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Pavlova - Navidad desde las antípodas



Escribí este texto hace un año, como parte de las actividades de promoción de mi libro de cocina, La Marmita Encantada. La revista que pidió el material publicó un par de fotos, pero no el texto ni la receta. Por esto, y porque las cosas buenas no deben quedarse encerradas, comparto con ustedes esta receta, como regalo navideño. El proceso fue divertido, ya que Frank y yo convertimos el comedor en una Navidad anticipada. Gracias por acompañarme siempre, y que estos días sean tranquilos y placenteros . Feliz Navidad.


La Pavlova es uno de los postres australianos por antonomasia, aunque se pelea su autoría con Nueva Zelanda. Ambos países lo consideran un postre nacional; ambos dicen que en un tour por su país, la formidable Anna Pavlova fue homenajeada con esta delicia creada en su honor. Una ardua investigación realizada por un neozelandés y una australiana demostró que la Pavlova no es ni lo uno ni lo otro. Este postre tiene raíces alemanas, ibéricas (los Habsburgo eran fanáticos de todo lo español), inglesas y estadounidenses, con cientos de recetas que giran alrededor del merengue, la crema y la fruta antes del apogeo de la ballerina rusa. Como suele suceder, fueron los inventos y el comercio los que popularizaron este postre. El batidor Dover a manivela, creado a finales del siglo XIX, hizo que batir claras a punto de nieve dejara de ser una tortura, lo cual permitió que proliferaran los postres con merengue. Y el componente que le da al merengue de la Pavlova su corazón amelcochado, la maicena, llegó a las antípodas en los 1890 en cajas de Duryea que llevaban una receta de este estilo. Pero, indiferentemente de su origen, los australianos (y los neozelandeses) se han convertido en custodios de la Pavlova.

Este es un postre ideal para la Navidad porque no es laborioso; porque es ligero, el final perfecto para una cena contundente; porque el juego de texturas es sublime; porque la combinación de rojo sobre blanco es pura Navidad. Pero sobre todo porque su historia demuestra que no existen las fronteras cuando se trata de la buena mesa, y que la identidad se basa menos en el origen que en lo que llevamos muy cerca del corazón.




Pavlova



Para 10 comensales

Ingredientes

Para el merengue:
4 claras de huevos de corral (aprox. 130 g)
230 g azúcar (1 tz. + 2 cdas.)
2 cdtas. maicena
1 cdta. vinagre blanco
1/8 cdta. extracto de vainilla puro
1 pizca de sal

Para la chantilly:
2 tz. crema de leche
½ cdta. extracto de vainilla puro

Para el montaje:
2 tz. fresas
50 g (1/4 tz.) azúcar rubia
2 cdtas. extracto de vainilla puro
½ tz. frambuesas
½ tz. cerezas o capulí


Preparación

Precalienta el horno (solo con el calor de abajo) a 175ºC.
Corta un pedazo de papel manteca que quepa en una lata para hornear. Con un lápiz, marca sobre el papel la circunferencia de un molde de torta de unos 20 cm de diámetro.
Vierte las claras con una pizca de sal en el tazón de una batidora eléctrica. Con el adminículo de globo, bate lentamente, y luego a velocidad media, hasta que todas las claras estén uniformemente espumosas. Sube la velocidad al máximo y añade el azúcar a cucharadas. Sigue batiendo hasta que el merengue esté lustroso y firme. Espolvorea la maicena. Añade el vinagre blanco y el extracto de vainilla. Integra delicadamente usando una espátula.
Pon un poquito de merengue en cada punta del papel manteca, en el lado en el que dibujaste el círculo. Voltéalo boca abajo sobre la lata para que quede pegado. Vierte todo el merengue dentro del círculo. Con una cuchara o una espátula offset extiende el merengue sin salir del círculo, y forma una cavidad en el centro.
Lleva al horno. Inmediatamente baja la temperatura a 150ºC. Hornea durante 1 hora y 15 minutos. Apaga el horno y deja el merengue adentro, con la puerta cerrada, hasta que el horno esté completamente frío.

