viernes, 18 de abril de 2014

La picadura de la abeja




Con el tiempo me he vuelto alérgica a las picaduras de abeja. He sido picoteada decenas de veces desde niña, un efecto colateral de vivir siempre con un pie en el campo. Una vez pisé una avispa en el jardín de mi abuelo. Me puse a llorar, obviamente. Duele. Mi papi me enojó, como dicen aquí en Cusco; yo llorando por una picadurita, cuando la avispa que había pisado seguro había ido a buscar comida para sus hijos (!!) y yo la había asesinado. Me puse a llorar, obviamente, más.

Siempre me ha gustado estar, como las abejas, cerca de las flores y al borde de los estanques. Las picaduras en ese caso son inevitables, y nunca había habido consecuencias más graves que el buen humor inicial y las lágrimas después. Me ponía medio limón sobre la picadura y el veneno dulce era neutralizado.

Todo cambió hace unos años. Mi profe de guitarra me acompañó al carro llevando mi enorme guitarra en su enorme estuche, y nos quedamos un rato hablando, y otro rato más, como suele pasar cuando hay música de por medio. Detrás de nosotros había un arbusto de esas flores naranjas y amarillas hechas de muchas flores en miniatura, flores fractales de hojas oscuras y ásperas. Sentí un pinchazo, quité con cuidado el aguijón de la pobre abeja que acababa de morir en mi brazo, no me puse limón porque seguimos conversando un rato más, y manejé a mi casa. Se me hinchó el brazo como una langosta. Desde entonces camino valientemente, como quien silba en un cementerio, cada vez que cruzo los campos de flores amarillas en el camino de mi casa en las montañas al centro. No me van a picar, me digo; están demasiado ocupadas recogiendo néctar. No me pueden picar; me he vuelto demasiado alérgica. No puedo ponerme propóleo en la piel, como descubrí una vez que quedé con la cara temporalmente deformada. No puedo usar algunos cosméticos con cera de abejas; me dejan monstruosa y con las emociones destruidas.

Es raro, esto de ser un adulto. Raro y nunca pensé que tan difícil. Hace unos días fue el cumpleaños de mi marido (Mi marido!!! Soy un adulto!!!) y le preparé un pastel alemán llamado Bienenstich. Picadura de abeja. Lo que hay entre nosotros es así, doloroso, nutritivo, tan dulce que lo tenemos que dosificar. Amarillo y negro.

El día de la picadura que alteró la respuesta de mi cuerpo al veneno de abejas era también su cumpleaños. Salimos a cenar, yo con el brazo enorme y rojo y el ánimo por los suelos.

Este año le preparé la Bienenstich. El biscocho de miel lleva levadura, y el relleno es crema pastelera endulzada solo con miel de abeja. Preparé mazapán casero para hacer las abejas que vuelan sobre la torta.

La realidad terminó siendo medio peculiar. Por apresurada, en lugar de pincelar la masa en su última levada con mantequilla derretida, tiré la mantequilla sobre la masa en el horno. En lugar de quedar un domito perfecto, la mantequilla empujó la masa hacia el centro por su peso y terminó siendo una ollita. La masa no era nada dulce; era ligera y delicada como una brioche. La crema pastelera a la miel –le añadí ralladura de limón, como homenaje al antídoto ideal- habría sido feliz con unas cuantas cucharadas de azúcar rubia. Así como estaba era medio ble.

Y qué importa. Cubrí la torta con flores que me trajo mi hijo Micael del jardín; no se notaba la concavidad de la torta y las abejitas de mazapán estaban felices sobrevolando tanto color.



Le echamos miel encima a cada pedazo sobre el plato y empezó a parecer un postre. Asesinamos a mordiscos a toda la población de abejitas de mazapán que estaban recogiendo néctar para sus hijos. Al día siguiente, cuando vi que a nadie en casa le provocaba terminar la torta, le raspé la crema, metí el biscocho en un tazón con leche, azúcar y huevos, licué todo y horneé este budín de pan espontáneo y delicioso; lonche resuelto. Porque un experimento nunca sale mal. Porque si no hubiera aprendido a improvisar no sé que habría sido de mí, pero no sería lo que soy ahora, alguien que ha moldeado su vida a su gusto.




