jueves 24 de diciembre de 2009

Feliz Navidad – El Rotkohl de Frank

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Esta edición extra-ordinaria de Hecho en Casa tiene un invitado especial; la receta está a cargo de Frank, que prepara esta col roja todas las cenas navideñas. En su casa paterna era el encargado desde los 19. Es su propia receta, basada en la receta tradicional alemana, pero le ha añadido algunos pasos que se usan para el chucrut. Es exquisita. Y eso es algo que nunca pensé que diría sobre una col. Aquí se los paso:

Una col roja. Que pese como un kilo y medio. 800 gr de manzanas verdes peladas y descorazonadas. Una cebolla roja. Clavada con clavos de olor. Grasa de pato. Unas cinco lonjas de tocino. Vinagre de manzana. Vino tinto. Barato. Comino entero. Azúcar rubia. Pimienta y sal.

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1 rotkohl

Dorar las manzanas cortadas en cubos y el tocino en la grasa de pato. En una olla que tenga tapa, no en una sartén.

3 rotkohlUna vez que esté dorado, poner la cebolla en la olla y echar la col encima. Se puede llenar la olla hasta arriba arriba porque la col se va a reducir cuando se empiece a cocinar. Echarle 1/4 de taza de agua, 3/4 de taza de vino tinto y como 1/4 de taza de vinagre.

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5 rotkohlYa. Cocer tapado durante como 40 minutos a fuego bajo.

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Ya. Después aderezar con un puñado de comino entero, unas 3 cucharaditas de sal, bastante pimienta recién molida de preferencia y 1/4 de taza de azúcar rubia. Revolver y dejar cocer como media hora más, destapado. Ya. Después de media hora probar y ajustar sal y azúcar. Probablemente una cucharadita de sal más y unas 3 o 4 cucharadas de azúcar rubia más. Tiene que quedar medio dulzón, con un sabor fuerte a comino y pimienta. Si es que ya se ha evaporado mucho el líquido, reponer con 1/4 de taza de vino y 1/4 de taza de vinagre. Dejar reducir una media hora más, y listo.

Sobre la olla, que Frank heredó de su mamá alemana: es un schmortopf, que en humano quiere decir literalmente ‘olla para estofar’, pero en el sentido más de sellar que de convertirlo todo en un menjunje. Es más, se puede usar para dorar. Es de hierro delgado enlosado. La tapa tiene un borde especial que sella la olla con el vapor, y la forma de la tapa hace que los jugos se condensen en la tapa y vuelvan a caer sobre la comida.

Y esto es todo por hoy. Nos vamos a terminar de envolver regalos, a hacer la consabida gira navideña, y a comer rico en familia. Que la pasen muy bien hoy, y no se estresen mucho, que, como dice Frank, la calidad no está en la perfección, está en el cariño.

sábado 19 de diciembre de 2009

Il vero panettone italiano

1 reparto

Mi prima Ilaria, que venía a Lima desde Florencia para pasar el verano todos los años, se mataba de risa con la publicidad de pastas y demás italianadas que veíamos en la tele peruana de los ’80. Nosotros no hablamos así, se reía, indignada, al ver al bigotón de “Doón Vittoório” o al de Toddino, cantando “Il veéero panettoóone italiaáano”, y presentando ante la cámara lo que sin duda ella veía como una caricatura del verdadero verdadero-panetón-italiano: una esponja amarillo palillo, secona y tachonada con cáscara de sandía confitada con colorante verde y rojo. Ok, estoy usando a Toddino como chivo expiatorio, pero esto se aplica a todos los panetones de la época, y a la mayoría que se siguen haciendo hoy aquí.