Mientras el merengue se enfría, deshoja las fresas y córtalas por la mitad. Ponlas en un tazón con el azúcar y el extracto de vainilla, cubre y deja reposar entre 30 minutos y 2 horas. Coloca en el congelador un tazón de acero y un batidor de mano. Ten la crema de leche en el refrigerador.
Al momento de servir, retira el papel manteca del merengue y colócalo en un plato grande. Vierte la crema de leche en el tazón congelado, añade el extracto de vainilla y bate a mano unos minutos, hasta obtener una crema chantilly con cuerpo pero relajada (no batas demasiado ya que se puede convertir en mantequilla). Coloca toda la chantilly en la cavidad del merengue y acomódala con el dorso de una cuchara. Coloca encima parte de las fresas, sin su líquido. Lleva el resto de fresas a la mesa para servir sobre cada porción. Puedes también llevar el líquido en una jarrita. Sobre las fresas pon las frambuesas (congeladas quedan deliciosas) y, si tienes, cerezas o capulí (advierte a tus comensales que todavía llevan pepas). Sirve inmediatamente, coronando cada porción con más fresas y, para quien quiera, un chorro del líquido.






Texto y receta: Alessandra Pinasco
Fotos: Frank Cebreros

Marzipanstollen



Como cuando llegas a un lugar por primera vez y sientes que de ahí vienes, que has vuelto a tu hogar, aunque nunca antes hayas puesto un pie ahí. Eso sentí la primera vez que probé el stollen, un pan dulce navideño alemán: que en mi corazón alguien acababa de encender una chimenea con leños del árbol de mi infancia. Ha pasado más de una década y sigo sorprendida de haber sentido nostalgia de algo que nunca había conocido. Les he contado que fue en las semanas antes de Navidad que mi esposo llegó a mi vida para quedarse, y que llegó cargado de los tesoros de su Navidad alemana, que tiene todavía visibles sus raíces paganas y las medievales, con sus siemprevivas y sus dulces que duran largo tiempo y sus velas. Cuando Frank me dio una rodaja de stollen -preparado cada año por la mamá de una amiga suya- la miga densa y especiada, la cobertura de un blanco dorado y opaco, los frutos secos, me hicieron entender que ese era mi lugar en el mundo. A su lado.



Con el tiempo, y a medida que crecía mi confianza, empecé a pensar que tal vez yo también podría hacer stollen. Me tomó años, en los que probé innumerables recetas y ensayé innumerables iteraciones hasta desarrollar mi propia receta. La raíz está en una receta del libro Sugar Baby, de Gesine Bullock Prado (sí, la hermana de Sandra; tienen madre alemana), pero la he modificado incansablemente hasta obtener mi versión ideal del stollen: un pan compacto, cargado de sabor, texturas y de aroma. Lleva corazón de mazapán, al estilo de Odense, y como vivo en un valle, lejos de tiendas y supermercados, esta vez tuve también que preparar mi propia azúcar impalpable. Este es un stollen hecho desde cero, y me ha encantado prepararlo para ustedes porque esa tarde toda la casa olió a especias y a masa dulce, y tuvimos un lonche navideño a media semana, que es algo así como meter la mano en el bolsillo de un pantalón que está del revés antes de ponerlo en la lavadora y encontrar un billete doblado en cuatro.



Esta receta, advierto, es para cocineros de espíritu atlético. Toma tiempo hacer el mazapán, picar los frutos secos, amasar, rellenar, formar, hornear, montar. Por esto, sugiero separar un día entero, para poder disfrutar el proceso: tener el tiempo de oler las pasas remojadas en pisco, el aroma de la nuez moscada mientras la rallas, el asombroso olor de la cáscara de limón. (El mazapán, por cierto, se debe hacer el día anterior.) Este es uno de esos postres que son una experiencia tanto para el cocinero como para el comensal. Hacer stollen es laborioso, como todo lo que verdaderamente vale. Con Frank tenemos ya once años de felicidad doméstica -jamás domesticada, y lejos de ser perfecta, porque ni la vida ni mucho menos el amor lo son- y aunque ya he aceptado que sí, que esto es posible, y que sí, este es mi lugar, siempre estaré asombrada de mi fortuna de conocer a quien guardaba el mapa a mi lugar de origen, ese al que nunca había ido. "Podría jurar que conocía tu amor antes de saber tu nombre", canta Lucinda Williams. "No estaríamos aquí si yo hubiera tomado una decisión diferente en una fracción de segundo", me dijo Frank la otra noche, después de ver una película sobre viajes en el tiempo y sobre cuán esquivo puede ser el amor. Y yo entendí ese "aquí" como todo: nuestra casa en el Valle, nuestros dos hijos durmiendo plácidos en sus camitas, mi hijo mayor que lleva tanto de él, nuestras vidas en el mundo de la música y la cocina, nuestras noches abrazados en el sofá, yo quedándome invariablemente dormida en las partes claves de la película y preguntándole ininteligiblemente qué pasó. El olor a especias en el aire.



