Pavlova - Navidad desde las antípodas
Texto y receta: Alessandra Pinasco
Fotos: Frank Cebreros
Marzipanstollen

Como cuando llegas a un lugar por primera vez y sientes que de ahí vienes, que has vuelto a tu hogar, aunque nunca antes hayas puesto un pie ahí. Eso sentí la primera vez que probé el stollen, un pan dulce navideño alemán: que en mi corazón alguien acababa de encender una chimenea con leños del árbol de mi infancia. Ha pasado más de una década y sigo sorprendida de haber sentido nostalgia de algo que nunca había conocido. Les he contado que fue en las semanas antes de Navidad que mi esposo llegó a mi vida para quedarse, y que llegó cargado de los tesoros de su Navidad alemana, que tiene todavía visibles sus raíces paganas y las medievales, con sus siemprevivas y sus dulces que duran largo tiempo y sus velas. Cuando Frank me dio una rodaja de stollen -preparado cada año por la mamá de una amiga suya- la miga densa y especiada, la cobertura de un blanco dorado y opaco, los frutos secos, me hicieron entender que ese era mi lugar en el mundo. A su lado.

Con el tiempo, y a medida que crecía mi confianza, empecé a pensar que tal vez yo también podría hacer stollen. Me tomó años, en los que probé innumerables recetas y ensayé innumerables iteraciones hasta desarrollar mi propia receta. La raíz está en una receta del libro Sugar Baby, de Gesine Bullock Prado (sí, la hermana de Sandra; tienen madre alemana), pero la he modificado incansablemente hasta obtener mi versión ideal del stollen: un pan compacto, cargado de sabor, texturas y de aroma. Lleva corazón de mazapán, al estilo de Odense, y como vivo en un valle, lejos de tiendas y supermercados, esta vez tuve también que preparar mi propia azúcar impalpable. Este es un stollen hecho desde cero, y me ha encantado prepararlo para ustedes porque esa tarde toda la casa olió a especias y a masa dulce, y tuvimos un lonche navideño a media semana, que es algo así como meter la mano en el bolsillo de un pantalón que está del revés antes de ponerlo en la lavadora y encontrar un billete doblado en cuatro.

Esta receta, advierto, es para cocineros de espíritu atlético. Toma tiempo hacer el mazapán, picar los frutos secos, amasar, rellenar, formar, hornear, montar. Por esto, sugiero separar un día entero, para poder disfrutar el proceso: tener el tiempo de oler las pasas remojadas en pisco, el aroma de la nuez moscada mientras la rallas, el asombroso olor de la cáscara de limón. (El mazapán, por cierto, se debe hacer el día anterior.) Este es uno de esos postres que son una experiencia tanto para el cocinero como para el comensal. Hacer stollen es laborioso, como todo lo que verdaderamente vale. Con Frank tenemos ya once años de felicidad doméstica -jamás domesticada, y lejos de ser perfecta, porque ni la vida ni mucho menos el amor lo son- y aunque ya he aceptado que sí, que esto es posible, y que sí, este es mi lugar, siempre estaré asombrada de mi fortuna de conocer a quien guardaba el mapa a mi lugar de origen, ese al que nunca había ido. "Podría jurar que conocía tu amor antes de saber tu nombre", canta Lucinda Williams. "No estaríamos aquí si yo hubiera tomado una decisión diferente en una fracción de segundo", me dijo Frank la otra noche, después de ver una película sobre viajes en el tiempo y sobre cuán esquivo puede ser el amor. Y yo entendí ese "aquí" como todo: nuestra casa en el Valle, nuestros dos hijos durmiendo plácidos en sus camitas, mi hijo mayor que lleva tanto de él, nuestras vidas en el mundo de la música y la cocina, nuestras noches abrazados en el sofá, yo quedándome invariablemente dormida en las partes claves de la película y preguntándole ininteligiblemente qué pasó. El olor a especias en el aire.