En algún momento comencé a sospechar que no era que no me gustara el panetón (ok, lo podía disfrutar tostado y con toneladas de mantequilla, pero creo que hasta podría comerme una suela de zapato de vagabundo si la tostara y le pusiera toneladas de mantequilla), sino que no me gustaban esas versiones industriales de lo que en un inicio fue un postre digno de reyes. Hace un par de años hice mi primer intento de preparar un panetón casero, pero no sé si por mi falta de experiencia con la levadura o por una receta deficiente, el resultado fue un exquisito biscocho… de unos cinco centímetros de alto. Frank recibía un codazo en las costillas cada vez que lo describía como “el panetón que ha hecho Ale”. “Es un biscocho navideño italiano”, mentía aclaraba yo, un poco roja. Hace unos días decidí volver a probar suerte, ya que la levadura y yo nos hemos vuelto buenas amigas, y ya que soy necia, y ya que puedo recurrir al maravilloso y gordísimo Talismano de la Felicitá, un clásico de la cocina italiana que le pertenecía a mi abuelo. La receta en ese libro abarca dos páginas; para asegurarme de haber interiorizado todos los pasos, transcribí la receta, dividiéndola en pasos. El único cambio que hice fue sustituir los 100 g de uvas sultaninas que pedía la receta por frutas confitadas, completando los 300 g de frutas que se pedía. Pero quedó ralo para mi paladar malacostumbrado, así que la segunda vez usé 500 g de pasas y frutas en total.

Entonces, primera advertencia: el proceso es laborioso, pero sobre todo largo, largo, largo. Se debe hacer una base de levadura que implica varios pasos, cada uno separado por horas de levado.

Segunda advertencia: es preciso tomar eso en cuenta y planear el día para no terminar horneando, como me pasó a mí, a las 3:30 de la mañana.

Tercera advertencia: preparar panetón es delicioso, casi diría que adictivo. Diría que adictivo.

Listos?

Va!

1220 g harina 00 (es mucho más suave que las porquerías que solemos encontrar; recomiendo comprarla si la encuentran.) Posiblemente necesiten un poco más para el amasado final.

150 g levadura fresca

2 huevos

6 yemas

300 g azúcar

300 g mantequilla

200 g uvas sultaninas (pasas rubias), opcionalmente remojadas en licor

300 g frutas confitadas (busquen de buena calidad, por favor por favor por favor; hay en el Mercado N° 2 de Surquillo.)

2 cdtas sal

300 g agua

El primer paso es apachurrar con amor la levadura, tratar de formar con ella algo parecido a una bolita y envolverla en un paño limpio enharinado. Déjala engordar en un lugar tibio y sin corrientes de aire. La primera técnica que usé para levar fue calentar el horno, apagarlo y usarlo como cámara de levado. Pero no es la mejor. La idea es que después de dos horas la levadura haya doblado el volumen.

2 levadura y harina

3 primera mezcla 4 primera técnica Pones sobre la mesa 120 g de harina en forma de volcán, y la levadura en el cráter. Con 60 g de agua tibia, ablandas la levadura, y aquí empieza el placer. La levadura se empieza a poner fragante y ligosa y VIVA. Incorporas la harina, trabajas un poco la masa, y la vuelves a arropar en su paño enharinado. La dejas reposar 3 horas. Probé meterla en el horno calentado y apagado, con la luz del piloto prendida y un bol con agua humeante. Y no está mal, pero luego encontramos una manera mejor.

5 segunda mezcla

6 segunda mezcla con agua En la mesa, haces otro volcán con 100 g de harina, pones la mezcla de levadura y la derrites con 100 g de agua tibia. Incorporas la harina y trabajas esta pegajosísima cosa unos minutos. La receta pedía devolverla al paño enharinado pero estaba demasiado pegajosa, así que la metí en un tazón que cubrí con el paño, y la dejé levar otras dos horas más, cambiando el agua humeante del tazón a la mitad del levado. Salió inflada y ligera y ligosa, como debe ser.

Haces un último, gran volcán con la harina mezclada con la sal (siempre uso, para todo, sal marina). Pones la mezcla de levadura en el cráter.

7 doppio zero8 tercera mezcla Para el siguiente paso necesitarás dos ollitas. En una derrites con delicadeza la mantequilla, para que quede apenas tibia. En la otra bates el azúcar, las yemas, los huevos y medio vaso de agua, y calientas la mezcla apenitas.

9 ollitas10 embarre Ablanda la levadura en el cráter con la mantequilla derretida. Todo empezará a oler delicioso y sentirás un curioso bienestar. Luego, con cuidado para que el dique de harina no se derrumbe, añade de a pocos la mezcla de azúcar y huevos. Tu felicidad se expandirá y sonreirás con todos los poros; horas después te descubrirás oliéndote las manos.

11 embarre total12 amasando Una vez que hayas integrado ese dulce y luminoso líquido a la levadura, incorpora el resto de la masa y trabájala enérgicamente. Hasta que quede lustrosa y, como dice Mollie Katzen, tenga la contextura de un pallar de oreja. (WTF, en efecto.)

