domingo 23 de agosto de 2009

El amor es un árbol

Me ha tomado meses sentarme a escribir sobre esto. Mientras tanto, el blog se ha quedado detenido en el tiempo, suspendido en un instante que huele a especias y pino y chocolate caliente y papel de regalo.

¿Por qué? No estoy segura. Los motivos superficiales (no por eso menos contundentes) son claros: falta de tiempo, cansancio, la pena de no poder haber invitado a todos los que van a recibir este post, la revolución física y emocional de mi segundo embarazo. Pero creo que hay más detrás de todo eso. Tanto F como yo hemos trabajado en producciones de espectáculos gigantescas y ambiciosas (así fue como nos conocimos), pero nunca tan exigentes como la pequeña celebración con la que nos casamos, el 5 de abril de este año.

Fue algo que empezamos a planear desde el principio de nuestra relación, en el verano del 2006. Nuestra boda sería preindustrial; no usaríamos electricidad, sería de día, la banda sonora estaría compuesta exclusivamente de la música que nuestros amigos y familia quisieran tocar para nosotros, tendríamos una sola gran mesa y muchas flores silvestres y animales asados al aire libre y sería en la casa de mi abuelo, en Chaclacayo, en honor a un pedido que me hizo hace muchísimos años y para cerrar el círculo de una infancia feliz, convirtiéndolo, como en el truco de los linking rings, en la chispa de una futura vida en el campo.

Y lo logramos. Con mucha ayuda de los amigos, tuvimos nuestro matrimonio hecho en casa, tal como lo construimos en nuestras mentes hace más de 3 años. Y recién nos estamos recuperando. Como dice mi gran amiga Micaela Velaochaga, que se ocupó durante todos los preparativos del servicio de monitoreo prematrimonial, chequeando periódicamente el estado emocional de la novia y dando valiosa asesoría en temas prácticos, tener una boda simple es mucho más complicado.

Algo que hasta ahora me pone feliz cada vez que pienso en eso es que todas las personas involucradas tenían una relación especial con nosotros. Los partes los hicimos con un tipografista del centro, gracias a la ayuda de Patricia Oga; escribimos los nombres y los lacramos a mano. La decoración fue hecha a pulso por mi mamá, Pepita, nuestra amiga Ana María, mis hermanos Saphie, Antonio, Anaí y Gabriel, la linda Edi y mi papá, Alfio. En la mañana del gran día F y Florencio, que fue mano derecha de mi abuelo durante décadas, se treparon al centro del toldo y colgaron un gran anillo, una corona élfica, de eucalipto con cintas de colores.


Mientras los invitados eran recibidos con frutas congeladas, preparadas, como el resto de la comida, por mi primo (ya bueno, tío) Karel D'Onofrio y su novia, Daniela Vargas (hacen lasagnas a domicilio bajo el nombre de Danka, en el 99 408*3840), y frescos brebajes a cargo de nuestros amigos Hannah Scranton y David Torres, los artífices del café Arábica (que también proporcionaron sublimes cappucinos después de la comida y una torta encantadora),


en el cuarto de mi abuelo, Luis Salcedo, artista visual y estilista, y el encargado de nuestros rulos desde hace tiempo, operaba su magia sobre mí. Me sosegaba con su voz tranquila y borraba con sus brochas y colores el estrés físico y emocional de esta carrera contra el reloj.

Y de pronto, todo estaba listo. Tenía puesto el vestido, hecho por Susana Piqueras, la mujer de mi hermano Daniel; tenía en la muñeca la puñera y en la cabeza el tocado de plumas de pavorreal que hizo para mí mi madrina Ester Ventura.


Mi madre llegó radiante y me entregó las flores azules.


Los niños entraron vestidos de hobbits, concentrados y emocionados. Escuché detrás de la puerta piropos a mi futuro marido, con un atuendo espectacular hecho con talento y finura por Fernando Lavini.


Y de pronto las campanas.

La ceremonia estuvo oficiada por la venerable Jisen Oshiro, misionera del budismo zen en Lima, y por quien guardo tanto respeto como afecto, junto con el monje Sengen, Riushin y Sensho.