Comparto esta receta que es tan especial para mí como una manera de agradecerles y de agradecer al universo por la felicidad que he sentido estos últimos días, desde la publicación de La Marmita Encantada, por la increíble bienvenida al mundo que le han dado. Gracias por acudir siempre a mi mesa.
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| Calienta solo hasta que la mezcla esté tibia. |
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| Cuando la mezcla se ha formado en grumos, ya está lista; cuando la amases quedará homogénea. |
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| Como esto. |
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| Forma un rollo con el mazapán; si se separa, presiónalo con las manos. Envuélvelo bien y deja que repose. |
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| Amasa hasta que la masa esté lustrosa y resiliente. |
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| Añade los tesoros que le darán un aroma primigenio. |
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| Vuelve a amasar, añadiendo la harina necesaria. |
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| Divide la masa, estírala en rectángulos y divide el mazapán. Es posible que te sobre un poco. |
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| Forma rollitos más delgados con el mazapán. No deben llegar hasta el borde de la masa. |
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| Arropa el mazapán como si fuera un bebé en una mantita. |
Paté de Higaditos
Esto no es evidentemente navideño. Pero por algo me ha provocado prepararlo, y prepararlo para ustedes. Los días antes de Navidad son algo paradójicos; por un lado son un momento de parar el ritmo frenético, para concentrarnos en dar y en compartir. Por otro lado, dar y compartir y, para los que vivimos de producir pequeñas cosas, aprovechar esa extraña vorágine llamada la Campaña Navideña, que bien podría ser el nombre de un temible, irresistible monstruo, genera el ritmo más frenético del año.
Recuento de Navidad

Feliz Navidad – El Rotkohl de Frank
Esta edición extra-ordinaria de Hecho en Casa tiene un invitado especial; la receta está a cargo de Frank, que prepara esta col roja todas las cenas navideñas. En su casa paterna era el encargado desde los 19. Es su propia receta, basada en la receta tradicional alemana, pero le ha añadido algunos pasos que se usan para el chucrut. Es exquisita. Y eso es algo que nunca pensé que diría sobre una col. Aquí se los paso:
Una col roja. Que pese como un kilo y medio. 800 gr de manzanas verdes peladas y descorazonadas. Una cebolla roja. Clavada con clavos de olor. Grasa de pato. Unas cinco lonjas de tocino. Vinagre de manzana. Vino tinto. Barato. Comino entero. Azúcar rubia. Pimienta y sal.
Dorar las manzanas cortadas en cubos y el tocino en la grasa de pato. En una olla que tenga tapa, no en una sartén.
Una vez que esté dorado, poner la cebolla en la olla y echar la col encima. Se puede llenar la olla hasta arriba arriba porque la col se va a reducir cuando se empiece a cocinar. Echarle 1/4 de taza de agua, 3/4 de taza de vino tinto y como 1/4 de taza de vinagre.
Ya. Cocer tapado durante como 40 minutos a fuego bajo.
Ya. Después aderezar con un puñado de comino entero, unas 3 cucharaditas de sal, bastante pimienta recién molida de preferencia y 1/4 de taza de azúcar rubia. Revolver y dejar cocer como media hora más, destapado. Ya. Después de media hora probar y ajustar sal y azúcar. Probablemente una cucharadita de sal más y unas 3 o 4 cucharadas de azúcar rubia más. Tiene que quedar medio dulzón, con un sabor fuerte a comino y pimienta. Si es que ya se ha evaporado mucho el líquido, reponer con 1/4 de taza de vino y 1/4 de taza de vinagre. Dejar reducir una media hora más, y listo.
Sobre la olla, que Frank heredó de su mamá alemana: es un schmortopf, que en humano quiere decir literalmente ‘olla para estofar’, pero en el sentido más de sellar que de convertirlo todo en un menjunje. Es más, se puede usar para dorar. Es de hierro delgado enlosado. La tapa tiene un borde especial que sella la olla con el vapor, y la forma de la tapa hace que los jugos se condensen en la tapa y vuelvan a caer sobre la comida.