Hace un tiempo mi maestra se rió cuando le pregunté cómo hacer para que la relación de pareja esté bien cuando hay mucho estrés (estaba en plena mudanza y mi esposo y yo estábamos a punto de matarnos). “¿Qué es que una relación esté bien?”, me espetó. “No es como la película.” No es mirarse –y esta es mi interpretación libérrima de lo que me dijo ese día- todo el tiempo con ojos de carnero degollado. A veces uno cuadra al otro. A veces uno tiene que aguantar al otro. A veces no lo aguanta. Pero lo que hay que hacer siempre es seguir adelante. Seguir juntos. Eso, me dijo mi maestra, es que una relación esté bien.

Esta va para mi dulce veneno, mi adorado tormento, mi aliado perpetuo en este mundo extraño, en esta aventura asombrosa de ser adulto.





miércoles, 18 de diciembre de 2013

Recuento de Navidad




Navidad este año ha venido corriendo a trompicones, y todavía no sé si llego a tiempo. Nos estamos mudando a una cabañita linda cerca del bosque, y más cerca a la ciudad, y estamos con la campaña navideña en mi adorada tienda de helados y dulces naturales, El Hada. Y ayer se me quedó la boca abierta al ver el calendario de Adviento y contar los días. Falta menos de una semana. !!!!!!!!!!!!!

Así que les dejo un atareado abrazo navideño y un recuento de las recetas ad hoc que he compartido en este su blog de confianza.

Todo empezó (este blog y mi nueva vida romántica) con una casita de jengibre. El blog no empezó como bitácora de cocina, sino como bitácora nomás. Y esta entrada es de cuando todavía no era muy hábil, o sería que el amor me tenía medio torpe.




Sablés para decorar. (Galletitas de mantequilla con canela y naranja)

mica potter b

Zimtsterne (estrellitas de canela). En el comentario hay un truco para darles forma de, en efecto, estrella, y no las cosas deformes que hice esa vez.

todos los ingredientes b


1 reparto

La célebre rotkohl de Frank, que prepara desde niño.

7 rotkohl


listo


Y un vino blanco caliente para darle una quieta alegría al corazón.


Que tengan una bella, memorable noche este 24. Coman rico, rodéense de gente que quieren, tómense un tiempo para agradecer y disfrutar que estamos vivos.

Un abrazo,

Alessandra


domingo, 8 de diciembre de 2013

Mi regalo


El martes cumplí 39 años. Siempre he asumido mi cumpleaños a plenitud; nunca he entendido mucho a las personas que odian su cumpleaños, que no le dicen a nadie o se empeñan en que sea un día normal, solo que un poco más amargado. Desde niña mis padres me hacían cumpleaños caseros y memorables, cuando crecí mi abuelo me llevaba a algún restaurante para grandes, cuando cumplí quince me regaló un anillo que últimamente se me ha dado por ponerme. Tuve una larga etapa fiestera; desde hace unos años, aunque ya no me da el alma para bailar toda la noche, he procurado que igual sea un día diferente, un día para disfrutar de la gente que amo y sentir el aire en la piel y si tengo suerte el sol en los hombros.

Esta vez fue diferente. Desperté de madrugada, como cada día, gracias a mi pajarito bebé, que necesita su leche matutina para hacer la última siesta antes de empezar el día. Y pensé en mi madre, que a esa hora hace 39 años estaba en trabajo de parto. Tenía quince años, se sentía bastante sola y su vida se había complicado repentina, irremediablemente. Cada vez que hablo con ella de eso me dice que para nada, que fui una bendición, que me amó desde el principio, pero sin que todo eso deje de ser cierto, las cosas como son: no puede haber sido fácil para mis padres tener que convertirse en adultos de la noche a la mañana.


Ese ha sido uno de los factores que han diseñado mi vida. Creo que siempre he sentido que mi vida tiene que valer la pena. Que tengo que aportar lo máximo de mí para que haya sido por algo el revuelo que causé al llegar al mundo.



 El otro factor que ha diseñado mi vida es que, como consecuencia y para salvación de todos, desde que nací tuve un benefactor. 


