Una historia de parto

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Leí hace poco sobre la necesidad que tenemos las mujeres de contar cómo fueron nuestros partos, como una manera de procesar el trauma. Puede que sea por eso, pero no solamente; cuando se acercaba la fecha del nacimiento de Celeste yo leía relatos de parto como quien come pop corn en el cine, con urgencia y absorción. Cada una de esas historias, con sus particularidades y finales distintos, me ayudaba a prepararme para mi propia historia.

Pero siento que los hombres también necesitan saber de esto –para valorarnos, sí, pero también porque su presencia y su participación sólida y activa durante el parto hace toda la diferencia. Porque, finalmente, es gracias a ellos (ok, lo digo sin y con sarcasmo) que estamos en esa situación, con el cuerpo tomado por las contracciones, en la puerta de la vida y de su opuesto.

{Es una broma cruel de la naturaleza, pensé en algún momento del parto, con las caderas distendidas como alas y las horas de dolor e incertidumbre. Todo empieza con un momento de placer, con una simiente microscópica que entra en ti de la mejor manera posible, y que poco a poco crece y crece hasta que para que salga es necesario que tu cuerpo pase por una serie de transformaciones sobrehumanas. Es salvaje y extraño. El cuerpo toma semanas en volver en sí; las alas vuelven a ser caderas y vuelves a poder caminar derecha. Y la pequeña mamífera picotea los hombros de quien la tenga en brazos, hasta que le ofreces el pecho y ella pelea con el chorro de leche que la atora y desconcierta. Y después duerme, con los brazos abandonados sobre la cama, y tú la contemplas y piensas, es perfecta, y sabes que debes dormir pero no puedes dejar de mirarla, como cuando caes en amor.}

Mi parto fue un ensueño, mágico y tranquilo, envuelto en una luz azul de madrugada. Un tiempo suspendido hecho de silencio y cuidado. El enorme jazmín que crece en el patio trasero entraba por la ventana del cuarto de mi hijo. Frank me cortó una ramita y yo caminaba de un cuarto al otro aferrada a ella, inhalando la flor como si fuera una máscara de oxígeno. Recibía las contracciones sostenida por él, con abrazos y besos de pie, o apoyados sobre una gigante pelota roja, o contra la pared, con sus manos en mi vientre y en mi espalda. Leonie Lange, mi maravillosa partera, ya estaba desde la noche anterior en casa con mi amiga Hannah, y en el amanecer andaban por el cuarto con mi madre y con Vaidana, la hija de Leonie. Después de unas horas de un trabajo de parto sereno y dulce me prepararon un baño de asiento fragante, me envolvieron como un paquetito y descansé un buen rato sobre el vapor. Habían pasado algunas horas; me senté en la silla de parto y recibí las contracciones con respiraciones especiales para conducir a mi bebé hacia la salida.

Y entró el elemento de caos. Leonie ya estaba con la manta y los guantes listos para recibir a mi pequeña, y yo emocionada, pero no salió. Seguimos trabajando. Me rompió la fuente. Seguimos trabajando. Y nada. Me invadió una sensación pesadillesca de estar atrapada en un tiempo circular, de no saber cómo salir de este loop. Mi hijo estaba nervioso, y yo pensaba, esto no tenía que ser así. Se llevaron a los niños. A las 3 de la tarde, 12 horas después de que empezaran las contracciones fuertes, hubo un instante de temor por un bajón de los latidos de la bebé, y pensamos que teníamos que ir a la clínica inmediatamente. Pero era solo una posición mía que no era conveniente; los latidos volvieron a estar tan vigorosos como siempre y así se quedaron durante el resto del parto. Leonie llamó a su colega Angela Brocker, para que la acompañara en la misión de seguir trabajando en casa; Celeste estaba atracada, con el cuerpo girado. El objetivo de estas dos alemanas decididas era evitar una cesárea, e ir a la clínica (si teníamos que ir) cuando la bebé ya estuviera más abajo y fuera posible un parto natural. 