13 cuánta fruta14 amasando con fruta Coloca al centro las frutas confitadas, y amasa para incorporarlas. Cuaánta paása! Cuaánta frutta!

15 dos bolas Divide la masa en los pedazos que quieras; puedes hacer varios panetoncitos o dos grandes. Dales forma “usando el talón de la mano”, dice la receta. Whatever.

17 en el molde16 en el molde unoColoca las bolas en moldes (hay de lata o de papel) enmantequillados y enharinados. Si me has obedecido en absolutamente todo, durante el horneado la masa crecerá inconmensurablemente, así que tómalo en cuenta; debe quedar suficiente espacio para que la masa se triplique. Déjalas levar por 4 a 6 horas. Aquí a mi entelegente marido se le prendió, literalmente, el foco: puso un foco dentro del horno, y esa resultó ser la forma ideal de darle a la masa el famoso ambiente cálido y sin corrientes de aire que necesita para desarrollarse y ser feliz.

18 segunda técnica Para entonces eran las 11 de la noche. Como la panzota no me deja dormir bien, bajé a la cocina a las 3:30 y me encontré con que la masa estaba gigantesca, y en uno de los moldes se estaba desbordando. Así que saqué con cuidado la masa que se había rebalsado y la puse en un pirotín. Luego hice un pequeño corte en forma de cruz en cada panetón, mientras calentaba el horno. Y aquí vino el primer y único inconveniente: la receta no daba la temperatura del horno. Solo decía que debía hornearse durante una hora aprox. Pero los resultados del primer intento (se oscureció mucho la corteza y quedó un poquitín reseco) me permitieron proponer temperaturas que funcionaron perfectamente en el segundo. Para los primeros cinco minutos, en los que se necesita un golpe de calor, hornea el panetón a 200°C.

19 corte en cruz y mantequilla

Luego debes levantar las cuatro puntitas del corte en cruz, y poner un radiante trozo de mantequilla al centro. Baja la temperatura a 160°C y déjalos hornear por 45 minutos más, chequeando a cada tanto que no se oscurezca mucho. Lo ideal es clavarle un termómetro de alimentos a uno de los panetones y sacarlos del horno cuando llegue a 90°C de temperatura interna.

¿Y el veredicto? En la segunda vuelta, corrigiendo ese par de cosillas, quedó como quiero. Y sí, nuestro paladar está acostumbrado a un panetón con menos sutilezas, así que con más frutas confitadas estuvo mejor. Por lo demás, misión cumplida. Buooóon apetíiito!

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sábado 12 de diciembre de 2009

Cómo comer gusanos, tierra y robots


Los niños de verano tienen la ventaja de celebrar su cumpleaños en vacaciones, pero la desventaja de que no lo celebran en el cole. Así que este año, como hacíamos cuando estaba en el nido, Micael celebró su precumpleaños en el colegio, exactamente un mes antes de que cumpla SIETE años, este manganzón, qué se ha creído?
Me pidió una torta con bichos (además de manganzón, ocurrente el chico), así que para no hacerle una torta en forma de cucaracha o mosca, le dije que le haría una de gusanos. La inspiración vino de una encantadora receta de una de mis ídolas, Pioneer Woman, que hizo mini maceteros de 'tierra' con gusanitos de goma (y para las niñas, con flores. "And repeat after me: BOYS=WORMS. GIRLS=FLOWERS. And don’t ever forget that the rest of your life."). Mi variación consistió en un bizcocho Angel Food (que no falta nunca en mi casa, por todas las claras que me sobran de mi flamante negocito de helados artesanales), relleno y cubierto de fudge ("foch", qué rico suena), con una capa de deliciosa tierra hecha de oreos trituradas. Micael me ayudó a poner los gusanitos, que él pidió expresamente que fueran transparentes. Unas hojitas más, y listo el humus!

Así que me di cuenta de que ya viene siendo hora de que comparta la torta que le hicimos para su cumpleaños pasado, el de 6 años. El reto temático que nos puso el chiquitín esa vez fue "el espacio sideral". Su maravillosa abuela que vive en Miami se peinó todas las tiendas de disfraces buscándole un traje de astronauta, pero lo más parecido que encontró fue uno de clone trooper. Eso nos dio pie para darle el giro preciso a la fiesta: sería de Star Wars. Vimos con él todas las películas en preparación, y decidimos que la torta sería R2D2. En 3D.

