La vida en un árbol


Lo primero que uno ve cuando llega a la casa es el suche. Mejor dicho, el Suche, con nombre propio. Siempre ha estado allí (‘siempre’, es decir, toda mi pequeña vida), desde que era niña y el olor de sus flores marcaba el inicio de una breve temporada en el paraíso. Este fin de semana volví a la casa de mi abuelo, el Nonno Arrigo, en Chaclacayo, y Frank llevó unas buenas tijeras de podar porque había notado que muchas ramas del gigantesco suche se estaban picando.

Mi Nonno está en otro lugar, despidiéndose despacio de la vida, y curar este árbol que está a la entrada de su casa es una manera de rendirle tributo, de agradecerle los fines de semana y las vacaciones en Chaclacayo, con los pétalos de cera fragante de las flores del Suche que siempre estaban regadas en el suelo alrededor del árbol. Cuando salí de la casa y vi a Frank trepado en una rama podando, y al pequeño Micael sentado en otra rama, comiendo una pera, me di cuenta de lo excepcional que es ahora, en mi vida citadina, ver una escena así. Y pensé lo privilegiada que ha sido mi infancia campestre. Ir por las mañanas con el Nonno a visitar a las gallinas y recoger los huevos en una canasta de metal. Chupar por un agujerito en la cáscara el huevo crudo, tibio, nutritivo. Correr por el jardín en la mañana, sintiendo el rocío y el pasto afilado en las plantas de los pies. Oler la llegada de la tarde bajo los árboles y escuchar el sonido de la acequia al salir a caminar por las calles de tierra. Este fin de semana, por la tarde, tomando un té en la pérgola después de un día de trabajo físico, apareció Micael como un pequeño salvaje, con la cara negra, un báculo de bambú en cada mano y el enorme cachorro, Paco, a su lado. Esto le hace tanto bien. Hace un par de semanas hasta olvidó su miedo a la oscuridad y atravesó todo el jardín, desde la cabañita de mi padre hasta el auto, para recoger su linterna y explorar la noche.

Verlo tan tranquilo, sentado en una rama a metros del piso, me regresó a mi propia infancia, que pasé en gran parte trepada en las copas de los árboles de palta de mis adorados primos Tarik, Karel y Katerina D’Onofrio, que vivían a una cuadra en Chaclacayo. Los árboles eran nuestras naves espaciales, nuestros planetas, nuestras estaciones, y nos paseábamos como monos de rama en rama, de un árbol a otro; si no tienes miedo, no te caes.

Hace unos meses le pedí a Florencio, fiel mano derecha de mi Nonno, que me diera una rama del Suche para plantarla en mi casa. La rama vive en un macetón al lado de la puerta de entrada, donde le cae siempre el sol. Después de que se le cayeran todas las flores, y de tomarse su tiempo para echar raíces, ha prendido y está floreciendo. Espero que podamos salvar al Suche. Pero es un alivio saber que una parte de él está aquí, y que está bien.

Cultiva tu mascota (y cómetela después)


Hasta ahora hemos hablado solo de lo hecho-en-casa comestible; ya conversaremos de otras cosas que es divertido hacer en lugar de comprar. Hablaremos de ropa única, de artilugios electrónicos para el ser humano autosuficiente, de educación casera, de medicina sensata, de momentos de lucidez, del placer de hacer música, de lugares únicos, de gente que opta. De todo lo que implique tener una posición más activa en la vida, que no parta del modelo extraño que nos parece dictar la vida en la ciudad sino de esas certezas que están escondidas en el centro del corazón. De una vida no prefabricada, sino hecha en casa.