La sorpresa del día: la hermana de F, Sylvia, llegó de Chile directo a la ceremonia, después de una ausencia de más de diez años. Y los niños!!! Micael llevaba los anillos (de tungsteno, somos así de quisquillosos) y Julián los rosarios budistas. Y luego mi papi, habiendo entablado una lucha victoriosa con sus reparos anarquistas, me llevó del brazo.


Y así empezó una ceremonia que ha quedado marcada para siempre en mi corazón, y creo que en el de todos los que estuvimos respirando juntos ese día. A pesar de los ensayos, nada me había preparado para tal intensidad, tal pureza, para un tiempo tan delicado que temía respirar.


Arturo y Patricia Higa nos regalaron la música y la diáfana presencia de su cuñada, Erika, quien guarda la tradición del baile y la música japonesa.


Y después de los abrazos a toda la gente maravillosa que atravesó la carretera central y resolvió el siempre complicado problema de qué ponerse para un matrimonio de día en el campo,




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Erika bailó para nosotros la danza del águila.

Como quien transmite un mensaje urgente de los dioses.

Y así empezó una tarde de música,


amigos,
Añadir imagenantiguos ritos de fertilidad,

(mmmm la torta de zanahoria de Hannah!)

y un final de fuego y aire.

(unas semanas después mi hermanito Julián encontró lo que él jura que es un pedazo del globo, en su casa en Chosica.)

Sobre las fotos

La mayoría de las fotos en este post (como estas dos que siguen, por supuesto) son de Musuk Nolte.

Las demás nos las enviaron amigas. Y Daniela Villalobos hizo un precioso álbum en shutterfly.

Y así empieza una nueva etapa. El blog regresa a la vida, y nosotros empezamos de nuevo, una familia de tres que pronto va a ser de cuatro, gracias a la energía de todos los que estuvieron con nosotros ese día y los que a pesar de no estar nos dieron su amor.

(Me tomó tiempo comprender que el amor recíproco es el único que sirve para construir.)

Besos para todos,

A

*

Aquí una lista de blogs y demás muy útiles para la novia do-it-yourself, léase terca, maniática y empedernidamente romántica.

Offbeat Bride
Conscious Weddings
Indiebride

domingo 28 de diciembre de 2008

Debajo del Árbol


Cuando bajé a preparar el desayuno el 24 por la mañana me encontré con una escena rarísima en la vida con un niño de cinco años ("casi seis"). Micael estaba echado sobre un pouf, contemplando el árbol de Navidad, casi sin moverse, y al parecer había estado así hacía mucho tiempo. Seguía en la misma posición cuando lo llamé para desayunar.


La casa se sentía diferente; el Efecto Navidad estaba encendido, tan tangiblemente como si alguien hubera activado un interruptor. O tal vez es simplemente lo que pasa cuando te entregas en cuerpo y alma a los preparativos navideños; eso pasó en casa gracias a la tradición luterana de Frank, con sus lonches de Adviento los cuatro domingos previos, y al entusiasmo de Micael, que cada mañana abría su bolsita de fieltro en el calendario de Adviento que cosí para él, y encontraba un chocolatito o una figurita. He nacido para esto, pensaba la noche anterior, mientras envolvía los regalos. He nacido para ser una Hausfrau.

La noche del 24 Frank y yo nos movíamos por la cocina con la diligencia de operarios de submarino, él con su mandil de leopardo y yo con el mío de piñas. El menú de la cena estaba pegado a la puerta de la refri como un mapa, para no perder el rumbo: higos con queso filadelfia y pecanas acarameladas, Stollen, Lebkuchen y ciruelas frescas en la mesa de la sala para los amigos que visitaran antes de la cena; un enrollado de cordero de nuestra deli favorita con puré de peras hecho en casa y una ensalada con tomates cherry y más pecanas acarameladas; de postre, chocolate caliente y un pudín de chocolate con leche de coco y curry, hecho con un majestuoso chocolate La Continental que nos regalaron nuestros amigos Micaela y Fernando.

A las 10 nos sacamos los mandiles, nos sentamos en el sofá, nos servimos una Erdinger y nos miramos, contentos pero algo sosegados por la sospecha de que nos ganaríamos el premio a los que más se complican la vida.