El primer paso fue hacer seis (sí, seis) bizcochos de una masa que se llama red velvet, y que como verán lleva toneladas de colorante rojo. Toneladas.


Luego los apilé, intercalándolos y cubriendo toda la torre con un baño de queso crema (la receta de todo eso está aquí). Para la cabeza, usamos pedazos de bizcocho a los que Frank les dio forma y cubrió con el baño.


Luego cubrimos con masa elástica el cuerpo y la cabeza, por separado. Suena más fácil de lo que es, como pueden ver por mi masa toda arrugada y llena de huecos; cuando todo hubo pasado, me dediqué a ver miles de videítos explicando la técnica, pero para otra vez será.


("En qué momento hacen todas esas cosas?", nos preguntan siempre. Aquí va la respuesta.)


A la mañana siguiente, Frank empezó a convertir el tubo y la semiesfera en un R2D2 de verdad. Usando una foto como referencia, recortó partes robóticas de masa elástica y las tiñó con colorante. Las pegó con miel de maple al cuerpo y a la cabeza. (La inspiración salió de este blog.)
Para las patas, cortó una plancha de tecnopor y la cubrió también con masa elástica (para sostener la torta, y la ilusión, usamos un tapercito transparente). Cubrió la cabeza con colorante en polvo plateado (venden de todos los colores imaginables en el mercado de Surquillo N° 2).

Para entonces ya estábamos en la casa de mi abuela Suzanne, donde celebramos el cumple. Mientras los niños se divertían como locos,

Frank estaba como loco en la cocina.


Leslie convirtiéndose en pitufo dándose cuenta de que no es buena idea comer masa elástica bañada en colorante azul.

Hasta que finalmente R2D2 estuvo listo para el combate.


Fue, en efecto, un Feliz Día...


viernes 13 de noviembre de 2009

Helados de invierno


La felicidad es decidirte a tocar lo que siempre te habías resignado a mirar. Hoy, en el Mercado N° 1 de Surquillo, no pude resistirme y compré estas cositas maravillosas, recontra peruanas, de colores de cuento y proporciones de juguete. Son los helados de invierno, barquillitos con marshmallow que cumplen lo que prometen: no derretirse nunca y nunca enfriarte la lengua si, como sucede la mayor parte del año, no ha salido el sol. Helados a prueba de decepciones.



Vienen también en versión sándwich de wafer. Que ya no existe, pero cuando era niña era casi tan popular como el sándwich de chocolate, con galleta. Que, por supuesto, eran mucho más ricos que los de ahora; la galleta era sólida y de un chocolate oscuro, sabroso. El helado se escurría entre las tapas. Era un reto exquisito. Estos sándwiches de helado de invierno, en cambio, nunca te mancharán la ropa.


Micael no lo podía creer.


Tal vez un día de estos me decida a probar los otros helados de invierno, que siempre me han hecho guiños desde las calles del centro. Están hechos de un merengue cremoso, amarillo patito, y los sirven, como quien juega a la comidita, en los mismos barquillitos preciosos. Pero eso de comer clara cruda de un puesto ambulante va a implicar un salto de fe. Bueno, un saltito. Pero salto al fin y al cabo. ("Aquellos que miran antes de saltar, nunca saltan", era una de las cosas que tenía escritas en la pared de mi cuarto cuando andaba buscándome desesperadamente. Por algo habrá que empezar.)

lunes 9 de noviembre de 2009

Tu canción

Hay un lugar del África donde, cuando nace un niño, la tribu compone una canción especialmente para él. Su canción. Y se la cantan en cada ocasión en que se celebra a este nuevo miembro del círculo. No conozco los detalles de los rituales y celebraciones de esa tribu, pero imagino que la cantarían en su cumpleaños, si es que esa tribu africana celebra los cumpleaños. O cuando caza su primera fiera, o le hacen las primeras marcas en la piel. Mientras el niño o la niña crecen, cada vez que es por algún motivo su día le vuelven a cantar su canción: lo siguen haciendo cuando se convierte en joven, y después en adulto.

Y cuando hace algo malo (malo para él o ella, malo para los demás) en lugar de castigarlo, de separarlo del círculo estrecho de la tribu, toda la tribu se reúne alrededor de él. Y le cantan su canción. Tejen nuevamente el puente que va de su corazón a los corazones de su tribu, de su familia extendida. Le recuerdan que cuando nació compusieron un canto especial para él, o para ella, y que el amor comunitario para esa persona especial sigue vivo, esperando con los brazos abiertos a que la chispa que se ha apagado en su corazón se vuelva a encender.