Pero por ahora, seguiré hablando de comida. Y si hablamos de comida, la más casera de todas, la comida primordial, es el pan. Nada más hecho-en-casa que el pan hecho en casa. La campesina que hay en mí ya desde hace tiempo había descubierto el placer de llenar la casa de ese olor antiguo como la niñez. Me encanta preparar focaccia (más bien, un “pan focaccioso”, como le dice mi cuñado Christian) al romero, ajo y aceite de oliva, que fortalezco con harina integral y que huele a tarde en el jardín soleado bajo una higuera; piadinas, de masa ligeramente verde gracias a las toneladas de aceite de oliva que lleva, y que descubrí gracias a una zambullida en uno de los libros de cocina de mi Nonno, y que a mi chiquitín le encanta formar en bolitas y luego extender con el rodillo; el panetón que intenté hace dos Navidades, que llevaba como dos paquetes de mantequilla y que quedó deli pero enano, macizo, medieval (cada vez que Frank intentaba presentarlo como panetón, le metía un codazo. “ee..el pan navideño que ha hecho Ale”, corregía). Y por supuesto, los scones y los baking powder biscuits, panecillos suaves de polvo de hornear, que se pueden preparar en minutos para un desayuno dominical.

Pero cuando mis amigos Micaela y Fernando me regalaron el año pasado el libro “Elaboración artesanal del pan” (sin duda pensando en su propio beneficio), descubrí que el pan es toda una cosa. Que hay personas en Europa y Estados Unidos que han resucitado viejos molinos de viento o agua para obtener harina con carácter, y que solo usan trigo orgánico porque es el que mejor se adapta al proceso biológico que es el pan. Que hay panaderos en otros países que solo compran la harina de esos molinos. Que hay restaurantes que solo compran los panes que hacen esos panaderos.

Pero lo que realmente hizo que mi corazón latiera más rápido fue el capítulo sobre las levaduras hechas en casa. Claro. Más casero que eso, imposible. Y bueno, no es que me gusten las cosas complicadas, pero no me gustan las cosas fáciles. O tal vez sean esas ganas infantiles de querer comprenderlo todo, de descubrir cómo funcionan las cosas (tal vez por eso me enamoré de un sabelotodo). Así que puse manos a la obra.

Después de mucho ensayo y error, de tirar por el caño varias tandas, logré hacer un impulsor de masa ácida. O mejor dicho, logré cultivarlo: la levadura es una colonia de pequeños seres vivos, así como el yogurt. Más que un ingrediente, es una mascota; uno la alimenta, la mira crecer y reproducirse, le facilita una nueva casa, la vuelve a alimentar, la come. Para los espíritus valientes que estén leyendo esto y estén con ganas de sentirse hobbits por un rato, aquí va lo que ha funcionado para mí, al menos en estas latitudes, en base a las indicaciones del francés Patrick LePort, cuyo pain complet es requerido en restaurantes michelineados en Londres, Ginebra y demás:

- Mezcla en un frasco (grande) de vidrio 100 gramos de harina (debe ser orgánica; la blanca de supermercado se pudre. Llega a tus propias conclusiones. La que mejor resultados me ha dado es la harina integral) con 115 ml. de agua a temperatura ambiente (no puede ser de caño, porque el cloro no sé qué le hace a la harina, pero no funciona. Yo uso agua filtrada, pero puedes usar agua mineral sin gas). Tápala con una telita. En el libro dice que debe estar húmeda, pero en Lima no hace falta. Alguna ventaja había de vivir en una pecera.

- Tu mascota está naciendo y necesita paz. Déjala en un rincón tranquilo y calentito de tu cocina, sin vientos huracanados. A los míos les gustaba el horno, con la luz prendida. Cuando forme burbujas (pueden pasar algunos días), huélela. Tiene que oler fermentoso, pero rico. Si tiene moho o huele a basurero de mercado de frutas en el décimo día de la huelga de barrenderos, lamento decirlo: debes matarla. Tírala por el lavatorio. Límpiate las lágrimas y a empezar de nuevo.

- Si huele levaduroso, como a cerveza, adelante. Vierte la mitad del impulsor en otro frasco, y dale a cada uno de comer: 100 gramos de harina y suficiente agua para que lo puedas mezclar con una cuchara de madera (sí, tiene que ser de madera. El metal no sé qué le hace a la levadura). Después de 24 horas (pueden ser 25, 23, no es tan grave) repite la operación. Para entonces, si como yo lloras si tienes que matar una araña, te habrá dado pena tirar la mitad del impulsor por el lavatorio y tendrás cuatro frascos de impulsor.

- Después de 12 horas, si tu impulsor está rozagante, fragante y lleno de burbujas, ya lo puedes usar. Si necesita un empujoncito, repite la operación y estará listo en 6 horas. Si no lo vas a usar inmediatamente, tu impulsor puede vivir feliz en la refri, de la cual lo puedes sacar una vez por semana para que disfrute de una vista distinta, dividirlo y darle de comer.

