que solo existen en sus computadoras. Mi hijo intenta estudiar producción musical a distancia. Antes de esta cuarentena, mi pequeño veía a dos niños una vez por semana, a distancia, en un parque, en clases de hacer amigos. Hicimos fotos a través de una videollamada. Qué rayos.
Hace muchos meses, cuando había terminado la primera cuarentena estricta, nos encontramos en la calle con una amiga y su hija para ir al parque, una visita al aire libre. Mientras caminábamos, su hija le dijo a la mía: "Cuando acabe la pandemia, ¿quieres venir ir a la casa de mis abuelos en el campo?" Tuve que parar en seco, doblada en dos entre la risa y el llanto. "Cuando acabe la pandemia", dijo la niña.
La ficción postapocalíptica implica siempre eso: lo trágico ya asumido como normalidad. Por ejemplo, gente haciendo su vida del día a día con mascarilla: la chica paseando a su perro, el papá enseñándole a su hija a montar bicicleta, la manicurista detrás de una plancha de acrílico. Músicos intentando desesperadamente compartir la magia en sus dedos y su corazón desde su teléfono, intentando ganarse el pan con su oficio a pesar de todo. Cintas amarillas de peligro en la bodega y en la farmacia, medio metro antes del mostrador. Mis hijos llegan de la calle y, en automático, pisan el pediluvio, se quitan los zapatos, se ponen gel en las manos, se quitan la mascarilla, me preguntan si quiero que me rocíen con alcohol.
A veces el antídoto es separar un buen pedazo de la tarde para preparar algo especial para la cena. Una tarta crocante de manzanas, una mazamorrita o un budín, algo que los haga exclamar de felicidad cuando subo la fuente a la salita de estar. A veces no hay el tiempo ni la energía. Entonces recurro a un frasco de mermelada hecha en casa, distribuyo un buen yogurt natural en vasos y lo corono con un cerrito de estas maravillas hechas de frutas.
Estos tiempos me han regresado a comprar bien, a productores o a intermediarios que adoran los frutos de la tierra y valoran a quienes la trabajan. Gracias a esto tengo siempre en casa insumos que inspiran. Una de mis aficiones en estos tiempos extraños es pesar una papaya roja, abrirla, rasparle las pepas, pelarla y licuarla. Ponerla en una olla con el 60% de su peso en azúcar rubia, ralladura de limón y luego el zumo, una vaina de vainilla (de las que ya usé y tengo reposando en aguardiente), y cocinarla, removiendo a cada tanto, retirando la espuma con un coladorcito, hasta que se ha convertido en una jalea de color granate. Tengo a la mano un par de frascos bien limpios y secos. Los lleno con la mermelada recién hecha, bien caliente, usando una jarrita para no quemarme. Enrosco bien fuerte la tapa y, cogiendo los frascos con un secador, los pongo de cabeza. Así se quedan hasta que están fríos; al girarlos confirmo que la tapa se ha hundido y que el sello es ahora hermético.
La papaya ni siquiera me gusta, pero el azúcar y el calor la transforman en una conserva mágica. Además de ponerla sobre el pan caliente, la avena, la sémola, el yogurt, añado una buena cucharada a media mañana sobre las bananitas cortadas del pequeño para evitar que se convierta en gremlin y tire todos sus juguetes por el balcón. Tiempos extraordinarios requieren medidas extraordinarias.
{ Las fotos son mías, excepto el retrato frente al espejo que me hizo mi amado Frank Cebreros. }
Quienes, como yo, tenemos la fortuna de tener casa, comida, vitaminas, podemos ayudar. Hay gente ejemplar que se ha organizado para que no seamos unos cuantos quienes podemos tener una cuarentena digna. Donemos a Manos a la Olla o a Ollas Contra el Hambre, que se están encargando de que nuestros hermanos humanos tengan, al menos, algo en el estómago. Sin comida no hay salud.
Desde que empezó la primera cuarentena, y gracias a buenos datos y buena suerte, me hice de una lista de confiables proveedores de productos de buena calidad. Aquí les paso a los limeños mi lista de salvadores, para que no tengan que salir de casa, y para apoyar a quienes hacen las cosas bien. La iré actualizando.