Comparto esta receta que es tan especial para mí como una manera de agradecerles y de agradecer al universo por la felicidad que he sentido estos últimos días, desde la publicación de La Marmita Encantada, por la increíble bienvenida al mundo que le han dado. Gracias por acudir siempre a mi mesa.




Marzipanstollen

Rinde 3 stollen

El día anterior, prepara el mazapán y reposa las pasas.

Si quieres hacer tu propia azúcar impalpable, licúa una taza de azúcar con 1/2 cdta. de maicena, licuando el tiempo necesario hasta que se sienta muy fina entre tus dedos. Espera a que la nube de azúcar baje antes de abrir la tapa de la licuadora.

Mazapán:
2 tazas de almendras peladas
1 1/4 taza de azúcar impalpable (y adicional para amasar)
2 o 3 cdas. de agua de rosas (o de infusión de piel de naranja)

Licúa las almendras (preferiblemente en dos partes). Colócalas en una sartén de fondo grueso, junto con el azúcar impalpable. Remueve y añade el agua de rosas o la infusión de cáscara de naranja. Entibia a fuego bajo, removiendo con una cuchara de madera. Apenas esté tibio, vierte en una mesa de trabajo y amasa, espolvoreando más azúcar impalpable si es necesario. Forma un cilindro, envuélvelo en papel manteca y déjalo reposar una noche, a temperatura ambiente.

1 taza de pasas rubias picadas
1/4 de taza de ron o pisco

Reposa las pasas en el licor durante una noche.


Esponja:
2 cdas. (25 g) de levadura fresca
1/2 taza de leche fresca tibia
1 cda. de azúcar rubia
50 g de harina sin preparar

Disuelve la levadura en la leche. Añade el azúcar y mezcla. Rocía la harina, incorpora. Deja reposar 30 minutos.

Masa:
1 huevo
1/2 taza de leche fresca tibia
3 tazas (360 g) de harina sin preparar
120 g de mantequilla con sal en cubos, a temperatura ambiente
50 g de azúcar rubia
1 limón Tahití o 2 limones Pica
50 g de almendras tostadas, en rodajas
1 cdta. de canela
1/2 cdta. de nuez moscada
1/2 cdta. de semillas de cardamomo, tostadas y picadas
2 1/2 cdas. de limón confitado, picado


Montaje:
Mazapán
80 g de mantequilla
1/2 a 1 tz. de azúcar impalpable

Precalienta el horno a 180ºC.
Mezcla el huevo con la leche tibia.
Pon el harina sobre la mesa, formando un volcán. En el centro pon la esponja (la mezcla de levadura). Alrededor coloca la mantequilla en cubos, el azúcar y la mezcla de huevo y leche. Integra, usando primero las puntas de los dedos. Amasa sobre una superficie ligeramente enharinada, y añade harina de a pocos si es necesario. Una vez que la masa esté lisa y regrese cuando se presiona ligeramente con el dedo, estírala con las manos. Espolvorea sobre la masa las pasas, las almendras, el limón confitado, las especias y la ralladura de limón. Envuelve la masa sobre los ingredientes y amasa nuevamente, sobre la superficie enharinada, para incorporar todo. Separa la masa en tres partes iguales y estíralas formando tres cuadrados de dos centímetros de espesor. Al centro de cada cuadrado coloca un cilindro de mazapán de unos 3 centímetros de diámetro, y que sea 2 centímetros más corto que los extremos del cuadrado. Dobla el lado derecho sobre el mazapán y luego el lado izquierdo, asegurándose que traslapen bien, de modo que parezca un bebé envuelto en una mantita. Deja levar 15 minutos; no más, ya que no queremos una masa inflada y ligera.
(Si te ha sobrado mazapán, envuélvelo bien en papel manteca y film y refrigéralo.)

Hornea los stollen entre 30 y 40 minutos. Cuando estén dorados, retíralos del horno e inmediatamente frótalos con mantequilla. Rocía azúcar impalpable sobre la mantequilla derretida y presiona delicadamente con los dedos para que formen una pastita. Deja enfriar completamente antes de servir. Sirve cortado en rodajas.