- Para ahora lo más probable es que te hayas quedado sin frascos y te hayas visto obligado a vaciar varias mitades de impulsor por el caño. A veces uno tiene que hacer lo que uno tiene que hacer. A respirar y seguir adelante. Como de todas maneras ahora tienes mucho más impulsor que el que vas a necesitar, a menos que hagas pan tres veces al día, tendrás que quedarte solo con un par de frascos y llegar a una decisión: botar el resto o regalarlo. En ese caso, como hice con mi pobre Mamama, estarás sometiendo a alguien querido a dividir y darle de comer todas las semanas a su mascota, hasta que finalmente se decida a usarla. Es como una cadena de mails comestible. Por eso en Estados Unidos lo llaman “friendship bread” (el pan de la amistad), y en Alemania hasta tiene nombre propio: Hermann.

Si has llegado hasta aquí, resiste a la tentación de botar todos los impulsores a la basura y decidir que, en realidad, el pan de Wong es bien rico. Lo es, pero nada se compara a la satisfacción de comerte a tus mascotas. Digo, de comer un pan que has hecho en casa, de la a la z. Así que a respirar hondo. Cuando estés listo para hacer el pan, esto es lo que tienes que hacer:

1. Tomarlo con calma.

2. Planear un poco. Hacer pan es súper fácil, en serio, pero se necesita un poco de planificación para la panificación; si no, te vas a encontrar horneando a las 2 de la mañana.


Lo ideal es sacar tu impulsor de la refri por la noche, y cuando esté a temperatura ambiente, darle de comer. Déjalo toda la noche creciendo. Por la mañana, vierte en un tazón 200 gramos de impulsor sobre 450 gramos de harina, integral o blanca (en invierno, caliento primero la harina hasta que esté ligeramente tibia), ¼ de cucharadita de sal marina y suficiente agua tibia (filtrada o mineral) para que puedas amasar. Enharina la mesa y amasa durante 4 minutos. Luego descansa (digo, deja que repose la masa) durante 2 minutos y amasa 4 minutos más. Regresa la masa al tazón y cúbrelo con papel film. Ahora puedes hacer lo que quieras. Pero solo por un par de horas, o hasta que la masa se haya doblado en tamaño.


- ¿Seguimos? Dale forma y ponla a levar en una canasta redondeada. No tengo, así que uso un colador cubierto con una telita enharinada. Otra vez eres libre por un par de horas, hasta que la masa haya doblado en tamaño otra vez.

- Precalienta el horno. El libro no me dio una temperatura correcta, así que lo pongo un poco más fuerte que para hacer tortas. [Nota: retiro lo dicho. La temperatura que da el libro es precisa. Lo que no era preciso era mi horno. Un termómetro para hornear te puede dar una idea más exacta de la temperatura que estás alcanzando que la perilla.] La lata para hornear debe estar dentro del horno también. Luego, voltea la masa sobre la lata caliente, hazle unos lindos cortes y métela al horno. Si la temperatura del horno es la correcta, en una media hora debe estar listo. Esta indicación sí me conquistó: el pan está listo cuando está dorado y suena a hueco cuando tocas la base con los nudillos. Como si estuvieras tocando la puerta.

Y eso es todo. Pones el pan a entibiarse sobre una rejilla, y de pronto tu puerta es redonda y verde, y todo el mundo sonríe. Si esto no es magia, no sé lo que es.

*Gracias por todos los lindísimos mails que me enviaron sobre el post de Henry y Mariella y los anteriores. Me encanta que me escriban, pero más me encantará que dejen comentarios en el blog. Así todos podemos compartir, que de eso se trata. Que la pasen bien, y buen provecho!