La Cesta (productos de Oxapampa. Soy fan): 958228069
Magia Piura (porque el chocolate aleja a los dementores): 946893933
De Ica a tu Casa (tejas exquisitas y demás dulces tradicionales): 956496157
Peppar Pattis (repostería sueca, cosa seria para darse una pausa): 987563568
Dodo Market (productos de Japón, Korea y China. Tienen min paos y dumplings de primera)
Nueces & Chocolate (frutos secos, y cositas para picotear, a granel): 919012004
La Bodeguita (lácteos, frutas y verduras, harinas, aceite de oliva, pancitos...): 988596533
Corporación Líder (abarrotes)
Luci (frutas y verduras seleccionadas, del Mercado de Surquillo): 965893087
Erika (frutas secas, del Mercado de Surquillo): 974789618
La Colpa (pura mantequilla de Cajamarca): 993333704
Arte Quesos (mozzarella y demás lácteos tiernos)
Parfait de yogurt con ciruelas, y un libro mágico
Lo perfecto es enemigo de lo bueno. Es mi dicho predilecto, casi mi mantra; por demasiado tiempo he dejado de hacer cosas por el terror de que no sean perfectas a los ojos de literalmente todas las personas que conozco. Es un miedo paralizante, del cual me deshago poco a poco y sin ninguna pena. Alguna vez leí que no es trabajo del artista juzgar lo que hace; su trabajo es crear. Y así, ando por la vida creando y compartiendo lo que creo, como si me importara un rábano que sea totalmente posible que a muchos les parezca pésimo o en todo caso excusa para el idiosincrático raje peruano. Siento que soy increíblemente descarada, porque me atrevo a convocar a personas increíblemente talentosas para mis sueños, porque me atrevo a escribir lo que realmente pienso y siento en este espacio, porque hace casi un año me atreví a llevar un proyecto a una editorial internacional. El truco está, verán, en actuar frente a mí misma como si no me diera ningún miedo. Como si no tuviera pánico de que todo el mundo no considere perfecto lo que hago. Porque el pánico de que se me acabe la vida antes de sacar de adentro todo lo que tengo para dar es aún mayor.
Lo cual es una forma enrevesada de contarles que este 2 de diciembre a las 8 p.m. en la Feria del Libro Ricardo Palma, en Miraflores, Lima, se presentará el libro que hice junto con mi concuñada y amiga Julia Bochanneck. La Marmita Encantada nació de un correo que me envió Julia (quien es muniquense) desde Zúrich, donde vive, contándome que necesitaba un descanso mental y emocional de su exigente trabajo como directora creativa en agencias de publicidad, y si no quería hacer un libro de cocina con ella. No pudo elegir mejor momento; me sentía absolutamente incomprendida y descorazonada, y le respondí un contundente sí. Yo tenía ya dos libros en proceso y en la cabeza, pero decidí ponerlos en pausa mientras me embarcaba en este proyecto. Durante las mañanas, en las que coincidían nuestros husos horarios, nos mandábamos correos, hacíamos moodboards, conversábamos de lo que teníamos en mente, definíamos la lista de recetas. Y así, un tiempo después llegó Julia a los Andes con la vajilla de su abuela en la maleta, y durante un mes documentó nuestra vida aquí en un centro poblado en el Valle Sagrado de los Incas, desde el desayuno hasta la cena, desde las conservas con las que intento detener el tiempo hasta los pasteles para todas las celebraciones de nuestro calendario. Fotografió las preparaciones pero también el contexto y a mi familia, cada uno un personaje más particular y entrañable que el otro, y elaboró un universo visual en base a nuestras conversaciones y a mis obsesiones. Luego volvió a empacar la vajilla de la abuela, regresó a Zúrich y seguimos trabajando en el libro, cada una desde su hemisferio. Unos meses después mi adorado Arturo Higa me ordenó que le lleve el proyecto a nuestro amigo Jerónimo Pimentel, un escritor al que admiro enormemente, quien es editor literario de la sede peruana del grupo editorial Penguin Random House. Así que actué como si no me diera pánico, armé la carpeta y entré en ese edificio de ascensores sin botones, como en un libro de Asimov. El entusiasmo de Jerónimo por el libro fue inmediato, para mi sorpresa y alegría. Así que eso ha reforzado mi convicción en que debo seguir creando y compartiendo sin escuchar a las voces en mi cabeza que me critican peor que una rival romántica.