El stollen envuelto en film se conserva muy bien durante varios días, y con el tiempo se acentúa su sabor.


Calienta solo hasta que la mezcla esté tibia.

Cuando la mezcla se ha formado en grumos, ya está lista; cuando la amases quedará homogénea.


Como esto.

Forma un rollo con el mazapán; si se separa, presiónalo con las manos. Envuélvelo bien y deja que repose. 

Amasa hasta que la masa esté lustrosa y resiliente.

Añade los tesoros que le darán un aroma primigenio. 

Vuelve a amasar, añadiendo la harina necesaria.

Divide la masa, estírala en rectángulos y divide el mazapán. Es posible que te sobre un poco.

Forma rollitos más delgados con el mazapán. No deben llegar hasta el borde de la masa.

Arropa el mazapán como si fuera un bebé en una mantita.


Paté de Higaditos



Esto no es evidentemente navideño. Pero por algo me ha provocado prepararlo, y prepararlo para ustedes. Los días antes de Navidad son algo paradójicos; por un lado son un momento de parar el ritmo frenético, para concentrarnos en dar y en compartir. Por otro lado, dar y compartir y, para los que vivimos de producir pequeñas cosas, aprovechar esa extraña vorágine llamada la Campaña Navideña, que bien podría ser el nombre de un temible, irresistible monstruo, genera el ritmo más frenético del año.
Por eso tener algo listo para comer cuando llegamos a casa con ganas de acurrucarnos en el sofá para ver varios capítulos de nuestra serie favorita es invalorable. Sobre todo si es algo listo y chic. Así sentimos el gusto de un día de trabajo bien hecho, alegría epicúrea y confort espiritual. Es decir, es bien distinto pedir una pizza que cortar unas rodajas de baguette y untarlas con paté hecho en casa.
Pero no solo eso me impulsó hoy, 16 de diciembre, a preparar un paté. Tenía ganas de sentir en casa el olor del hígado cocinándose en cebollas, ajos, hierbas y licor, de distribuirlo con cuidado en ramequines celestes, de cortar ramitas de tomillo de mi jardín para sazonarlo y adornarlo. Ha sido parte del exquisito, arduo proceso de preparar mi casa y mi espíritu para la cena navideña en la que todos los años recibimos en casa a la gente muy especial que viene a nuestra cabañita en la punta del cerro, sea desde el centro de Cusco, sea desde ciudades lejanas.
El tercer motivo es que un ramequín lleno de paté hecho por ti puede ser un bello regalo navideño, o algo perfecto para llevar a una cena navideña o prenavideña. Casero y fino, la combinación perfecta.


No se sientan intimidados por la idea de preparar un paté. El nombre será francés, pero significa simplemente empastado, hecho pasta. (En francés hasta 'mosca' suena elegante. 'Mouche'. Así que no lo piensen dos veces.) Y, como muchas delicias francesas que suenan a imposiblemente sofisticado, es todo lo contrario; es al mismo tiempo muy rústico y muy sencillo. Yo tengo una cocina diminuta y no tengo procesador, sino solo licuadora, y lo preparo un par de veces al mes, sin ninguna angustia. Aprender a cocinar es algo que sucede mientras más tiempo estemos frente al fuego. Como dominar, o, mejor dicho, aprender a relacionarse con un instrumento musical. Es cuestión de práctica, práctica, práctica. Y cada plato nuevo te da herramientas para tu repertorio, te da información para que luego puedas mandarte a hacer otra cosa que nunca has hecho antes. Adquirir más poderes mientras más avanzas es como estar en un videojuego perpetuo. Es gratificante. Es emocionante.

Hoy vino nuestro vecino precisamente durante la parte más fragante de la preparación, cuando estaba todo en la sartén. Cada vez que entro por esta puerta siento que estoy en Francia, dijo. Le conté que eso era por diseño; cuando decidimos mudarnos a esta casita, linda pero chiquita, pensé en cómo resolverían el uso del espacio sus habitantes si esta casita estuviera en alguna campiña francesa. Todo lo diseñamos y decoramos con eso en mente. Antes muerta que sencilla, siempre dice mi mami. Lo que se hereda no se hurta, digo yo. El espacio es pequeño y mi vida es todo menos jetset, pero he decidido atesorar mi espacio y mis días, convertirlos en algo precioso, es decir, algo preciado. Por eso, con ustedes, aquí vienen instrucciones para preparar un paté en casa. Para transformar su vida en su historia.