Comunión

Cada vez que recuerdo el esfuerzo de todos me conmuevo enormemente; todos estaban trabajando tan duro para ayudarme a atravesar el túnel. Hannah dándome de comer en la boca una sopa que me devolviera energías, dándome a beber agua con miel; Vaidana mirándome a los ojos, soportando que le clavara los dedos en los brazos, y diciéndome que sí podía parir; mi abuela Suzanne, rezando; Frank, mi mamá, Leonie, Vaidana, Angela y mi amiga Mati cargándome, o sosteniéndome, y soportando con todo el cuerpo, con toda su energía, la fuerza de mis contracciones. Intentamos durante varias horas no pujar, para permitir que la bebé girara la cabeza. Fue la parte más difícil; mi cuerpo tenía la clara misión de expulsar a la bebé, y yo intentaba no dejarme llevar por esa oleada violenta. Apoyada en la pelota, o en la pared, intenté echar mano de mi práctica en meditación zen, en no responder al dolor, en dejar caer cuerpo y mente. Lo logré por un instante; después volvió a ser demasiado. Durante horas, Leonie me ayudó a no pujar dejando salir la voz en notas sostenidas, y cantamos para dejarle el camino libre a Celeste. Pero mis caderas se abrían como alas y el dolor era mucho más intenso que en mi primer parto y no estaba sucediendo lo que tenía que suceder.

{He tardado un mes y medio en escribir esto. No podía escribir del dolor con el modelo enfrente, a fin de no equivocarme.}

Cuando nació mi primer hijo, que nos tuvo varias horas con incertidumbre, porque se asomaba y regresaba, mi mami en un momento dijo que si no salía en dos pujos teníamos que ir a la clínica. En ese momento la idea de salir de casa y entrar en el rollazo médico me dio patatús; pujé como nunca y sentí que la mandíbula inferior me atravesaba el cráneo y salió Micael. Pero esta vez sentía que había algo diferente. Tenía la certeza de que necesitaba ayuda. Todos me insistían que sí podía expulsarla, pero yo estaba frustrada y angustiada, viendo que el enorme esfuerzo que estábamos haciendo todos no prosperaba. Por eso, extrañamente tratándose de mí, sentí alivio cuando Angela dijo que teníamos que trasladarnos a la clínica. Eran casi las 9 de la noche.

Afuera

En los minutos que nos tomó llegar a la clínica Leonie y yo seguimos cantando en el auto. Pero una vez ahí, nada me había preparado para la brusquedad del doctor y las enfermeras; estoy acostumbrada al toque delicado y respetuoso de las parteras, y de pronto me encontré en una camilla con las piernas en alto en la sala de emergencias, y el doctor frotándome con una gasa como si fuera un pollo muerto. (Estoy muy agradecida con él por haber ido un sábado por la noche, corriendo, a atender mi parto; supongo que el trato brusco es un gaje del oficio.) Cámara rápida: me llevaron en silla de ruedas a la sala de partos, yo con terror de que fueran necesarias cuatro horas más de pujo, y pidiéndole a la enfermera que mi esposo tenía que estar conmigo. No le interesaba un rábano. “No te preocupes de tu esposo, tú ahora tienes que parir.” “Sí, pero mi esposo TIENE que estar conmigo.” Angela ya estaba esperando adentro, con mascarilla y bata verde, y sentí tal alivio de tenerla ahí, una aliada serena y diplomática. “Mi esposo tiene que estar conmigo”, le repetí, aterrada. “Sí”, me dijo, y sonrió.