Mi abuelo paterno se ocupó de mí; en cuestiones prácticas, como pagarme la mejor educación disponible, pero fue mucho más allá. Sus casas eran mi roca sólida, lugares que nunca cambian, espacios de aprendizaje y gozo y estructura. Su mundo abrió una ventana en mi percepción; su amor por la ópera y la comida, sus viajes cada año fuera del país y su conocimiento pleno de cada rincón del Perú; sus enciclopedias abiertas frente al Geniograma Difícil, su colonia, sus ternos y gemelos, su puntualidad y disciplina, la alacena siempre llena y los corrales cuidados, su conciencia de que hay un lugar y un tiempo para el trabajo y que a esas alturas de su vida tenía todo el derecho del mundo a consagrar la otra mitad de la semana a vivir la vida, con energía y dedicación.


Una persona que ha tenido un benefactor ha crecido entre dos mundos. Recién el 3 de diciembre del 2013 me di cuenta de todo lo que eso implica. Abrí los ojos y el cielo estaba azul casi gris, fresco, y agradecí a mis padres, María Josefa y Alfio, y a mis abuelos Arrigo, Nina, Piruco, Suzanne y mi nonnastra Silvia, por darme una infancia encantada y tanto amor que hasta ahora me siento sostenida por él. Alguna chispa habrán encendido en mí que me permitió aprender a darme a mí misma cariño, o caraños, como dice mi pequeña Celeste. Por eso este año decidí darme dos regalos: una torta tal cual la quería, y escribir este post.

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Mi torta de cumpleaños

Basada en la Devil's Food Cake de David Lebovitz y en la chantilly de chocolate del libro Vintage Cakes, de Julie Richardson.

Biscocho:
115 gr. mantequilla
300 gr. azúcar rubia
210 gr. harina sin preparar
1/2 cdta. sal marina
1/4 cdta. polvo de hornear (añádele 1 cdta. de bicarbonato si estás al nivel del mar)
2 huevos de corral
1/2 taza de café
1/2 tz. de leche fresca

Chantilly de chocolate:
3 tz. crema de leche
170 gr. de chocolate de 55% o más (si es cobertura normal, ponle el doble)
1/2 cdta. canela en polvo
1/8 cdta. de sal marina
2 cdtas. extracto de vainilla
1 kilo de fresas sin hojas: la mitad enteras, la mitad cortadas en dos (no usarás todas pero mejor que zozobre a que fafalte)

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Precalentar el horno a 175ºC.

Preparar un molde de unos 20 cm. de diámetro: ponerlo sobre papel manteca, dibujar un círculo alrededor de la base, recortarlo. Cortar tiras para forrar las paredes (es mejor que sobresalga un poco). 

Enmantequillar el molde. Poner el círculo de papel manteca en la base y las tiras de papel manteca en las paredes. Volver a enmantequillar, esta vez sobre el papel manteca. Con un pequeño colador, espolvorear cocoa en la base y dar golpecitos, girándolo, hasta cubrir el fondo y las paredes.

En una batidora, de preferencia con el adminículo de paleta, (o en un tazón con cuchara de palo y bastante energía), batir la mantequilla y el azúcar hasta que la mezcla esté ligera y cremosa.
Mientras tanto, mezclar en un bol el harina, la sal, el polvo de hornear (y el bicarbonato si estás al nivel del mar) y la cocoa. Pasarlos a otro tazón, cerniendo.
Bajar la velocidad de la batidora y añadir los huevos, uno por uno, deteniendo la batidora y pasando una espátula por el tazón después de cada huevo.
Mezclar el café y la leche. Añadir, alternando, la mezcla de harina y de leche: empezar por la tercera parte de harina, añadir la mitad del café con leche, añadir la mitad del harina restante, toda la leche y el harina que queda. Después de cada añadidura, detener la batidora y remover con la espátula.
Verter en el molde preparado. Hornear unos 45 - 50 minutos, hasta que al hundir el centro con el dedo la masa regrese ligeramente. Retirar del horno y dejar enfriar.

Mientras se hornea, preparar la chantilly de chocolate:
En una ollita a baño maría, mezclar la crema de leche, el chocolate, la canela y la sal, removiendo, hasta que el chocolate esté completamente derretido. Pasar a un tazón de acero bastante más grande que la cantidad de crema. Añadir la vainilla y mezclar. Cubrir y refrigerar. Refrigerar también un batidor de mano.