Tal vez por eso fue que hace unas semanas decidí finalmente hacer una de las muchas cosas que procrastino. Desde hace un par de años había destinado un block grandote para convertirlo en el álbum de Micael, y había pegado unas cuantas fotos en las primeras páginas. Y ahí estaba, vacío, reprochándome desde su rincón. Pero hace poco decidí que no podía nacer su hermanita sin que él tenga el registro de los primeros años de su vida. El momento fue importante, también, porque este ha sido un año complicado para él. Un año intenso, agotador, en el que sus papás no hemos entendido bien sus acciones, y probablemente él no entendía su propio malestar. Así que decidí de una vez cantarle su canción. Llenar su álbum, y recordar con él cómo fue su crecimiento en mi barriga, su nacimiento, su transformación de bebé minúsculo, que cabía en una canasta, en una risa andante con rulos y ojos traviesos.









Lo único que necesité fue goma para pegar las fotos (y cuando se acabó, UHU, que también usé para el resto de la pegadera), unas cintas de seda gruesas que tenía por allí y estrellitas rojas que tenía guardadas, con las que escribí su nombre (bueno, digamos que puedes leerlo con los ojos entrecerrados – tan abierto a la interpretación como una verdadera constelación!).





Para que el álbum contara una historia, desde el embarazo hasta los dos años y pico que han entrado en sus páginas,






qué mejor ocasión para usar la pluma con puntas antiguas y la tinta a base de baquelita que me trajo Frank de un viaje a Chile.



El asunto de escribir con pluma toma tiempo (sobre todo porque la tinta demora en secar), y los manchones, inevitables para manos inexpertas, son todo un reto. He transformado más de un manchón en estrellas.



(Tal vez sea una descripción apropiada del trabajo de un escritor.)




domingo 23 de agosto de 2009

El amor es un árbol

Me ha tomado meses sentarme a escribir sobre esto. Mientras tanto, el blog se ha quedado detenido en el tiempo, suspendido en un instante que huele a especias y pino y chocolate caliente y papel de regalo.

¿Por qué? No estoy segura. Los motivos superficiales (no por eso menos contundentes) son claros: falta de tiempo, cansancio, la pena de no poder haber invitado a todos los que van a recibir este post, la revolución física y emocional de mi segundo embarazo. Pero creo que hay más detrás de todo eso. Tanto F como yo hemos trabajado en producciones de espectáculos gigantescas y ambiciosas (así fue como nos conocimos), pero nunca tan exigentes como la pequeña celebración con la que nos casamos, el 5 de abril de este año.

Fue algo que empezamos a planear desde el principio de nuestra relación, en el verano del 2006. Nuestra boda sería preindustrial; no usaríamos electricidad, sería de día, la banda sonora estaría compuesta exclusivamente de la música que nuestros amigos y familia quisieran tocar para nosotros, tendríamos una sola gran mesa y muchas flores silvestres y animales asados al aire libre y sería en la casa de mi abuelo, en Chaclacayo, en honor a un pedido que me hizo hace muchísimos años y para cerrar el círculo de una infancia feliz, convirtiéndolo, como en el truco de los linking rings, en la chispa de una futura vida en el campo.

Y lo logramos. Con mucha ayuda de los amigos, tuvimos nuestro matrimonio hecho en casa, tal como lo construimos en nuestras mentes hace más de 3 años. Y recién nos estamos recuperando. Como dice mi gran amiga Micaela Velaochaga, que se ocupó durante todos los preparativos del servicio de monitoreo prematrimonial, chequeando periódicamente el estado emocional de la novia y dando valiosa asesoría en temas prácticos, tener una boda simple es mucho más complicado.

Algo que hasta ahora me pone feliz cada vez que pienso en eso es que todas las personas involucradas tenían una relación especial con nosotros. Los partes los hicimos con un tipografista del centro, gracias a la ayuda de Patricia Oga; escribimos los nombres y los lacramos a mano. La decoración fue hecha a pulso por mi mamá, Pepita, nuestra amiga Ana María, mis hermanos Saphie, Antonio, Anaí y Gabriel, la linda Edi y mi papá, Alfio. En la mañana del gran día F y Florencio, que fue mano derecha de mi abuelo durante décadas, se treparon al centro del toldo y colgaron un gran anillo, una corona élfica, de eucalipto con cintas de colores.