Luego todo sucedió tan rápido. La vía en la mano, la sonda, la enfermera lista para chancarme la barriga. En la primera contracción escuché a mi derecha, “Lo estoy viendo, amor, dale con todo, con TODO!” Volteé y casi no reconocí a Frank a mi lado, con solo los ojos visibles, más enfocados que nunca. Miró urgente a Angela cuando vio que el doctor me estaba anestesiando para hacerme una episiotomía. “Así es aquí”, le dijo ella. Sentí el corte y en la siguiente contracción sentí lo que ya había perdido las esperanzas de sentir, a la bebé saliendo de mí como un pececito, y su llanto inmediato, delicado, vital. Rogué y rogué que me la dieran ya, pero por supuesto en la clínica no esperan que deje de latir el cordón mientras el bebé descansa sobre la piel de la mamá. Le cortaron el cordón y me la dieron, y la agarré, y vi su pelo naranja y sus brazos gorditos y de pronto todo el cansancio y la angustia desaparecieron, y mientras la limpiaban y el doctor me cosía la episiotomía empezamos a reírnos y a conversar como si estuviéramos bordando en la sala a la hora del té. “Estaba mirando arriba”, dijo el doctor. “Por eso no salía.” “Es que se llama Celeste”, respondí. “Nació mirando el cielo.” Angela contó que hay varios huacos moche que muestran a bebés naciendo mirando arriba, y coincidimos en que probablemente lo consideraban algo especial. Como mi amigo Mariano, que nació parado, literalmente, y tiene una suerte ya cómica. De todo eso hablábamos, riéndonos, mientras el doctor cosía y cosía y después tiraba de la placenta, y yo miraba la lámpara de quirófano con una sensación de irrealidad.

Por algún motivo la explicación me alivió inmensamente; significaba que no había estado desconectada de mi cuerpo, que tenía razón al sentir durante el trabajo de parto que algo no estaba como debía, que había un motivo para que las cosas no hubieran salido como habíamos planeado con tanto cuidado. Nos habíamos preparado durante meses; Leonie había venido dos meses antes, y en cada consulta semanal me daba unos brebajes especiales y un aceite fragante que yo me aplicaba todas las noches para no desgarrarme.

Pero ahí, conversando, hipnotizada por la lámpara verde-hospital, deduje que esta experiencia me ha dado conocimiento. Que ahora sé cómo son los dos mundos. He parido en casa a mi primer hijo, y no lo habría cambiado por un parto en clínica por nada del mundo; con la segunda hice un hermoso, difícil, intenso, inolvidable y larguísimo trabajo de parto en casa -con un final en la clínica, donde son más salvajes pero te sacan a la wawa sí o sí. Me hubiera encantado que Celeste nazca en el cuarto de mi hijo, rodeado de las voces delicadas y alegres de su familia, y que hubiera sentido desde el inicio la quietud y el cuidado de gente que la quiere. Pero parte de entregarse a un trabajo de parto es estar listos para lo desconocido, y aceptar que por más preparados que estemos la vida es un río extraño. Agradecí que tuviéramos la opción de la clínica para resolver esta complicación, y agradecí también no haber hecho el trabajo de parto ahí.

El alumbramiento

Es como bajar del Everest. Has llegado a la cima pensando que no la ibas a hacer y te sientes en la más alto del mundo y tu euforia parece no caber en tu corazón. Y recuerdas que la cosa no ha terminado; ahora empieza el trabajo duro del descenso. Lo mismo es en el parto; nace la wawa pero la mamá tiene que seguir trabajando. Hay que parir la placenta. La mía estaba rebelde, no quería despegarse, o al menos no en el poco tiempo que están dispuestos a esperar en la clínica. Así que al final le dieron unos jalones, y como el doctor temía que se hubiera quedado algo adentro, me rasqueteó con la cureta una y otra vez, y luego con una gasa gigante, dice mi marido, que estaba en shock por el tijeretazo y esta limpieza brutal. Hasta ahora recuerdo ese momento como una invasión, brusca y dolorosa, incomprensible.

(Lo curioso de todo esto es que el doctor fue muy amable y de mente bastante abierta, e hizo un buen trabajo, y mi bebé nació sana y rápido, y siempre le estaré agradecida. Pero hay algo extraño en esa desconexión entre, por ejemplo, el útero y la persona a la que pertenece.)

Se llevaron a Celeste en una cajita; ella lo miraba todo con sus ojos redondos azules, y escuché los gritos de alegría de toda la familia, que estaba esperando fuera de la sala de partos. Y los vi en el pasillo de la clínica mientras me rodaban en la camilla, y sentí tanto amor por cada uno de ellos. Mi mamá, con los ojos brillantes; mi papá, sonriendo, tomando fotos; mi abuela Suzanne, diciendo, tu hija es una belleza; Mati, fuerte y serena y colmada de cariño; Hannah, que se quedó hasta el final como una heroína; Leonie, envuelta en mi pareo rosa, y las dos pensando que debería haber sido ella quien tocara por primera vez a mi pequeña. Dormí con Celeste y al mediodía siguiente ya estábamos saliendo. Las enfermeras sonreían y decían, “Se va la chica rubia!”