Cuando el biscocho esté completamente frío, desmoldarlo. Cortarlo en tres partes iguales (el adminículo ideal es un serruchito que se apoya en los dos extremos sobre la mesa, pero también puedes usar un cuchillo serrucho y ojo de buen cubero).
Con el batidor de mano, batir la crema hasta que esté firme y satinada. Si está bien fría, en un par de minutos estará perfecta.



Echar la tercera parte de la chantilly sobre la base del biscocho. Echar fresas cortadas. Cubrir, presionando un poquito, con la parte del medio del biscocho. Echar la mitad de la chantilly restante, y cubrir nuevamente con fresas cortadas. Cubrir con la tapa del biscocho, esparcir la chantilly restante y poner encima, de manera linda pero relajada, fresas enteras.

Llamar a tus mejores amigos para que te canten. Pedir un deseo.


lunes, 24 de junio de 2013

Waffles de la vida nueva



El desayuno es mi comida favorita del día. Pero hay uno que me pone especialmente filin.

En el 2007 trabajé como profesora en un colegio; para hacer más tremendo el asunto, en mi colegio. Como en Animal Dreams, la novela de Barbara Kingsolver, estar del otro lado de las carpetas -de esas carpetas- me ayudó a entender muchas cosas, a comprender por qué me sentí como pez fuera del agua durante toda mi vida escolar, a confirmar que ya no servía para trabajar en una gran empresa, y que mi vida, terminado el año de profe que había pactado con mis alumnas -amorosas, traviesas- tenía que cambiar.
Me sirvió, sobre todo, para darme cuenta de que para mí hay dos cosas fundamentales: estar con mi familia y tener una manera de ganarme la vida que sea una entrega total a lo que más me gusta hacer. Enseñarles a niñas de ocho y diez años fue hermoso y agotador, estimulante y frustrante, pero sentía que parte del trabajo de un buen profesor es ser un ejemplo vivo de valentía. Que debía demostrar con mi propia vida que seguir tu corazón (tu mente/corazón, como dicen  los japoneses) es la única manera racional de existir. Que renunciar a la seguridad de un sueldo fijo debe ser una decisión fácil si se trata de moldear la vida que te está llamando.

Creo que lo mejor que me dio ese año fue atesorar el tiempo limitado con mi chico y mi hijo, que entonces tenía cuatro años. Construimos una vida doméstica deliciosa. A veces mi chico me venía a buscar a la salida y me llevaba a una tienda de vajilla hermosa y adminículos de cocina que quedaba al lado del cole, para contemplar la vajilla hermosa y comprar uno que otro adminículo de cocina. Una tarde llegué a casa, no sé si era un día especial, y me encontré con un regalo sobre la almohada. 


Era una wafflera de corazones, como la que usan en el bazar de adviento al que él iba desde niño, y que ya era parte de nuestra propia tradición familiar. (Nuestra primera salida de verdad romántica fue cuando me llevó al bazar por primera vez. El día se convirtió en la primera entrada de este blog.) Empezamos a dedicar las mañanas de los fines de semana a perfeccionar una receta de waffles, a encontrar nuestra receta de waffles. Aquí la comparto con ustedes. 

Si tengo todos los ingredientes a la mano, me encanta bajar a la cocina en bata y preparar un desayuno from scratch; es delicioso tocar el harina, tostar la mantequilla, picar el limón confitado, sobre todo si por la ventana el sol entra y se instala sobre la mesa como un ingrediente más. Pero si pensar en preparar waffles desde cero es demasiado intimidante cuando estás en la cama planeando tu día, una alternativa excelente es hacer la masa la noche anterior. Así solo tienes que calentar la wafflera mientras preparas tu café.

Mi chico al año siguiente se convirtió en mi esposo. Juntos tenemos un negocio encantador. Nos mudamos de ciudad. Ahora en la mesa del desayuno hay dos niños y un bebé. Pero cada vez que nos preparamos waffles el uno al otro en algun día especial -o para convertir un día cualquiera en un día especial- me vienen a la mente (la mente/corazón) los primeros pasos que nos han llevado a este largo viaje, a esta aventura de lo habitual.       