Mientras los invitados eran recibidos con frutas congeladas, preparadas, como el resto de la comida, por mi primo (ya bueno, tío) Karel D'Onofrio y su novia, Daniela Vargas (hacen lasagnas a domicilio bajo el nombre de Danka, en el 99 408*3840), y frescos brebajes a cargo de nuestros amigos Hannah Scranton y David Torres, los artífices del café Arábica (que también proporcionaron sublimes cappucinos después de la comida y una torta encantadora),


en el cuarto de mi abuelo, Luis Salcedo, artista visual y estilista, y el encargado de nuestros rulos desde hace tiempo, operaba su magia sobre mí. Me sosegaba con su voz tranquila y borraba con sus brochas y colores el estrés físico y emocional de esta carrera contra el reloj.

Y de pronto, todo estaba listo. Tenía puesto el vestido, hecho por Susana Piqueras, la mujer de mi hermano Daniel; tenía en la muñeca la puñera y en la cabeza el tocado de plumas de pavorreal que hizo para mí mi madrina Ester Ventura.


Mi madre llegó radiante y me entregó las flores azules.


Los niños entraron vestidos de hobbits, concentrados y emocionados. Escuché detrás de la puerta piropos a mi futuro marido, con un atuendo espectacular hecho con talento y finura por Fernando Lavini.


Y de pronto las campanas.

La ceremonia estuvo oficiada por la venerable Jisen Oshiro, misionera del budismo zen en Lima, y por quien guardo tanto respeto como afecto, junto con el monje Sengen, Riushin y Sensho.

La sorpresa del día: la hermana de F, Sylvia, llegó de Chile directo a la ceremonia, después de una ausencia de más de diez años. Y los niños!!! Micael llevaba los anillos (de tungsteno, somos así de quisquillosos) y Julián los rosarios budistas. Y luego mi papi, habiendo entablado una lucha victoriosa con sus reparos anarquistas, me llevó del brazo.


Y así empezó una ceremonia que ha quedado marcada para siempre en mi corazón, y creo que en el de todos los que estuvimos respirando juntos ese día. A pesar de los ensayos, nada me había preparado para tal intensidad, tal pureza, para un tiempo tan delicado que temía respirar.


Arturo y Patricia Higa nos regalaron la música y la diáfana presencia de su cuñada, Erika, quien guarda la tradición del baile y la música japonesa.


Y después de los abrazos a toda la gente maravillosa que atravesó la carretera central y resolvió el siempre complicado problema de qué ponerse para un matrimonio de día en el campo,




Añadir imagen












Erika bailó para nosotros la danza del águila.

Como quien transmite un mensaje urgente de los dioses.

Y así empezó una tarde de música,


amigos,
Añadir imagenantiguos ritos de fertilidad,

(mmmm la torta de zanahoria de Hannah!)

y un final de fuego y aire.

(unas semanas después mi hermanito Julián encontró lo que él jura que es un pedazo del globo, en su casa en Chosica.)

Sobre las fotos

La mayoría de las fotos en este post (como estas dos que siguen, por supuesto) son de Musuk Nolte.

Las demás nos las enviaron amigas. Y Daniela Villalobos hizo un precioso álbum en shutterfly.

Y así empieza una nueva etapa. El blog regresa a la vida, y nosotros empezamos de nuevo, una familia de tres que pronto va a ser de cuatro, gracias a la energía de todos los que estuvieron con nosotros ese día y los que a pesar de no estar nos dieron su amor.

(Me tomó tiempo comprender que el amor recíproco es el único que sirve para construir.)

Besos para todos,

A

*

Aquí una lista de blogs y demás muy útiles para la novia do-it-yourself, léase terca, maniática y empedernidamente romántica.

Offbeat Bride
Conscious Weddings
Indiebride

domingo 28 de diciembre de 2008

Debajo del Árbol


Cuando bajé a preparar el desayuno el 24 por la mañana me encontré con una escena rarísima en la vida con un niño de cinco años ("casi seis"). Micael estaba echado sobre un pouf, contemplando el árbol de Navidad, casi sin moverse, y al parecer había estado así hacía mucho tiempo. Seguía en la misma posición cuando lo llamé para desayunar.