Henry y Mariella


Su stand en la bioferia de Miraflores, en el parque Reducto, parece tocado por un sortilegio. Cada vez es más grande, está más lleno de flores, tiene más público, hay más chicos y chicas atendiendo, conversando entre ellos, riéndose con los clientes. Henry Vera, que ha nacido para ser anfitrión, prepara pizzetas orgánicas sobre un brasero mientras les alcanza a sus clientes –a sus amigos– vasitos con un terapéutico brebaje caliente y les pregunta cómo va tal cosa, cómo está fulano. Sobre las mesas, entre ramos de flores y decoradas con pétalos, están las delicias orgánicas que preparan Henry y su esposa, Mariella Matos. En la bioferia hay muchas maravillas, pero este es su corazón. Después de haber comprado las provisiones de la semana, el premio es parar aquí y elegir trufas de cacao y café, strudels, exquisitos pies de limón, tartas de bayas y un contundente, rozagante pan de cereales, para hacer picnic bajo un árbol. Como si la vida fuera un cuento.

Después de conversar con Mariella largo y tendido, en su luminosa, impecablemente pintada casa miraflorina, empiezo a creer que sí, la vida puede ser un cuento. Un cuento que uno mismo escribe, con dedicación y constancia, con claridad mental, paciencia y amor. Los fui a buscar para descubrir cómo lo han hecho, para aprender un poco de eso que se vislumbra al verlos cada sábado rodeados de gente que quiere eso que ellos tienen: cierta fe inquebrantable en la vida y en ellos mismos, en que si uno apuesta por lo que cree y quiere, al final el mundo no solo te dará la razón sino que te pedirá más.

Fui un lunes al mediodía; los lunes y martes son sus días ‘tranquilos’. Los Vera-Matos se dedican full-time a esto. Empiezan la semana con una visita al Barrio Chino, donde se proveen de aceite de girasol orgánico, algas, agar agar, pasas, menestras; la tarde del lunes la tienen libre, mientras las dos personas que ayudan en la cocina preparan los pallares para el humus y las verduras para conservas. Los martes preprocesan los granos y verduras, y los miércoles preparan las galletas, chapattis y pizzetas. Los jueves preparan y refrigeran queques y masas, y Henry empaqueta las galletitas, la sal marina, el müsli y demás joyitas naturales con stickers escritos a mano. “Hay gente que viene a ayudar los jueves. Henry va adoptando gente, les conversa, les da tecitos, se quedan horas componiendo el mundo y empaquetando.” Los viernes arman las papas rellenas, los pasteles (que se hornean los sábados tempranito), hornean y refrigeran las tortas. Por la noche dejan la masa del pan lista para que a las 3 a.m. del sábado su ayudante panadero, Nestor, le dé la segunda amasada y meta los panes al horno. Así, llegan a la bioferia recién horneados, en todo su esplendor.

El asunto ha salido tan bien que no solo viven de esto, sino que dentro de poco van a abrir un café en sociedad con una galería, en José Gálvez con Recavarren (no se preocupen, no van a dejar la bioferia). Pero las cosas no siempre fueron fáciles. Sí, la vida puede parecer un cuento, pero a ningún cuento decente le falta su dosis de obstáculos, una selva oscura que atravesar. Henry y Mariella han atravesado pruebas de fuego, y saben que para ir contra la corriente es preciso convertirse en excelentes nadadores.

Mariella tenía 19 años cuando conoció a Henry, pintor, profesor especializado en pedagogía antroposófica (el sistema Waldorf) y experto en macrobiótica, esa ciencia nutricional originada hace miles de años en China y que, para desgracia mía y de cientos de otros hijos de hippies, estuvo de moda en los ’70. Es una dieta que asegura una salud de hierro a cambio de una atención obsesiva al equilibrio entre los alimentos yin y yang, los dos principios opuestos y complementarios que deben estar en balance en la vida. Suena mostro; el problema es que no es muy posible ser macrobiótico sin ser fanático, sin descartar ciertos alimentos considerados venenosos como las berenjenas, los tomates y otras solanáceas, y la verdad es que es difícil que el resultado sea rico, rico. “Vi mucha neurosis [en la macrobiótica]”, dice Mariella, quien reconoce que se volvió dogmática, que catalogaba a la gente según lo que comía. “La alimentación debe ser un placer. Lo orgánico sí es lo fundamental.”