Paté de Hígado de Pollo
con hierbas y licor

7 cucharadas (105 gramos) de mantequilla con sal
250 gramos de hígados de pollo, limpios
2 cebollas pequeñitas, 1 cebolla mediana o media grande, en rodajas
3 dientes de ajo, pelados y ligeramente chancados
3 o 4 hojas de laurel
3 ramitas de tomillo fresco
Un par de generosas de licor delicioso. O cognac, o pisco, licor de naranja, o de frambuesa...
Pimienta negra en un molino
Sal (probablemente no sea neesaria)

½ taza de mantequilla para clarificar
Hojitas frescas de perejil o flores de tomillo para decorar


En una buena sartén a fuego medio-alto derrite dos cucharadas de mantequilla (el resto lo usarás en breve). Añade las cebollas, el ajo, el laurel y el tomillo. 


Cuando la cebolla esté suave pero transparente, añade el hígado y un par de buenos chorros de licor. (Usé esta vez el licor de frambuesas que preparo cada año en temporada de lluvias, cuando me traen enormes frambuesas de Huasao, el pueblo de los brujos, al sur de Cusco, y en otras ocasiones he usado mi licor de naranjas, aunque puedes perfectamente usar simplemente pisco).


Aquí tienes que prestar bastante atención a lo que está sucediendo en tu sartén. La idea es que los higaditos se cocinen solo hasta cierto punto. Por fuera deben quedar marrones, por dentro rosados, pero no necesariamente sangrantes. Es preciso girarlos después de unos minutos, cocinarlos del otro lado. Puedes cortarlos un poquito con un cuchillo para espiar si por dentro ya están ligeramente cocidos y rosados. Tu nariz es otra buena guía. Hay un momento (lo descubrirás con el tiempo) que huele a perfecto. Retira la sartén del fuego. Deja reposar todo en la sartén unos minutos. Cuando haya entibiado un poco, los higaditos van a haber chupado los sublimes jugos en los que se han cocido.


Pasa todo a una licuadora y añade las cinco cucharadas restantes de mantequilla. Licúa. Será necesario que varias veces apagues la licuadora, remuevas la mezcla con una cuchara y vuelvas a licuar. Cuando esté cremoso y bastante homogéneo, muele pimienta negra directamente sobre el paté, dentro de la licuadora. Remueve y licúa. Prueba. Si el paté te lo pide, añade pimienta y, solo si es absolutamente necesario, un poquito de sal marina.
Distribuye el paté en tres o cuatro ramequines (si tienen tapa, mejor aún). Alisa la superficie lo mejor que puedas con el dorso de una cuchara.


Ahora, clarifica la mantequilla. Con ella cubrirás el paté. Esto tiene la triple función de evitar que el paté se oxide, de verse precioso y de ser la compañía perfecta para el paté.
Pon la media taza de mantequilla en una olla chiquita de fondo grueso a fuego medio. Cuando le salga espuma, apaga el fuego. Espera unos minutos para que la espuma se vuelva un poco más sólida y retírala con un pequeño colador o con una cuchara. Vierte la mantequilla clarificada sobre el paté. Adórnala con algunas hojitas o flores de alguna hierba aromática. 


Tapa los ramequines con su tapa o con film (no directamente sobre la mantequilla) y llévalos al refrigerador. Cuida que estén nivelados; si los refrigeras en diagonal, la mantequilla se endurecerá en diagonal, y no queremos eso.
Después de, por lo menos, 4 horas, el paté está listo.
Es mucho más delicioso si está a temperatura ambiente, así que si te acuerdas, saca el paté de la refrigeradora una media hora, o una hora, antes de comerlo.


Feliz Navidad, pues, amigos y lectores. Gracias por acompañarme en Hecho en Casa, por darle calor a mi pequeña casita de jengibre en este universo virtual que, sin embargo, existe.  



(Receta basada en la de paté de hígado de conejo de My Little Paris Kitchen, de Rachel Khoo, con bastantes variaciones y mucho sabor adicional. El libro es precioso, y altamente reomendable, y además de ser un placer de tenerlo solo para mirarlo, tiene recetas increíblemente apetitosas.)