Los waffles del amor

3 tz. de harina sin preparar (para darle un sabor más profundo, sustituye media taza por harina integral)
1/4 tz. de azúcar rubia
1 cdta. de polvo de hornear (1/2 en altura)
1/8 cdta. de sal marina fina
1/4 cdta. de canela
1 cda. de limón confitado picado
1 cucharada de azúcar vainilla (o una cucharadita de extracto de vainilla)
125 gr. de mantequilla
3 huevos
2/3 de taza de leche
1 tz. de agua

Calienta la wafflera. Si vas a preparar varios para llevarlos juntos a la mesa, calienta el horno a 100ºC y pon adentro un plato y un poco de papel aluminio.
En una sartén u ollita, calienta la mantequilla hasta que le salga espuma. Baja el fuego y sigue calentándola, hasta que huela a nueces y en el fondo se hayan formado sólidos de mantequilla (parecerán migas de pan). Apaga el fuego.
En un tazón, mezcla el harina, el azúcar, el polvo de hornear, la sal, la canela y el limón confitado, y el azúcar vainilla. (Si vas a usar extracto, añádelo junto con la leche después).
Añade la mantequilla tostada y mezcla hasta integrar. 


Añade los huevos, la leche y el agua. Mezcla hasta integrar.




Pon en la wafflera caliente más o menos media taza de masa. Si te gustan crocantes, cocínalos más tiempo. Si los prefieres tiernos, menos. Sirve inmediatamente, o júntalos en el plato que pusiste en el horno, tapándolos un poco con el papel aluminio.
Puedes acompañarlos con azúcar impalpable, con mantequilla o, si es una celebración especialísima, con una salsa de nutella caliente (mezcla la nutella en una ollita con un poco de leche y extracto de vainilla).






domingo, 26 de mayo de 2013

Pancitos de desayuno


Es duro salir de la cama a veces. Afuera hace frío y el sueño siempre me queda corto. El día se asoma lleno de posibilidades y de peleas contra el reloj. Peor si a mi lado está el bebé calentito durmiendo como un gato, y al otro lado mi esposo durmiendo como un león. De dónde saco el coraje para salir del capullo?

   

De la idea del desayuno. De pensar en empezar el día con un olor delicioso saliendo del horno, y luego sentarme a la mesa con una taza humeante (el frío le saca un vapor bien cinematográfico) y en el plato algo que huela a la primera mañana del mundo.

Para poder asegurarte un desayuno feliz, tienes que tener siempre en casa un stock de harina, mantequilla, leche o crema, porsiaca polvo de hornear, y huevos. Sales de la cama, te envuelves en una bata abrigadita y mientras planes qué vas a preparar el día se empieza a perfilar mejor.
















Tal vez no me había dado cuenta de cuán importante es para mí la primera comida del día hasta que hace poco nos visitaron mi cuñado y su novia, que disfrutaron nuestros desayunos como un niño en una dulcería. Mi familia ya está acostumbrada y les parece normal que un día cualquiera haya en la mesa scones, hotcakes, panqueques o waffles de polenta. Christian y Julia, en cambio, me pidieron entre bocado y bocado que por favor por favor postee las recetas en el blog. Así que gracias a ellos y al pedido de Anónimo de que me ponga las pilas, aquí viene uno de mis desayunos favoritos. Los pancitos, o biscuits. Los he preparado, con variaciones, desde que tenía ocho años. Cuando nos íbamos a pasar el día a Punta Hermosa era la encargada de hacer una tanda y meter los pancitos (los hacía en forma de sapo) en la canasta del picnic. Asi que son, en cierto modo, algo de todos los días. Por otro lado, son algo de otro mundo. 



Pancitos

2 tz. (280 gr.) de harina sin preparar
2.5 cdtas. de polvo de hornear
1 cdta. de sal marina fina
1/3 tz. (75 gr.) de mantequilla con sal, fría, en cubos
2/3 tz. (165 ml.) de leche fresca fría

Precalienta el horno a 220 º C.