Cuando nació su primer hijo, José, sintieron una mayor necesidad de que la familia coma alimentos sanos, hechos por ellos -además de optar por una lactancia prolongada, una casa sin tele y la decisión de no vacunar. Yo también he vivido eso, y sé que no es fácil ir contra la presión social. “He sido buen fuerte con mis ideas”, dice Mariella. “Lo tenía bien claro. Nació mi hijo y yo sabía qué hacer desde el principio.” Nació su segundo hijo, Martín, y luego Alejandra, y el rollo de la alimentación encontró un mayor balance. “Me pasaba horas en la cocina para no tener que recurrir [a las golosinas]", cuenta Mariella. “Empezaron los cumpleaños, y yo los mandaba con loncherita. Y después veía a José bajo la mesa, atiborrándose de chizitos. Está bien ser diferentes, pero sin hacer sufrir al niño. No hay que dogmatizar, ni meterle rollos. Encontré el equilibrio: en casa comían así, pero si les daban algo con amor, que lo comieran; si se enferman, harán alguna asociación.”

Después de trabajar juntos en el Waldorf, viajaron a Buenos Aires, a trabajar en un colegio antroposófico, y de regreso en Lima no quisieron volver al colegio. Habían decidido que trabajarían para ellos mismos. Tenían talleres y vendían las cosas que hacían (Henry hacía juguetes de madera, Mariella muñecas de trapo, duendes de paño lenci, marionetas). Pero la cosa no era fácil, y además los inquilinos de su casa no se iban nunca. Fueron a vivir a casa de su amigo Pedro Otero en Pachacámac, luego a la casa de la mamá de Mariella, que estaba de viaje, y emprendieron con brío una época de austeridad. “Lo vivimos sin neurosis. Sabíamos que iba a pasar, que había que sacarle provecho a esa etapa.” ¿Provecho? ¿A no tener cómo pagar las cuentas? Me he desprendido de mucho pero no logro evitar el pánico al déficit económico. ¿Cómo lo hicieron? “Nos dimos cuenta de lo poco que necesitas para vivir”, explica Mariella. Se bañaban en batea y reciclaban el agua. Cuando se acabó la comida, sacrificaron los muñecos que hacía Mariella y tostaron la quinua con la que estaban rellenos. Cuando se acabó el gas, purificaron su cuerpo comiendo todo crudo. “Teníamos una confianza absoluta en que hay algo más que te sostiene. Si no, me habría divorciado diez veces de Henry, me habría metido a cualquier trabajo, estaría frustradísima, metiéndome pastillas.”

Hasta que Pedro Otero, que abrió la bioferia en el 2000, los llamó para que hicieran talleres-venta de sus manualidades, y todo tomó el curso que tenía que tomar. Recuperaron su casa, ese espacio luminoso en el que estamos conversando y que parece una extensión suya, y donde Henry abrió su taller. En el stand de la bioferia empezaron a complementar las manualidades con la comida sana que preparaban para su familia desde hacía años, y el éxito fue tal que eso empezó a desplazar los juguetes. El resto es historia, aunque parezca un cuento.


Henry y Mariella: 241 4872
mariellamp3@yahoo.com

Bichos, piratas y plastelina


“Mami, hazme un cumple de hormigas.” De HORMIGAS. Lo sé, es culpa mía por haberle preguntado. Y por haberme prometido que las fiestas de cumpleaños de mi hijo serían hechas en casa. A ver, pues. A inventarse un cumpleaños de hormigas.

Me parece absolutamente comprensible que las mamis, agotadas, opten por hacer las fiestas en el Bembos, en el MacDonalds, en el Burger King (es más, no juro que nunca lo vaya a hacer), o que alquilen un supermegatsunami inflable para que los pericotes suban y bajen y no haya que darle más vueltas al asunto, pero hasta ahora hay algo que me impide optar por el camino fácil. Puede deberse a las fantásticas fiestas que me hacían mis papás, con crípticas búsquedas del tesoro, juegos de ‘ponle la cola al dragón’ o ‘ponle la barba a Merlín’, máscaras de cuerpos celestes hechas por ellos y el momento estelar, cuando mi mami, expertamente disfrazada de viejita o de chino, tocaba la puerta y nos contaba un cuento.