Recuento de Navidad




Navidad este año ha venido corriendo a trompicones, y todavía no sé si llego a tiempo. Nos estamos mudando a una cabañita linda cerca del bosque, y más cerca a la ciudad, y estamos con la campaña navideña en mi adorada tienda de helados y dulces naturales, El Hada. Y ayer se me quedó la boca abierta al ver el calendario de Adviento y contar los días. Falta menos de una semana. !!!!!!!!!!!!!

Así que les dejo un atareado abrazo navideño y un recuento de las recetas ad hoc que he compartido en este su blog de confianza.

Todo empezó (este blog y mi nueva vida romántica) con una casita de jengibre. El blog no empezó como bitácora de cocina, sino como bitácora nomás. Y esta entrada es de cuando todavía no era muy hábil, o sería que el amor me tenía medio torpe.




Sablés para decorar. (Galletitas de mantequilla con canela y naranja)

mica potter b

Zimtsterne (estrellitas de canela). En el comentario hay un truco para darles forma de, en efecto, estrella, y no las cosas deformes que hice esa vez.

todos los ingredientes b


1 reparto

La célebre rotkohl de Frank, que prepara desde niño.

7 rotkohl


listo


Y un vino blanco caliente para darle una quieta alegría al corazón.


Que tengan una bella, memorable noche este 24. Coman rico, rodéense de gente que quieren, tómense un tiempo para agradecer y disfrutar que estamos vivos.

Un abrazo,

Alessandra


Feliz Navidad – El Rotkohl de Frank

7 rotkohl

Esta edición extra-ordinaria de Hecho en Casa tiene un invitado especial; la receta está a cargo de Frank, que prepara esta col roja todas las cenas navideñas. En su casa paterna era el encargado desde los 19. Es su propia receta, basada en la receta tradicional alemana, pero le ha añadido algunos pasos que se usan para el chucrut. Es exquisita. Y eso es algo que nunca pensé que diría sobre una col. Aquí se los paso:

Una col roja. Que pese como un kilo y medio. 800 gr de manzanas verdes peladas y descorazonadas. Una cebolla roja. Clavada con clavos de olor. Grasa de pato. Unas cinco lonjas de tocino. Vinagre de manzana. Vino tinto. Barato. Comino entero. Azúcar rubia. Pimienta y sal.

2 rotkohl

1 rotkohl

Dorar las manzanas cortadas en cubos y el tocino en la grasa de pato. En una olla que tenga tapa, no en una sartén.

3 rotkohlUna vez que esté dorado, poner la cebolla en la olla y echar la col encima. Se puede llenar la olla hasta arriba arriba porque la col se va a reducir cuando se empiece a cocinar. Echarle 1/4 de taza de agua, 3/4 de taza de vino tinto y como 1/4 de taza de vinagre.

4 rotkohl

5 rotkohlYa. Cocer tapado durante como 40 minutos a fuego bajo.

6 rotkohl DSCN6653

Ya. Después aderezar con un puñado de comino entero, unas 3 cucharaditas de sal, bastante pimienta recién molida de preferencia y 1/4 de taza de azúcar rubia. Revolver y dejar cocer como media hora más, destapado. Ya. Después de media hora probar y ajustar sal y azúcar. Probablemente una cucharadita de sal más y unas 3 o 4 cucharadas de azúcar rubia más. Tiene que quedar medio dulzón, con un sabor fuerte a comino y pimienta. Si es que ya se ha evaporado mucho el líquido, reponer con 1/4 de taza de vino y 1/4 de taza de vinagre. Dejar reducir una media hora más, y listo.

Sobre la olla, que Frank heredó de su mamá alemana: es un schmortopf, que en humano quiere decir literalmente ‘olla para estofar’, pero en el sentido más de sellar que de convertirlo todo en un menjunje. Es más, se puede usar para dorar. Es de hierro delgado enlosado. La tapa tiene un borde especial que sella la olla con el vapor, y la forma de la tapa hace que los jugos se condensen en la tapa y vuelvan a caer sobre la comida.

Y esto es todo por hoy. Nos vamos a terminar de envolver regalos, a hacer la consabida gira navideña, y a comer rico en familia. Que la pasen muy bien hoy, y no se estresen mucho, que, como dice Frank, la calidad no está en la perfección, está en el cariño.

Debajo del Árbol


Cuando bajé a preparar el desayuno el 24 por la mañana me encontré con una escena rarísima en la vida con un niño de cinco años ("casi seis"). Micael estaba echado sobre un pouf, contemplando el árbol de Navidad, casi sin moverse, y al parecer había estado así hacía mucho tiempo. Seguía en la misma posición cuando lo llamé para desayunar.