En un tazón mezcla el harina, el polvo de hornear y la sal. Añade los cubos de mantequilla. Con un cortamasa, o con dos cuchillos, corta la mantequilla dentro de la harina, hasta tener una mezcla grumosa. 
Con un tenedor, revuelve la masa mientras añades en un chorro la leche. Mezcla hasta apenas incorporar la leche.
Enharina ligeramente tu mesa de trabajo. Voltea la masa sobre la mesa. Amásala muy, muy ligeramente: presiona con la muñeca sobre el centro de la masa alejándola de ti, regrésala sobre sí misma y dale un cuarto de giro. Repite esto cuatro veces. Forma con las manos un círculo y aplánalo con la palma de las manos para formar un disco de unos dos o tres centímetros de alto.  
Con un molde circular enharinado de unos 5 o 6 cm. de diámetro, o con una copita enharinada, corta pancitos y ponlos sobre una lata sin engrasar. Junta la masa sobrante, sin manipularla mucho, y sigue cortando pancitos.
Hornéalos durante unos 15 minutos, hasta que estén dorados en la base. Sírvelos inmediatamente, con mantequilla y miel en la mesa.

* VARIACIÓN *
Con manteca de cerdo quedan increíbles, aunque el sabor es bastante menos neutro. Simplemente sustituye la mantequilla por manteca. En Cusco la encuentras en el mercado de Vinocanchón, en el puesto 29 la sección de carnicería, a S/. 5 el kilo.

jueves, 14 de febrero de 2013

Vino blanco caliente




Mientras esperábamos que naciera el nuevo bebé, todos los días hacíamos la buena caminata recetada por la doctora. Tenemos el privilegio de vivir en el campo, así que abríamos la puerta, seguíamos las vías del tren al lado del río y subíamos a las colinas, bajo los bosques de pino y eucalipto. Unos días antes de su nacimiento salimos con Frank, con mi doula y hada madrina Hannah (la maga de los postres del café Arábica de Miraflores) y con nuestra amiga Clara-Isabel, gestora junto con su novio Alain de los cinco ChocoMuseos en Centroamérica y el Perú. El sol radiante de la tarde desapareció de pronto mientras volvíamos a casa, así que nos pareció una idea excelente descongelarnos con un vino caliente. Plop: la botella de vino tinto que estaba segura de tener en casa se había transformado misteriosamente en un Riesling. Casi tiramos la toalla, hasta que me pregunté si no podríamos encontrar en internet a algún perspicaz que hubiera inventado una receta para vino blanco caliente. Hannah, que nunca se da por vencida cuando se trata de descubrir nuevas recetas, me aseguró que de todas maneras la encontraríamos. Mientras ella hacía una búsqueda en inglés yo hice una en francés. Bueno, no solo encontré una receta; descubrimos que en Alsacia, la tierra de Alain, el vino caliente se preparaba tradicionalmente con vino blanco. Los vinos sugeridos? Riesling o Pinot Blanc. Un día de coincidencias felices.
El vino blanco francés ha sido un descubrimiento también para los alsacianos (Alain, por ejemplo, nunca lo había probado), quienes recién en el 2011, durante el mercado navideño de Estrasburgo, se reencontraron con esta tradición perdida, gracias al entusiasmo de un grupo de enólogos, restauradores y periodistas. La Tribu des Gourmets du Vin d'Alsace publicó la receta e impulsó a restauradores y productores de vino a que lo ofrecieran. La acogida fue masiva. Para Charles Brand, enólogo y cofundador de la Tribu, su encanto está en la ausencia de taninos en el vino blanco. Al no ser amargo, no es necesario ocultar la astringencia con clavos de olor.
Y cómo quedó? Exquisito. Bello, además; como el brebaje queda claro y traslúcido, los frutos cítricos y las especias resplandecen en la copa. Estábamos todos con una copa en la mano y una sonrisa en los labios, preguntándonos dónde había estado este néctar todo este tiempo. Así que, con ustedes, aquí está: la receta de vino blanco caliente de la Tribu des Gourmets du Vin d'Alsace. Su blog de confianza, Hecho en Casa, sigue ofreciéndoles las últimas primicias medievales.