Pero algo me dice que el premio vale la pena. En la mesa éramos solo los 3, pero sabemos que nos debemos las mismas deferencias, el mismo esfuerzo, la misma cena opípara que si estuviéramos cocinando para diez invitados. La casa está abierta para todos pero ya desde el año pasado decidimos que le íbamos a decir no a la locura navideña, léase estar trasladándose por toda la ciudad para complacer a la(s) familia(s). Ya somos nosotros una familia, razonábamos. Ya vendrán más niños para acompañar a Micael en su espera decidida y feliz de la medianoche.

- Ya quiero que sean las 12 para abrir mi guitarra!
- Quién te ha dicho que es una guitarra?
- Ay pues! Claro que es una guitarra! Si tiene la fooorma...
- Cómo sabes que no es un elefantito parado así?
- Cómo va a ser un elefante!
- Tienes razón, no es un elefante, es un hombre de nieve.
- Ay! Si fuera un hombre de nieve se derretiría! Es mi guitarra! (sigue solo de air guitar)

A 10 para las 12 estábamos sentados frente al árbol, Mica celular en mano para la cuenta regresiva, yo ideando una nueva tradición: a las 12 de la noche, abrazo colectivo.

Y a abrir los regalos!


- A dormir.
- Ya no tengo sueño, mami!
- A dormir! Son las dos de la mañana. (Y quiero terminar mi chocolate caliente y meterme a la cama)
- No seas mala! Es Navidad! Mica está jugando! (F, que quiere seguir jugando con Micael y el helicóptero a control remoto que le regaló su padrino).


Han pasado cuatro días. Es domingo por la tarde y el árbol brilla. La casa está callada; F está de viaje y Micael con su papá, y estoy disfrutando del rarísimo placer de un día a mi ritmo. Una novela gruesa de Henry James cayó sobre mi pecho cuando me quedé dormida en el sofá de la sala. La levanto y sigo leyendo: la heroína se ha sentado en una banca del jardín, debajo de un árbol; lleva puesto un vestido blanco adornado con lazos negros. En unos minutos le ocurrirán dos cosas, y algo en ella lo sabe; le llevarán una carta de un pretendiente y un lord inglés le propondrá matrimonio.

Paso la página y sonrío, de esas sonrisas pequeñas que uno se permite cuando está solo. Este es un tiempo mágico. Ese paréntesis entre Navidad y Año Nuevo en el que uno se prepara para abrir su mejor regalo: un año por empezar, conspicuo y misterioso como un paquete envuelto con cintas y papel de seda debajo del árbol.


Y que así sea. Dos canciones de Navidad y mucho amor para ustedes.

(y gracias a todos los que nos enseñaron los secretos de estos días)




domingo 30 de noviembre de 2008

Para siempre

Pedí una langosta y me trajeron un poema. Fue el viernes en el Rafael, adonde fui con F para celebrar el tercer año desde el primer beso. Era un nido de espuma del color de la vainilla, alrededor de flores amarillas y violeta. Nunca había visto algo así. Nunca había comido algo así. En un bocado tenía la espuma de trufa y un trozo sutil de langosta en mantequilla de coral; en otro un trozo igual resultaba ser un gnocchi que cedía, complaciente; en otro una cinta de mango me hacía querer llorar. Nunca antes un plato me había conmovido tanto.
Pero iba a ser la noche más mago de todas y esta no iba a ser la última sorpresa que sacara del sombrero. Ya estábamos rosados por el champagne ruborizado que nos regaló Rafael, cuando, amoroso y divertido, nos trajo un postre misterioso, una bóveda de chocolate con lunares rosa. El chiste de la noche: yo tratando de partir la corteza de chocolate sólido con el tenedor, con todas mis fuerzas, F ayudándome al final. Cuando logramos abrirla me encontré con esto.



(Sí.)

sábado 22 de noviembre de 2008

los tesoros que trajo F de arequipa


dos barras de pasta de cacao a la vainilla la continental / cuatro jabones de perejil hechos a pedido por las monjas del convento santa catalina / un par de guantes de primera comunión / un pomito de crema de rosas / medio kilo de mantequilla de pampacollca / su cuerpo


lunes 3 de noviembre de 2008

Jaaalouín!