La casa se sentía diferente; el Efecto Navidad estaba encendido, tan tangiblemente como si alguien hubera activado un interruptor. O tal vez es simplemente lo que pasa cuando te entregas en cuerpo y alma a los preparativos navideños; eso pasó en casa gracias a la tradición luterana de Frank, con sus lonches de Adviento los cuatro domingos previos, y al entusiasmo de Micael, que cada mañana abría su bolsita de fieltro en el calendario de Adviento que cosí para él, y encontraba un chocolatito o una figurita. He nacido para esto, pensaba la noche anterior, mientras envolvía los regalos. He nacido para ser una Hausfrau.

La noche del 24 Frank y yo nos movíamos por la cocina con la diligencia de operarios de submarino, él con su mandil de leopardo y yo con el mío de piñas. El menú de la cena estaba pegado a la puerta de la refri como un mapa, para no perder el rumbo: higos con queso filadelfia y pecanas acarameladas, Stollen, Lebkuchen y ciruelas frescas en la mesa de la sala para los amigos que visitaran antes de la cena; un enrollado de cordero de nuestra deli favorita con puré de peras hecho en casa y una ensalada con tomates cherry y más pecanas acarameladas; de postre, chocolate caliente y un pudín de chocolate con leche de coco y curry, hecho con un majestuoso chocolate La Continental que nos regalaron nuestros amigos Micaela y Fernando.

A las 10 nos sacamos los mandiles, nos sentamos en el sofá, nos servimos una Erdinger y nos miramos, contentos pero algo sosegados por la sospecha de que nos ganaríamos el premio a los que más se complican la vida.

Pero algo me dice que el premio vale la pena. En la mesa éramos solo los 3, pero sabemos que nos debemos las mismas deferencias, el mismo esfuerzo, la misma cena opípara que si estuviéramos cocinando para diez invitados. La casa está abierta para todos pero ya desde el año pasado decidimos que le íbamos a decir no a la locura navideña, léase estar trasladándose por toda la ciudad para complacer a la(s) familia(s). Ya somos nosotros una familia, razonábamos. Ya vendrán más niños para acompañar a Micael en su espera decidida y feliz de la medianoche.

- Ya quiero que sean las 12 para abrir mi guitarra!
- Quién te ha dicho que es una guitarra?
- Ay pues! Claro que es una guitarra! Si tiene la fooorma...
- Cómo sabes que no es un elefantito parado así?
- Cómo va a ser un elefante!
- Tienes razón, no es un elefante, es un hombre de nieve.
- Ay! Si fuera un hombre de nieve se derretiría! Es mi guitarra! (sigue solo de air guitar)

A 10 para las 12 estábamos sentados frente al árbol, Mica celular en mano para la cuenta regresiva, yo ideando una nueva tradición: a las 12 de la noche, abrazo colectivo.

Y a abrir los regalos!


- A dormir.
- Ya no tengo sueño, mami!
- A dormir! Son las dos de la mañana. (Y quiero terminar mi chocolate caliente y meterme a la cama)
- No seas mala! Es Navidad! Mica está jugando! (F, que quiere seguir jugando con Micael y el helicóptero a control remoto que le regaló su padrino).


Han pasado cuatro días. Es domingo por la tarde y el árbol brilla. La casa está callada; F está de viaje y Micael con su papá, y estoy disfrutando del rarísimo placer de un día a mi ritmo. Una novela gruesa de Henry James cayó sobre mi pecho cuando me quedé dormida en el sofá de la sala. La levanto y sigo leyendo: la heroína se ha sentado en una banca del jardín, debajo de un árbol; lleva puesto un vestido blanco adornado con lazos negros. En unos minutos le ocurrirán dos cosas, y algo en ella lo sabe; le llevarán una carta de un pretendiente y un lord inglés le propondrá matrimonio.

Paso la página y sonrío, de esas sonrisas pequeñas que uno se permite cuando está solo. Este es un tiempo mágico. Ese paréntesis entre Navidad y Año Nuevo en el que uno se prepara para abrir su mejor regalo: un año por empezar, conspicuo y misterioso como un paquete envuelto con cintas y papel de seda debajo del árbol.


Y que así sea. Dos canciones de Navidad y mucho amor para ustedes.

(y gracias a todos los que nos enseñaron los secretos de estos días)