Vin Blanc Chaud d'Alsace
1 lt. de vino blanco (yo usé la típica botella de 750 ml. y todo bien), de preferencia Riesling o Pinot Blanc
1 naranja en rodajas (ellos la usan en dados pero así queda más lindo)
1/2 limón en rodajas (idem. Usé los limonsotes fragantes que hay en Cusco. Pueden ser los pequeños también.)
3 ramas de canela
2 estrellas de anís
50 gr. (1/4 de taza) de azúcar (como siempre, usé azúcar rubia)
1 cda. de miel de abeja (o más, al gusto)

En una olla mediana echar el vino. Taparlo y calentarlo, cuidando que no hierva aún. Añadir las rodajas de naranja y limón, la canela, el anís estrella y el azúcar. Remover delicadamente con una cuchara de palo. Calentar a fuego medio, removiendo a cada tanto. Cuando esté bien caliente, añadir la miel de abeja. Remover con cuidado hasta disolver.
Apenas llegue a ebullición, retirar del fuego. Tapar y reposar media hora. Calentar (sin que hierva) antes de servir.



NOTA PARA LOS LECTORES ATRAPADOS POR EL CALOR INSOPORTABLE 
DEL VERANO LIMEÑO

Después de reposarlo, se puede servir fresco! Con hielitos tal vez, en copas recién salidas del congelador. (De nada.)

* postdata *
Como ya intuía, Hannah encontró una receta creada por algún pionero de la cocina; vino blanco caliente con romero y tomillo. Pronto la compartirá con nosotros como invitada especial de Hecho en Casa.

martes, 12 de febrero de 2013

Por la vía láctea



En esta bitácora de (principalmente) comida ha llegado la hora de hablar de la comida primigenia. La primera comida. El néctar mágico con que los mamíferos alimentamos a nuestras crías, y a la que muchas mamás dejan de lado muy a menudo porque no tuvieron la suerte de que llegara a ellas ese pedacito de información que hace toda la diferencia. Lo sé, porque he estado ahí. 

Dar de lactar es una decisión personal. A mí me parece una opción inmejorable. Hay un porcentaje -muy, muy pequeño- de mamás que realmente, físicamente, no pueden dar de lactar. Hay otras que optan por no dar de lactar para modificar lo menos posible su vida prebebé, por distintos motivos. Y si algo han ganado para las mujeres occidentales todas las mujeres que desde hace décadas han luchado por nuestros derechos, es la libertad de elegir, y de elegir sin ser juzgadas. Así que este no es un post prolactancia. Este es un post dirigido a las mamás (y a los amigos de las mamás) que de verdad quieren dar de lactar y en los primeros días se han dado de golpe con la pared de la realidad: dar de lactar no es fácil.

Si a esto le sumamos un entorno que no apoya la lactancia, no es sorprendente que tantas mamás tiren la toalla después de unos días de agonía y frustración. Las gotitas de calostro que producimos al inicio (lo que es normal) dejan el campo abierto para que pediatras inconscientes empujen a las mamás a 'complementar' con fórmula. Y ese es el inicio del fin; si el bebé no lacta todo lo que necesita comer, la mamá no produce la leche que necesita comer. Así de maravilloso es este sistema. Además, a menudo la familia no apoya tampoco; "para qué te complicas, hija..." 
Yo tuve la suerte de tener una familia que me empujó a seguir adelante, y de recibir unos cuantos datitos que hicieron toda la diferencia. Y como amar es compartir, y yo los amo, queridos lectores, aquí van cuatro secretos que valen oro. 


*

Mi primer hijo, Micael, pagó el pato de mi inexperiencia. Los primeros tres meses (TRES meses) de lactancia fueron agónicos, y estuvimos los dos con los nervios hechos trizas. Los lectores nerviosos abstenerse de leer el siguiente párrafo: seré cruda porque así es la realidad. ("Es delicioso dar de lactar", me habían dicho. Y yo me preguntaba qué tiene de delicioso sentir que te acuchillan en una de las partes más delicadas del cuerpo.)