Siempre ha sido mi fiesta favorita. No en vano mi padrastro me decía Sarah Bernhardt; a esta teatrera no había nada que le gustara más que disfrazarse, y si era con amigos, mejor. ¿Y para pedir dulces? ¡Mejor! Además uno de mis juegos favoritos era sentarme a mirar el tiempo pasar vestida de bruja, al lado de la puerta verde en la cabaña hexagonal que construyó mi papá. Incluso cuando no era Halloween.


Tener un hijo pequeño es la excusa perfecta para convertir la casa en un castillo embrujado y asustar a los niños. Este año invitamos a tres de los amiguitos de Micael del nido (Sebastián, Mateo y Lucía, “mi novia favorita”); a Julián, el tío de Micael, que tiene un año más que él, y a la pequeña Micaela, la hija de mi amiga Leslie. Compré también kilos de manzanas relucientes para los niños que tocaran la puerta, pero no tocó nadie; el año pasado fueron máximo 7 trick-or-treaters, este año ninguno. Es un poco triste que esté desapareciendo el único día del año para vestirse de monstruo y tocar las puertas de desconocidos. Pero no importa; la fiesta la teníamos con nosotros. Es increíble cómo cuatro niños riéndose del miedo pueden convertir una casa en un parque de diversiones.




Antes de que llegaran Julián el Esqueleto, Sebastián el León, Lucía la Bruja Araña y Mateo el Constructor que no se quiso disfrazar, Micael el Mago y yo preparamos todo: los dedos comestibles –que a Julián le dan demasiados nervios pero que los demás chiquitines engulleron con apetito canibalístico–, las arañas de bizcochito y los recurseros fantasmitas de marshmallow. Frank llenó un armario polvoriento de sonidos de terror y talló una calabaza aterradora.
















Yo tenía pensado tallar con los niños las calabazas más pequeñas, contagiada por la costumbre actual de programarles todo, pero estaban demasiado felices como para quedarse alrededor de una mesa; subían disparados al cuarto de Mica, bajaban disparados a esconder caramelos en el jardín, entraban disparados a comer arañas, dedos y gusanos. Mateo venía corriendo para elucubrar conmigo cuáles eran los ingredientes necesarios para hacer una pócima maléfica. ¡Ya sé! ¡Cucarachas apestosas! ¡Vómito podrido! ¡Zapatos malolientes! ¡Alas de murciélago! ¡Moscas! ¡Uñas de pericote! ¡Manzanas venenosas!


Para quedarnos con un poco de espíritu halloweenesco, los dejo con este videíto. No se vayan a asustar.


domingo 26 de octubre de 2008

La mora me enamora


Mis primas Bianca y Claudia vivían alrededor de un parque cerrado, lleno de árboles. Algunos perfectos para trepar, otros demasiado grandes para nosotras pero con otro tipo de atractivos; montones de moras perfectas, enormes. Así que cuando no me la pasaba aprovechando para leer su amplia colección de chistes, íbamos al parque a trepar árboles y recoger moras. Cuando regresábamos, con las manos moradas, sin aliento y felices, su mami, la linda Gabriella, nos las servía con yogurt natural, espeso. No vivo cerca de un parque de moras, pero sí en un barrio miraflorino con calles de nombres europeos y moreras que en esta época del año llenan las veredas de manchas oscuras. Así que hace un par de semanas, cuando Micael volvió del nido nos pusimos nuestros sombreros de Huancayo, cogimos una canastita y salimos a cosechar.

En el camino pensábamos en el asfalto con el que hemos forrado la tierra, y conversamos sobre el calor que debe sentir el planeta con todo el cemento que tiene encima (“No le picará?”). Pero al mismo tiempo me pareció algo así como milagroso que nuestra ciudad –gris como pocas, poco inspirada en su desarrollo urbano, con contados espacios diseñados para que uno salga a disfrutar de un lugar común– ofrezca estos regalos para quien se toma el tiempo de verlos. Alrededor de cada árbol había decenas de moras, gordas, jugosas; muchas aplastadas por zapatos apurados, otras con una proximidad innegable a la mugre, pero suficientes como para llenar una canastita y llevarlas a casa.