O tal vez tenga que ver con haber tenido el privilegio de dar a luz en casa; siempre he sentido que la celebración por el aniversario de ese día tenía que ser doméstica, también. El primer cumpleaños de Micael lo celebramos en la casa de mi abuela, donde él nació, con una deliciosa torta hecha por Mariella –la del florido y aromático puesto en la Bioferia de Miraflores– sin más azúcar que el de la fruta, decorada con kiwicha pop y un lindo duende de felpa vestido de amarillo que sigo atesorando. Até buganvíleas con cintas de colores en el pasamanos de la escalera del jardín, envolví maromeros en papel celofán, hice helados sin azúcar (no se nota, prometo la receta pronto) y algunos piqueítos. El sol y el jardín hicieron el resto.

Fue en el segundo cumpleaños que la cosa empezó en serio. Vivía en una casita chiquitita en una quinta en la calle Piura, así que opté por llevar la fiesta al patio. Invité a los vecinos, pusimos guirnaldas de papel de una ventana a otra, esteras en el piso, un rincón de juguetes para que jugaran los pericotes. Hice una torta amarilla con corazones de goma rojos y recurrí a la Pastelería Victoria (en Enrique Palacios) para unos deliciosos, asequibles bocaditos. Mi mami trajo la chicha (error, prohibido servirles chicha a niños, tuve que cambiarle de polo a Micael dos veces, la tercera se quedó calato) y los abuelos paternos de Micael trajeron unos sanduchitos. La onda chavo-del-ocho, de fiesta en el callejón, fue lo máximo. Sobre todo cuando el dálmata de mi vecina Sáchiko sacó la cabeza por la ventana del segundo piso y empezó a ladrar sin parar.

En el tercer cumple vivíamos en La Molina, así que le pedí a mi mami hacerlo en su casa, en Chorrillos. Ella se encargó de la comida (naturista, por supuesto, aunque el premio se lo llevó el surrealista error que hizo que la mazamorra morada estuviera espolvoreada con comino en lugar de canela. Pero bueno, las caras de desconcierto sirvieron para romper el hielo). Había una piscinita, los niños hicieron pizzas y el papá de Micael trajo una piñata irrompible, a la que le pegué duro como catarsis. Es que sí, esto de los cumples caseros es lindo, pero conlleva siempre una dosis de estrés. Mi nuevo novio Frank y yo habíamos estado hasta las 2 a.m. haciendo la torta, una receta que no había probado antes y que salió tan chata que tuvimos que hacer una más para ponerla encima. La forramos con masa elástica teñida con colorante, y como no teníamos las herramientas pasteleras del caso, recurrimos al kit de herramientas de plastelina que le regalé a Mica por Navidad. La gente no sabía si era comestible, pero quedó divertida.

Un año más tarde Frank, Micael y yo ya estábamos viviendo juntos, en otra quinta en Miraflores, en una casa menos chiquitita, por suerte. Adela, la abuela paterna de Micael, fue mi aliada cumpleañera; Mica había pedido un cumpleaños de piratas, y gracias al éxito cinematográfico de Piratas del Caribe, en Miami, donde ella vive, encontró todo lo imaginable para un festín piratesco. Un barco pirata armable como centro de mesa con Johnny Depp colgado del mástil, un cofre de cartón del que salían monedas doradas y collares de perlas, mapas, manteles, servilletas, pañuelos marineros, sorpresas en las que venían lápices, libretas, catalejos, más monedas. Y el papá de Mica planeó una búsqueda del tesoro. Pero por supuesto, mandar a hacer una torta hubiera sido demasiado fácil. Así que Frank y yo estuvimos, otra vez, hasta las 2 a.m. construyendo una isla del tesoro, rodeada de un mar de gelatina infestado de tiburones. Y sí, fue un chambón, pero no lo habría cambiado por nada. Por la mañana, mientras poníamos piratitas sobre la isla, no podíamos parar de reírnos de cansancio y felicidad.

Pero nada me había preparado para una fiesta de hormigas. Adela, en otro continente, se peinaba todas las tiendas de accesorios de fiesta y no encontraba nada hormiguesco, ni siquiera insectesco. Desde julio, cuando Mica nos manifestó su decisión –le volví a preguntar varias veces, para ver si se había olvidado y de pronto prefería, no sé, una fiesta del Hombre Araña– nos devanamos el cráneo: ¿Hacemos un hormiguero de verdad? ¿Una torta en forma de hormiguero partida por la mitad, con una plancha de plexiglás que permita ver los caminos de hormigas? ¿Mica, no quieres un cumpleaños del Hombre Araña?