Los pezones se me inflamaron como frambuesas. Luego empezaron a sangrar. Luego se me empezaron a caer a pedazos. Me dio mastitis tres veces. Cada vez que mi hijo se despertaba yo empezaba a sudar de miedo; preparaba los cojines y las gasas y el agua lentamente, anticipando el dolor y tratando de postponerlo lo más posible. Todas las tardes a las 5:30 me entraba angustia, porque sabía que a las 6:00 mi bebé entraría en un remolino de llantos, lactadas, chanchos y más llantos que solo terminaría a las 2 a.m., cuando los dos caíamos exhaustos hasta la madrugada.
Si no dejé de darle de lactar fue porque soy necia, y porque mi madre y mi abuela me insistían y lo probaban conmigo todo, desde el llantén para desinflamarme hasta Gaseovet y afines para aliviar los gases de mi bebé, pasando por el traumático sacaleches, que sobre todo me sacó sangre, y que después he evitado como a la plaga. Nada funcionaba. 

Hasta que alguien (¿Quién fue? ¡No recuerdo!) me recomendó que me pusiera mi propia leche en los pezones después de dar de lactar, y la dejara secar. Mi piel y mis tejidos empezaron a regenerarse inmediatamente. Por la misma época, otra persona (tampoco recuerdo quién; ¿mi abuela?) me explicó que la boca del bebé debe abarcar toda la areola, y que su barriga debe estar pegada a la de la mamá. Además entré a la web de La Leche League, donde leí que es esencial que el bebé vacíe toda la leche de una teta antes de pasar a la siguiente. La leche que sale primero es más ligera (le quita la sed al bebé) y tiene más lactosa; la del final tiene más grasa, y es la que realmente les alimenta. Si el bebé no llega nunca a esa leche (porque la mamá le da contando el tiempo, por ejemplo), el exceso de lactosa le genera gases, y al nunca sentirse lleno toma leche a cada rato, lo cual le genera más gases y a la mamá dolor y desesperación absoluta. No es broma. Además algunos conductos nunca se llegan a vaciar, y llega la mastitis. 
Estos tres datos cambiaron mi experiencia completamente. Empezó una lactancia feliz con Micael, que duró dos años.


*

El cuarto consejo que compartiré con ustedes viene de los fríos países del norte de Europa. Desde hace miles de años, las mamás de Noruega, Suecia y Dinamarca usan conchas de mar para proteger los pezones. Son mucho mejores que los protectores descartables, e incluso que los de tela; la piel no se pega a la ropa, la leche que se almacena la humedece y regenera (la lactoferrina tiene propiedades curativas, antivirales y antibacteriales), y el nácar ayuda a regenerar la piel. Mi madre me trajo unas hermosas de Máncora, blancas por fuera y de un naranja rosa muy íntimo por dentro, y las usé desde el primer día de lactancia de Celeste, mi segunda hija. Hubo un poco de dolor los primeros días, y después fue tan delicioso como decían las malas lenguas. Usar conchas marinas, por cierto, es mucho más poético que usar las de plástico.

Para Lautaro, mi tercero, que tiene diez días y está durmiendo una siesta mientras escribo esto, ya no tenía esas conchas, y en Cusco estamos algo lejos del mar. Así que conseguí unas grandes conchas de abanico donde la proveedora de insumos para la magia a la que siempre recurre mi amiga Tania. Las remojé en agua tibia con sal durante dos días, y se soltaron todos los residuos que estaban pegados. Las escobillé bien con una escobilla de uñas, y luego las lavé con agua y jabón. Hay quienes recomiendan hervirlas; no lo he probado, porque yo a una de las de Celeste le eché agua hirviendo y se rajó. Tal vez hay que hacer como con las ranas, y ponerlas en agua fría a hervir gradualmente, así no se dan cuenta... Ahora tengo dos pares, para a cada tanto lavar en agua tibia uno y dejarlo secar, mientras uso el otro. De noche es mejor dejar que la piel se ventile y no usar nada bajo el piyama. 


*

Te encomiendo, entonces, estos secretos, querido lector, querida lectora; tal vez te salven la vida, o tal vez le salves la vida a una dolorosa madre lactante. Aunque después no recuerde que fuiste tú, te agradecerá para siempre. 



Para saber más
La Leche League
LLL en Perú
Web de LLL Perú
Seashells - artículo en Mothering.com (en inglés)
Consejos y venta - itworksmom (en inglés)