* * *

Mis primas tenían un chiste recurrente cuando éramos niñas y mis hermanos eran los únicos de la familia que habían nacido en casa:

“-Y tú, dónde naciste? –En el hogar de mi madre. –En el Hogar de la Madre? –No, en el hogar de mi madre.” En este caso fue al revés. Quien quiere Celeste…

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cachorros

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con papi

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12 comentarios:

Anónimo dijo...

He leido fascinada y con mucha admiracion por ti y por todas las madres. El proceso, como lo cuentas, es una celebracion a la vida misma!
Muchas felicidades a ti, a Celeste, a Micael y a todos los participes en el nacimiento de tus hijos.
xxxxLucia

karine dijo...

Besos enormes para una madre sabia y valiente.

karine dijo...

besos enormes para una madre sabia y valiente.

DORAda dijo...

¡qué linda! Felicitaciones!!

Maria Luisa dijo...

Gracias Ale por compartirlo. Me consta que Celeste y tu estuvieron en las mejores manos del mundo y me alegro mucho por eso. Felicitaciones a los papás y a la maravillosa partera.
Lui

tilsa dijo...

tan consciente de tu cuerpo
de su cuerpo en tu cuerpo
tu relato es como el cordón que sigue latiendo,
tequiero y admiro mucho ale

mary dijo...

Querida Ale,
acabo de leer tu relato sobre tu parto,
aqui me tienes, sentada frente de todas estas palabras tan francas, tan acertadas y dulces a la vez, los ojos llenos de lagrimas.....
te quiero mucho y ha sido un honor haberte acompañado durante el embarazo y este parto tan intenso, bonito y especial tambien para mi.
cuidate y a tu enorme y amorosa familia.
Leonie

katerina dijo...

Ale!
kè conmovedora y luminosa historia.
Kè intensidad y fortaleza.
Un fuerte abrazo para tutti!
xxx,
Katerina

S.I.L.V.I.A dijo...

preciosa y maravillosa, asi es tu narración querida Ale, reflejando tambien lo precioso-maravilloso del dar a luz, tb se me aguaron los ojos y te agradezco mucho (como muchos) por compartir algo tan especial, besos

Anónimo dijo...

Una bella historia, Ale. Abrazos para todos,
J

Alessandra dijo...

Lucía, gracias por la felicidad que nos deseas! Y por tus amorosas palabras... Sí, este ha sido un nuevo nacimiento para todos nosotros. Un abrazo.

Karine, besos enormes para ti, y gracias enormes también por todo lo que nos enseñaste a Frank y a mí. Nos sirvió un montón, como puedes ver!

Gracias DORAda!

Lui, estuviste presente con la música que trajiste. Gracias por eso y porque es gracias a ti que emprendí esta aventura con Leonie y estuve, como bien dices, en las mejores manos. Un abrazo para ti.

Tilsa
Uf
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Leonie (a.k.a. "Mary" :-) )
Mis ojos también se humedecieron al leer lo que pones aquí... El honor ha sido TODO mío. Te quiero muchísimo. Yo y toda mi familia.
Un abrazo fuerte fuerte,
A

Gracias enormes Katerinchen, y Silvia, y Julio (al menos creo que eres Julio, no Jonás ni Jorge ni Job ni Jiliberto)... Besotes y me alegra tanto que me hayan leído y compartido mi alegría! Los quiere mucho,
A

Marian dijo...

Qué valiente has sido de dar a luz sin epidural...Yo pensé que podría hacerlo hasta que las contracciones más fuertes me hicieron reconsiderar mi primera consideración...Qué maravilla darle la oportunidad a estas personitas que salgan al mundo rodeadas de música, luz suave y tanto amor...Y a la vez qué sano ser lo suficientemente flexible para buscar otro tipo de ayuda al ver la necesidad.
Gracias por compartir tu experiencia. He sufrido un poquito, pero he disfrutado leyéndola.