Hasta que llegó la epifanía: el concepto sería un picnic, en el que las hormigas se llevaban la comida. Hicimos hormigotas de teknopor y limpiapipas que pusimos debajo de una de las tortas, mandamos a plotear hormigas grandes, chiquitas y microscópicas que Frank y Micael sacaban con pinza para pegarlas entrando en fila a la casa, subiéndose a la mesa, trepándose a la fábrica de antenas que preparamos (los niños llegaban y armaban sus antenitas enrollando limpiapipas en vinchas y poniendo en las puntas bolitas de teknopor a las que les habíamos hecho un hueco.
Se les veía lindos a los bichos estos).


Pero –siempre hay un pero– por la mañana entré en colapso porque experimenté con dos baños de torta que nunca había hecho y los veía medio melindrosos. Es solo una torta, me repetía Frank una y otra vez, mientras yo temblaba de frustración. Aunque al final no quedaron tan mal, creo. Una receta la saqué de un coleccionable de El Comercio en el que trabajé: un bizcocho delicioso de zanahoria, manzana y miel cubierto por un baño de queso crema, miel y limón rallado, con mariposas y orugas de fruta encima. La otra, con un baño de claras batidas y fresas, fue para satisfacer el pedido expreso del chiquitín, y porque con una no habría alcanzado. (Una lección: comprar muchas más sorpresas que invitados; siempre cae el primito, el amiguito que invitaron, los hermanos, los etc.)

Un niño le regaló a Mica una especie de lanzamisiles de espuma, que armó el tono. Y cuando ya los niños –acostumbrados a ser divertidos por señoritas en botas y minifalda con micrófonos y Barneys gigantescos– preguntaban cuándo iba a empezar el show, bajó mi mami, expertamente disfrazada de viejita, y les contó un cuento. No hubo show; hubo algo mejor que eso. Hubo ese momento mágico en el que un adulto, rodeado de niños hipnotizados, encantados, cuenta un relato que le contaron a él, cuando era niño.

¿Y el próximo cumpleaños, de qué será? Todavía no he tenido el valor de preguntárselo a mi principito. Pero estoy segura de que será agotador. Inolvidable.



Hogar, dulce hogar



Unas horas antes le había dado la mano a Frank por primera vez. Más temprano -por la mañana- Frank había llegado a la casa de mi abuela, donde vivíamos mi hijo Micael y yo, con todo lo necesario para un clásico desayuno alemán de Adviento. Galletas de esas que pueden durar todo un invierno, con especias intensas y sabor antiguo. Stollen, el pan dulce con frutas confitadas al lado del cual nuestro panetón parece la versión de Disney de La Sirenita. Y un libro gordo y antiguo que era de su madre, en el que estaba la receta de la casita de jengibre que íbamos a hacer más tarde.

Aunque en realidad no es masa de jengibre, en sí; se llama pan de miel, y de pronto volvieron a mi mente unos pancitos dulces que tenían pegados unos papeles con figuras de ángeles y viejitos con sombreros de duende. El domingo siguiente Frank me compró estos dulces que yo ya creía haberme imaginado, y me contó que se llaman panes de San Nicolás. Pero eso fue después. Por la tarde preparamos la masa con Micael y Julián, mi hermanito; Frank me sacaba la masa de las manos con un cuchillo, mientras el esposo de mi madre pensaba que parecía que hubiéramos estado juntos toda la vida. Cuando en realidad, solo hacía unas horas que le había dado la mano por primera vez.


La foto la tomamos cuando terminamos de hacer la casita, como a las dos de la mañana, cuando ya Micael se había quedado dormido y mi pobre abuela entraba cada quince minutos a la cocina para asegurarse de que no estuviera pasando nada para adultos. No sé si era la poderosa droga que es el amor nuevo, o la euforia del agotamiento que trae hacer al pie de la letra las laboriosas recetas antiguas, pero la casa nos quedó un poco creepy. Más Halloween que Navidad. Bueno, siempre nos gustó Tim Burton.