Es cierto que los estómagos peruanos están acostumbrados a casi cualquier cosa, pero también es cierto que estas moras no las recogimos del parque de la linda Gabriella. Así que hice una concesión a todas esas voces en mi cabeza que me decían que era un asco comer moras de la calle. Les dije firmemente que no, no era un asco, pero que bueno, no las comeríamos crudas. Después de una enérgica lavada, las pesé y las metí en la olla con azúcar rubia –un poco menos del peso de la fruta, como recomienda la nonna– y después de un par de veinte minutos de revolver y de hacer el extraño test del plato –pones un poquito de mermelada en un platito, lo metes a la refri y si después de unos minutos la mermelada se arruga si la empujas, está lista– teníamos mermelada de moras.

Un chorro de vainilla bourbon y al frasco, previamente esterilizado con agua hirviendo. El último paso es poner el frasco boca abajo para que se haga vacío –por favor, cierren BIEN la tapa antes– y esperar a que se enfríe antes de enderezarlo y ponerle una linda etiqueta.


El frasco ya está casi a la mitad y nadie se ha muerto de disentería en casa. Así que adelante, a salir a la calle. A cosechar.

miércoles 30 de julio de 2008

La vida en un árbol


Lo primero que uno ve cuando llega a la casa es el suche. Mejor dicho, el Suche, con nombre propio. Siempre ha estado allí (‘siempre’, es decir, toda mi pequeña vida), desde que era niña y el olor de sus flores marcaba el inicio de una breve temporada en el paraíso. Este fin de semana volví a la casa de mi abuelo, el Nonno Arrigo, en Chaclacayo, y Frank llevó unas buenas tijeras de podar porque había notado que muchas ramas del gigantesco suche se estaban picando.

Mi Nonno está en otro lugar, despidiéndose despacio de la vida, y curar este árbol que está a la entrada de su casa es una manera de rendirle tributo, de agradecerle los fines de semana y las vacaciones en Chaclacayo, con los pétalos de cera fragante de las flores del Suche que siempre estaban regadas en el suelo alrededor del árbol. Cuando salí de la casa y vi a Frank trepado en una rama podando, y al pequeño Micael sentado en otra rama, comiendo una pera, me di cuenta de lo excepcional que es ahora, en mi vida citadina, ver una escena así. Y pensé lo privilegiada que ha sido mi infancia campestre. Ir por las mañanas con el Nonno a visitar a las gallinas y recoger los huevos en una canasta de metal. Chupar por un agujerito en la cáscara el huevo crudo, tibio, nutritivo. Correr por el jardín en la mañana, sintiendo el rocío y el pasto afilado en las plantas de los pies. Oler la llegada de la tarde bajo los árboles y escuchar el sonido de la acequia al salir a caminar por las calles de tierra. Este fin de semana, por la tarde, tomando un té en la pérgola después de un día de trabajo físico, apareció Micael como un pequeño salvaje, con la cara negra, un báculo de bambú en cada mano y el enorme cachorro, Paco, a su lado. Esto le hace tanto bien. Hace un par de semanas hasta olvidó su miedo a la oscuridad y atravesó todo el jardín, desde la cabañita de mi padre hasta el auto, para recoger su linterna y explorar la noche.

Verlo tan tranquilo, sentado en una rama a metros del piso, me regresó a mi propia infancia, que pasé en gran parte trepada en las copas de los árboles de palta de mis adorados primos Tarik, Karel y Katerina D’Onofrio, que vivían a una cuadra en Chaclacayo. Los árboles eran nuestras naves espaciales, nuestros planetas, nuestras estaciones, y nos paseábamos como monos de rama en rama, de un árbol a otro; si no tienes miedo, no te caes.

Hace unos meses le pedí a Florencio, fiel mano derecha de mi Nonno, que me diera una rama del Suche para plantarla en mi casa. La rama vive en un macetón al lado de la puerta de entrada, donde le cae siempre el sol. Después de que se le cayeran todas las flores, y de tomarse su tiempo para echar raíces, ha prendido y está floreciendo. Espero que podamos salvar al Suche. Pero es un alivio saber que una parte de él está aquí, y que está bien.