Y esto es todo por hoy. Nos vamos a terminar de envolver regalos, a hacer la consabida gira navideña, y a comer rico en familia. Que la pasen muy bien hoy, y no se estresen mucho, que, como dice Frank, la calidad no está en la perfección, está en el cariño.
Debajo del Árbol
Cuando bajé a preparar el desayuno el 24 por la mañana me encontré con una escena rarísima en la vida con un niño de cinco años ("casi seis"). Micael estaba echado sobre un pouf, contemplando el árbol de Navidad, casi sin moverse, y al parecer había estado así hacía mucho tiempo. Seguía en la misma posición cuando lo llamé para desayunar.
La casa se sentía diferente; el Efecto Navidad estaba encendido, tan tangiblemente como si alguien hubera activado un interruptor. O tal vez es simplemente lo que pasa cuando te entregas en cuerpo y alma a los preparativos navideños; eso pasó en casa gracias a la tradición luterana de Frank, con sus lonches de Adviento los cuatro domingos previos, y al entusiasmo de Micael, que cada mañana abría su bolsita de fieltro en el calendario de Adviento que cosí para él, y encontraba un chocolatito o una figurita. He nacido para esto, pensaba la noche anterior, mientras envolvía los regalos. He nacido para ser una Hausfrau.
Pero algo me dice que el premio vale la pena. En la mesa éramos solo los 3, pero sabemos que nos debemos las mismas deferencias, el mismo esfuerzo, la misma cena opípara que si estuviéramos cocinando para diez invitados. La casa está abierta para todos pero ya desde el año pasado decidimos que le íbamos a decir no a la locura navideña, léase estar trasladándose por toda la ciudad para complacer a la(s) familia(s). Ya somos nosotros una familia, razonábamos. Ya vendrán más niños para acompañar a Micael en su espera decidida y feliz de la medianoche.
- Ya quiero que sean las 12 para abrir mi guitarra!
- Quién te ha dicho que es una guitarra?
- Ay pues! Claro que es una guitarra! Si tiene la fooorma...
- Cómo sabes que no es un elefantito parado así?
- Cómo va a ser un elefante!
- Tienes razón, no es un elefante, es un hombre de nieve.
- Ay! Si fuera un hombre de nieve se derretiría! Es mi guitarra! (sigue solo de air guitar)
A 10 para las 12 estábamos sentados frente al árbol, Mica celular en mano para la cuenta regresiva, yo ideando una nueva tradición: a las 12 de la noche, abrazo colectivo.
- A dormir.
- Ya no tengo sueño, mami!
- A dormir! Son las dos de la mañana. (Y quiero terminar mi chocolate caliente y meterme a la cama)
- No seas mala! Es Navidad! Mica está jugando! (F, que quiere seguir jugando con Micael y el helicóptero a control remoto que le regaló su padrino).
Han pasado cuatro días. Es domingo por la tarde y el árbol brilla. La casa está callada; F está de viaje y Micael con su papá, y estoy disfrutando del rarísimo placer de un día a mi ritmo. Una novela gruesa de Henry James cayó sobre mi pecho cuando me quedé dormida en el sofá de la sala. La levanto y sigo leyendo: la heroína se ha sentado en una banca del jardín, debajo de un árbol; lleva puesto un vestido blanco adornado con lazos negros. En unos minutos le ocurrirán dos cosas, y algo en ella lo sabe; le llevarán una carta de un pretendiente y un lord inglés le propondrá matrimonio.
Paso la página y sonrío, de esas sonrisas pequeñas que uno se permite cuando está solo. Este es un tiempo mágico. Ese paréntesis entre Navidad y Año Nuevo en el que uno se prepara para abrir su mejor regalo: un año por empezar, conspicuo y misterioso como un paquete envuelto con cintas y papel de seda debajo del árbol.
Y que así sea. Dos canciones de Navidad y mucho amor para ustedes.
(y gracias a todos los que nos enseñaron los secretos de estos días)




