La casa se sentía diferente; el Efecto Navidad estaba encendido, tan tangiblemente como si alguien hubera activado un interruptor. O tal vez es simplemente lo que pasa cuando te entregas en cuerpo y alma a los preparativos navideños; eso pasó en casa gracias a la tradición luterana de Frank, con sus lonches de Adviento los cuatro domingos previos, y al entusiasmo de Micael, que cada mañana abría su bolsita de fieltro en el calendario de Adviento que cosí para él, y encontraba un chocolatito o una figurita. He nacido para esto, pensaba la noche anterior, mientras envolvía los regalos. He nacido para ser una Hausfrau.

La noche del 24 Frank y yo nos movíamos por la cocina con la diligencia de operarios de submarino, él con su mandil de leopardo y yo con el mío de piñas. El menú de la cena estaba pegado a la puerta de la refri como un mapa, para no perder el rumbo: higos con queso filadelfia y pecanas acarameladas, Stollen, Lebkuchen y ciruelas frescas en la mesa de la sala para los amigos que visitaran antes de la cena; un enrollado de cordero de nuestra deli favorita con puré de peras hecho en casa y una ensalada con tomates cherry y más pecanas acarameladas; de postre, chocolate caliente y un pudín de chocolate con leche de coco y curry, hecho con un majestuoso chocolate La Continental que nos regalaron nuestros amigos Micaela y Fernando.

A las 10 nos sacamos los mandiles, nos sentamos en el sofá, nos servimos una Erdinger y nos miramos, contentos pero algo sosegados por la sospecha de que nos ganaríamos el premio a los que más se complican la vida.

Pero algo me dice que el premio vale la pena. En la mesa éramos solo los 3, pero sabemos que nos debemos las mismas deferencias, el mismo esfuerzo, la misma cena opípara que si estuviéramos cocinando para diez invitados. La casa está abierta para todos pero ya desde el año pasado decidimos que le íbamos a decir no a la locura navideña, léase estar trasladándose por toda la ciudad para complacer a la(s) familia(s). Ya somos nosotros una familia, razonábamos. Ya vendrán más niños para acompañar a Micael en su espera decidida y feliz de la medianoche.

- Ya quiero que sean las 12 para abrir mi guitarra!
- Quién te ha dicho que es una guitarra?
- Ay pues! Claro que es una guitarra! Si tiene la fooorma...
- Cómo sabes que no es un elefantito parado así?
- Cómo va a ser un elefante!
- Tienes razón, no es un elefante, es un hombre de nieve.
- Ay! Si fuera un hombre de nieve se derretiría! Es mi guitarra! (sigue solo de air guitar)

A 10 para las 12 estábamos sentados frente al árbol, Mica celular en mano para la cuenta regresiva, yo ideando una nueva tradición: a las 12 de la noche, abrazo colectivo.

Y a abrir los regalos!


- A dormir.
- Ya no tengo sueño, mami!
- A dormir! Son las dos de la mañana. (Y quiero terminar mi chocolate caliente y meterme a la cama)
- No seas mala! Es Navidad! Mica está jugando! (F, que quiere seguir jugando con Micael y el helicóptero a control remoto que le regaló su padrino).


Han pasado cuatro días. Es domingo por la tarde y el árbol brilla. La casa está callada; F está de viaje y Micael con su papá, y estoy disfrutando del rarísimo placer de un día a mi ritmo. Una novela gruesa de Henry James cayó sobre mi pecho cuando me quedé dormida en el sofá de la sala. La levanto y sigo leyendo: la heroína se ha sentado en una banca del jardín, debajo de un árbol; lleva puesto un vestido blanco adornado con lazos negros. En unos minutos le ocurrirán dos cosas, y algo en ella lo sabe; le llevarán una carta de un pretendiente y un lord inglés le propondrá matrimonio.

Paso la página y sonrío, de esas sonrisas pequeñas que uno se permite cuando está solo. Este es un tiempo mágico. Ese paréntesis entre Navidad y Año Nuevo en el que uno se prepara para abrir su mejor regalo: un año por empezar, conspicuo y misterioso como un paquete envuelto con cintas y papel de seda debajo del árbol.


Y que así sea. Dos canciones de Navidad y mucho amor para ustedes.

(y gracias a todos los que nos enseñaron los secretos de estos días)