Y así llegamos a hoy, cuando faltan solo un par de semanas para la presentación. He decidido celebrarlo compartiendo con ustedes una receta de mermelada de ciruelas (ciruelos, les dicen aquí) y una manera de convertirla con extrema facilidad en un postre o desayuno hermoso y exquisito. Por aquí las ciruelas están en temporada, y las que usé para esta mermelada han crecido en arbolitos de huerta aquí en el valle. Saber hacer mermelada es una habilidad que encuentro esencial que todo humano desarrolle; así evitamos que se malogren las frutas y tenemos siempre a mano un elemento que puede transformar incluso un plato de avena cruda con leche en un alimento inspirador. Quien me enseñó a hacer mermelada es mi Nonna Nina. De niña me encantaba ir a visitarla; estaba siempre tejiendo chompas, chalinas y ropones, haciendo tapetitos y biquinis de crochet (eran los '80) o preparando alguna delicia. Ella fue quien me enseñó tres capacidades invalorables: a enrollar gnocchi, a jugar solitario y a hacer mermelada.
El yogurt de estilo griego que he usado merece un párrafo aparte. Lo hace Dusan Luksic en el Fundo Orccococha, aquí cerca en Rumira; es una granja biodinámica que maneja con enorme esfuerzo y dedicación. Es cremoso, espeso, con la dulzura natural de la leche de su vaca feliz. Leí hace poco que el yogurt griego es bueno para mantener el equilibrio emocional, así que doble motivo para usarlo hoy, que ando con resaca post-proyecto. La ralladura de limón que corona este postre es imprescindible; algo en el aroma hace que el sabor de las ciruelas crezca y se redondee. Y el juego de estos tres colores es sublime.
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| Nótese la manita de cierto pequeño ladrón de ciruelas |
Parfait de Yogurt Cremoso y Mermelada de Ciruelas
(para 4-6 personas)
1 l. de yogurt cremoso de estilo griego
Mermelada de ciruelas
Ralladura de 1 limón
Para la mermelada:
1 k de ciruelas
600 g de azúcar rubia
1 chorro de extracto de vainilla natural
Despepa y corta las ciruelas. Colócalas en una olla, cúbrelas con el azúcar y échales un chorro de extracto de vainilla. Remueve y deja reposar hasta el día siguiente.
Esteriliza un frasco de medio litro o varios frascos pequeños, hundiéndolos en un tazón con agua recién hervida, usando tenazas. Esteriliza las tapas de la misma manera. Coloca los frascos sobre papel cocina.
Cocina la mermelada a fuego medio. Cuando suba a la superficie una espuma marrón, retírala con un coladorcito. Remueve a cada tanto con una cuchara de madera. Cuando la mermelada suba, baja el fuego para que no se rebalse. Continúa cocinando y ocasionalmente removiendo hasta que al levantar la cuchara la mermelada caiga lenta y espesa. Para constatar si está lista, pon un poquito en un plato de loza, llévala un par de minutos al congelador y empújala con el dedo. Si se arruga, está lista. Si se cocina demasiado, suéltala con un chorrito de agua recién hervida. Retira del fuego y viértela en el frasco o frascos usando un cucharón o taza medidora con pico. Ten cuidado ya que estará muy, muy caliente. Cierra la tapa, ajustando fuerte; para no quemarte, coge el frasco con un secador bien seco. Coloca el frasco boca abajo hasta que esté totalmente frío; así se esterilizará. Luego ponlo boca arriba.
Para armar el parfait:
Distribuye el yogurt en copas. Pon un par de buenas cucharadas de mermelada sobre el yogurt y ralla el limón directamente sobre la mermelada, para que los aceites aromáticos de la cáscara caigan sobre la copa.
Sirve inmediatamente y sé muy feliz.
Nos vemos el 2 de diciembre en el Parque Salazar! En la mesa estaré en espléndida compañía; Julia, Jerónimo y yo estaremos acompañados por las grandes Karissa Becerra y Mariana de Althaus.

























